Ver en la oscuridad

Narrativa / Juan Giménez

Me había pasado antes en una curva, cuando , en pleno giro, se me apagó el tablero y falló en su conjunto el sistema eléctrico del auto. Luna nueva, ni un farol encendido en la calle y yo girando a ciegas. Por suerte, ningún auto de frente, ninguno atrás, ninguna bicicleta con algún niño distraído que pudiera haber atropellado. No veo ni el cordón para no chocarlo, ni del lado del conductor, ni la finalización de la traza del asfalto del lado del acompañante: en realidad no veo siquiera mis manos. Sin embargo, de un momento a otro, en el medio de ese giro sobre la nada misma, sobre la oscuridad del mundo, sin referencias, más que girar el volante unos noventa grados, que es lo que se estima que tienen las curvas dentro de un pueblo o una ciudad, yo veo. Veo, como si un sistema alternativo en mi cuerpo se encendiera. Y si bien vengo rápido, excedido en velocidad, reclamado por la chica deoperadora de la remisería, que no para de llamarme, enviándome de una punta a otra del pueblo, como si Los Antiguos, enclavada en la cordillera austral, con menos de seis mil, siete mil habitantes, estuviera al mismo ritmo que Manhattan en la otra punta del continente, y con una punta más de habitantes, giro perfecto y tomo la calle principal, vacía, sin un alma. No es Manhattan, no es Nueva York, pero claramente en Los Antiguos, nadie está dispuesto a caminar, para suerte de la remisería.

Casi al instante – no creo que este desperfecto haya durado más de tres o cuatro segundos, que se hicieron eternos por la curva, el apagón general, el milagro y la fuerte velocidad a la que venía, hostigado por la persistente y chillona voz de la operadora que no dejaba de mándame de un lugar a otro- todo vuelve a funcionar con absoluta normalidad durante todo el resto del turno noche, que estaba cubriendo por enfermedad de un compañero. Pero no era mi turno habitual, el mío era el matutino; ni siquiera por los siguientes días, ya en el turno de mañana, donde las luces se usaban entre las 5 y las 6,30  en verano, pero que en invierno, al acortarse los días, mucho más con  nubes, quedaban encendidas hasta las 10 o 10,30 inclusive.

A los pocos días, cuando recostado en mi cama, pasada la medianoche, no podía dormir, reparé en lo sucedido. Pensé que a la mañana, si había algún momento con pocos viajes, porque eso ocurre frecuentemente, si no llueve, después de las 9,30 y hasta las 11, llevaría el auto al electricista para ver si había algún problema y así prevenir un accidente, aunque el muchacho del turno tarde y el de la noche, que trabajan con ese mismo auto, un Corsa gris que ya estaba medio baqueteado, me dijeron que ellos no habían  tenido ningún inconveniente. Encima por ponerlos sobreaviso, el resto de los muchachos y hasta la misma operadora, me gastaron todo el día diciéndome que esas cosas me pasaban porque estaba viejo y, para colmo, ciego. Algo de eso también había, así que pensé que una vez terminado mi turno, a eso de las 15, me iría para el hospital para ver cuándo vendría algún oftalmólogo al pueblo. Es cierto, cada vez veo menos, de cerca ni hablar, casi nada. 

El oftalmólogo nunca vino, pero los que sí vinieron, y siempre lo hacían con la precisión de un reloj suizo para la Fiesta de la Cereza, que todos los años se festeja en el pueblo, fueron los senegaleses, que traían un cargamento de boludeces que los antigüenses comprábamos con curiosidad, entusiasmo y fervor; este no era mi caso, yo iba a “verlos” porque seguro que en esa montaña de chucherías había unos anteojos para mí. Efectivamente los senegaleses, al toque, encontraron los anteojos. Me hicieron probar varios, de diferente graduación y de diferentes modelos, yo quería los primeros que me puse, un marco negro clásico que los hacía pasar desapercibidos. Sin embargo, ellos me ofrecieron rojos, verdes, unos de animal print que en ellos quedaban fabulosos, pero porque eran pibes altos jóvenes, graciosos, lo mío pasaba por otro lado. Pero antes de pagarles, fueron honestos y me dijeron que nunca los comprarían, “el asunto de la vista es un tema delicado Don…”. Yo hice oídos sordos, pensando que se trataba de una estrategia de venta, porque yo a estos tipos los tengo re junados, todos los años vienen y todos los años les compro algo, pero tenían razón, en menos de dos semanas tenía los ojos como un conejo. 

Para ver de lejos no tenían nada, buscaron por todos lados y no encontraron lo que buscaba. Se puteaban en senegalés, me parece que,  cuando les pasaba estas cosas, daba la impresión de que se echaban la culpa unos a otros por haberse olvidado ese bulto. Yo, en realidad, de lejos no veía tan mal, aunque las cordilleras que quedan para el lado de Chile y que cuando era joven tenían líneas definidas y agudas, hoy se asemejaban a una loma.  Claro que el viento aquí hace lo suyo, la erosión,  la nieve la lluvia, algún cambio geológico que haya transcurrido durante mi larga existencia.  Yo vi caer el muro de Berlín por ejemplo, el fin de la dictadura, el gol con la mano del Diego, pero también debía asumir que, posiblemente, era mi vista. El asunto es que para ver de lejos los senegaleses no tenían nada, salvo, gritó uno por ahí, unos largavistas con mira infrarroja, captando toda mi atención como un idiota. Me clavó el anzuelo el tipo, ellos sabían cómo hacerlo, eran expertos en venderte un camello, un vaso de whisky antiderrame, unos anteojos para ver minas en bolas como los que tenía el General Perón. 

Los compré, claro, junto a los anteojos de marco negro que me dejaron los ojos como conejo; encima con mil pesos más te daban el mismo cuchillo que usaba Rambo en Vietnam. No lo hice inmediatamente aunque me siguieron hasta la esquina. Yo también tenía mis técnicas para rascarles un mango, soy argentino y esos tres pibitos senegaleses no me iban a despellejar tan fácilmente. Volví a la noche cuando los puestos están cerrando y ahí conseguís inclusive más rebajas, de paso los quería probar en la oscuridad, porque estos senegaleses son capaces de meterte el perro. Yo me había quedado caliente con esos largavistas con mira infrarroja desde pibito, cuando pasó lo de Malvinas. Por la tele mirábamos cómo los ingleses avanzaban por la noche mientras los colimbas dormían, gracias a esos largavistas provistos por el mismísimo demonio, y ahora resulta que los podía conseguir en una feria, con el cuchillo de los gurkas y una pluma fuente con tinta flúo que permitía ver lo que escribías en plena oscuridad.  No se veía ni el papel ni las manos siquiera, pero las letras sí, era como si las palabras flotaran,  ¡una maravilla!. La verdad que eso solo valía más que todo el resto. Pero volviendo a los largavistas, tenerlos era una deuda que me quedó pendiente del 82 y con los senegaleses la iba a saldar, porque aparte de armas que funcionaban, los ingleses traían esos artefactos maravillosos que conmovieron a mi generación, como hacía veinte años atrás lo habían hecho Los Beatles. El tema era que, con esos largavistas, si había otra guerra contra esos sátrapas -que seguro la va a haber- Gimenez, Juan Esteban, clase 69, iba a estar preparado, para recuperar las Malvinas o para dar batalla en el territorio por si los piratas nos quieren volver a invadir.

Los negros me llevaron a un descampado, porque en la feria había muchas luces y no se podía ver el óptimo resultado de ese producto fantástico que pesaba menos que un algodón de azúcar decían ellos. En plena oscuridad se veía fenómeno, hasta los negros que pensé que se habían ido se veían. Los compré y me fui chocho, encima me llevaba el cuchillo y la pluma fuente que hacía que las palabras flotaran como luciérnagas. De día no podías ver un pomo. Los senegaleses me habían dicho que sí, que tocando una tecla que estaba arriba se veía también de día, que era bimodal, pero era un cuento eso. Pobres muchachos, de algo tienen que vivir, y la Argentina es una tierra de oportunidades.

La tinta flúo se terminó rápido, al cuchillo de Rambo se lo regalé a los nietos, era inofensivo, tenía menos filo que un corcho y los largavistas de los ingleses empezaron a dejar de funcionar también de noche, así que los guardé en un cajón y cuando vengan los nietos les voy a decir que también se lo lleven. 

Cuando recordé aquel berretín de ver en la oscuridad, recién en mi cabeza se hizo un lugar para traer a mi memoria la parte del milagro, y ahí ya no me pude dormir, aunque en realidad hace mucho que no duermo. Por pura curiosidad, y a modo de reproducir la situación tal cual ocurrió durante aquel milagro, apagué la lámpara de mi mesa de luz, coloqué sobre las ventanas que dan a la calle unos acolchados que sólo utilizo para el invierno cuando la calefacción no da abasto para aminorar el frío, apagué el celular por las dudas que alguien llamase o se entendiese, porque siempre se prende por cualquier cosa, inclusive desenchufé el televisor porque tiene una luz roja e insistente, más insistente cuando todo está en absoluta oscuridad, que casi es un llamado permanente a que termine mi noche en un prostíbulo de mala muerte que me queda a la vuelta de la casita que alquilo. Debo aclarar que vivo solo desde que mi mujer hace dos años decidió echarme de mi casa, porque hacía una década yo había perdido el habla y dormía en cualquier lugar de la casa que no fuera mi cama. Casi nunca había un punto fijo, podía ser la silla de la cocina cuando todavía no asumíamos que la cosa no iba para más, una cama que sobraba cuando asumimos que ya no tenía solución, o mi auto en algún lugar del pueblo cuando ya todo se había terminado. Es así, que estando solo me daba el lujo de hacer esta especie de locuras a las tres de la mañana, tratando de reproducir un milagro con cierto rigor científico, es decir, reproduciendo las condiciones que lo hicieron posible. La verdad es que no tenía mucha fe, sí, curiosidad. Pero si el experimento era un fracaso iba a enchufar el tele y esa luz roja me iba a traer la nostalgia de terminar en un firulo pagándole la copa a una mariposa de la noche y seguir de largo hasta las seis o siete, que es a la hora que reviso el Corsita gris para ver cómo está de agua, aceite y verificar si el chanta del turno anterior lo dejó limpio como yo siempre se lo dejo, si es que no hubo demasiados viajes y no alcancé a asearlo.

A la oscuridad más absoluta, se sumaba un silencio espectral. No había en mi cuarto la más puta referencia del universo. Hasta daba miedo, o al menos cierto grado de inseguridad. Daba la impresión de que, si no estaba muerto, podría estarlo, y de estarlo, recién a la media mañana alguien de la reimisería golpearía mi puerta para ver qué había pasado que no había ido a laburar, hasta dar con alguno de mis pibes que tiene la llave y me encontraran allí muerto, en el medio de un experimento que había mal.

Todo eso se me cruzaba por la cabeza. Se me cruzaba, inclusive, la idea que mi hijo había perdido la llave, porque ése no pierde la cabeza porque la tiene puesta, y hasta me reí de eso, porque era clavado que iba a suceder así. A partir de esa risa, empecé a ver. Primero el contorno de las cosas, luego con mayor claridad. Paulatinamente mejoró mi visión, al punto que entre asustado y eufórico, me levanté sobresaltado de la cama, y salí de mi cuarto para descorrer las cortinas y ver si en realidad no me había quedado re dormido y ya había amanecido e iba a llegar tardísimo al trabajo. Pero no. Era noche cerrada con luna nueva. No se veía un alma en la calle. Para verificarlo, prendí el celular, y no eran más de las tres y media. Me volví a recostar, ahora con los ojos bien abiertos y pude confirmar el milagro.

Por un largo rato me quedé recostado viendo el detalle de cómo las arañas armaban sus telarañas que yo de día desbarataba con un plumero. Después, lentamente, por miedo a que se rompiera el hechizo, me senté al borde de la cama, y vi con detalle todo alrededor mío. Estaba con una euforia contenida que no podía evitar. No al punto de pensar que tenía poderes, al estilo de los superhéroes por todos conocidos, pero sí al punto de creer que se trataba de algo milagroso, de algo que había obrado en mi para que ocurriera aquel hecho modestamente fantástico. Digo esto último, porque si bien se trata de un hecho infrecuente en los seres humanos, este milagro no traía aparejado poderes extras, y más allá de ciertos beneficios como ver a los ingleses por la noche si nos quieren invadir otra vez, o se nos daba la loca de recuperar las Malvinas, poco y nada me serviría esta cualidad que había adquirido; que igual me venía al pelo porque por mi edad me levanto cada dos por tres al baño a orinar y aparte los largavistas que le compré a los senegaleses ya no te dejan ver nada, ni de día ni de noche. Se los voy a decir cuando vuelvan el año que viene para la Fiesta de la Cereza. Espero que vuelvan. Espero que haya Fiesta de la Cereza. Espero que haya cerezas. Bueno, uno siempre espera las vacaciones de verano, las fiestas para que pasen grandes cosas, que no siempre pasan, o que cada vez se muestran más como un engaño para distraer a la gilada que cosas reales, como los senegaleses, que al final uno de la remisería me dijo que andaban con un termo tomando mate, por lo tanto desciframos que eran unos uruguayos que vivían hace años en Caleta.

Como soy un viejo cagón, por las dudas, al otro día me fui al hospital a verlo al gringo Ghisolfo, el médico del pueblo, y le conté a medias el milagro, no vaya a pensar que estoy loco y me deje encerrado un par de días y no pueda ir a laburar. Pensé que posiblemente ver en la oscuridad con tanta nitidez sea el presagio de alguna enfermedad mortal o algo así. El gringo me relojió sonriente, con esa amabilidad típica de buen tipo que tiene, y me dijo que lo único que le preocupaba de todo el cuadro, es eso de que cada dos por tres me levanto a mear, razón por la cual, lo único que saqué de la visita a mi “médico de cabecera”, así le dicen, aunque en realidad es el único en el pueblo, es que me hiciera unos estudios al día siguiente para descartar un problema en la próstata. Que dicho así, no es nada, pero es un problema grande si lo dejas pasar, me dijo el gringo. Hoy nadie se muere de esto me dijo. Se mueren porque son boludos y no se hacen los análisis a tiempo. Y morir de boludo en un pueblo tan chico era una afrenta que no me lo iba a permitir. Ésa era la psicología del Gringo Ghisolfo para giles como yo.

No recuerdo si me hice o no los estudios para la próstata. Iba a morir como un boludo. Pero en definitiva no me molestaba ir dos o tres veces por noche al baño. A la telarañas las dejé crecer como si se trataran de una enfermedad a la cual no me interesaba ponerle freno. Cuando se dieron cuenta de que no iba a desbaratar sus trampas para cazar moscas, dejaron de tejer frenéticamente y mudas por las noches y empecé, aunque no me lo crean, a escuchar sus cuchicheos distendidos por la tarde mientras yo tomaba mate en calzoncillos, sin dejar de escuchar y ver por las noches a los grillos que se apalancaban contra el zócalo de la pieza y cantaban hermosas canciones que las ratas festejaban bailando o parodeaban dando tumbos de payasos. Otras noches me sumergía en los bosques aledaños a mi pueblo en noches sin luna, y poco a poco, me acostumbré a ser un merodeador nocturno que deambulaba por el pueblo y la zona de chacras como un loco y por el día dormía, mientras escuchaba como conversaban las arañas.

No fue más que eso, y la euforia razonable que experimenté en un primer momento, se apagó con el tiempo. Uso mi modesto poder para no encender las luces por las noches, ahora que subieron los impuestos y está imposible pagarlos, ir al baño a mear como un boludo dos o tres veces por noche, o contar grillos hasta dormirme, o divertirme con las ratas y sus payasadas, o escuchar cómo en secreto tejen las arañas, o entusiasmarme con el color rojito de la luz del tele y terminar a los besos en el firulo que queda acá a la vuelta.

Un día de invierno, al regreso de un barrio alejado de la central, veo cómo una señora me hace gestos desesperados, desde un patio repleto de árboles blancos por la nieve. Si no hubiera sido, por lo efusivo de sus movimientos, que se trataba de una mujer, y que sostenía en uno de sus brazos una cantidad increíble de objetos, no hubiera frenado. ¿Está libre?!, me gritó mientras se iba acercando. Siempre, le respondí galante, bajándome ya del auto para ayudarla con su empresa imposible.

Frasquitos, velas, flores, apreté con el brazo derecho contra mi cuerpo, mientras que con la izquierda le abría la puerta trasera a la señora que seguía con ambas manos ocupadas llevando de todo. Está tremendo el temporal, le dije, y ella me contestó que. sí, sin siquiera mirarme. Así somos en el sur. 

Cuando me subí al auto el chiflete de viento que entró desbarató en un segundo el poquito calor que se había almacenado en el habitáculo, por tener la calefacción a full desde que me había subido bien tempranito y empañado los vidrios absolutamente, cuestión que me impedía ver por más superpoderes que tuviera.

Avancé despacito adivinando el paisaje mil veces recorrido por día, porque, como dije, el pueblo mide dos por dos, pero sus habitantes piden remises como si esto fuera Nueva York; parecen venidos del Brasil o las Bahamas y no resisten el frío, la lluvia ni el viento y no son más que paisanos de aquí, nacidos aquí y criados aquí. O es la globalización que los volvió boludos, o son los celulares, le esputé rápidamente mi teoría a la señora, aclarando que no era su caso, pues era evidente que con semejante carga y con esa nevazón no iba a llegar caminando a ningún lado y me hizo el comentario típico de que la gente ya no era como antes, sacrificada y luchadora. Así estamos continué. Escupiendo para arriba, como se dice vulgarmente, porque por esa gente que se creía brasileña hacíamos viajes todo el día y nos ganábamos el pan, pero somos argentinos y de algo hay que quejarse. Si no salen viajes le prendemos velas a la estampita del Gauchito Gil que tenemos en la central para que llueva, o nieve, y cuando andamos como locos, como era el caso de ese día, nos quejamos de la mentalidad del sureño friolento que se autopercibe brasileño, caribeño o lo que puta sea. 

El avance a tientas del Corsita evidenciaba, primero, que al canto rodado con el que habían trazado las calles sin pavimentar del pueblo, se le habían colado unas cuantas rocas que podrían gozar del título de asteroides si hubieran tenido la suerte de flotar por el espacio, pero el destino cruel las llevó a estar en Los Antiguos al igual que esa señora y yo. Segundo,  había nevado, escarchado, llovido, el viento había deshielado, vuelto a helar y ahora nevaba con viento, es decir, un desastre que no se limitaba a la nieve, sino a bloques de hielo que eran más duras que esos asteroides que no tuvieron la suerte de Deimos y Fobos,los que orbitan alrededor de Marte. Tercero, lo fundidos que estaban los amortiguadores del Corsita, su inexistencia lisa y llana. Yo se lo dije varias veces al dueño de la remisería, pero el tipo miraba por arriba de mi  hombros con la mirada puesta en el vacío. Cada tanto decía que se los habían cambiado, pero lo decía con un eufemismo propia de las respuestas que daba Borges en las entrevistas que le brindaba a la televisión española; era cierto, en esas ocasiones que algo le habían tocado, pero el bienestar duraba media hora y después mis riñones me volvían a avisar que el cambio de amortiguadores había sido un eufemismo, como en criollo le decimos a mentira. Cuarto,  bueno, justamente, a cada golpe que no amortiguaba el amortiguador, valga la redundancia, se escuchaba el onomatopéyico idioma de mi pasajera que estoicamente no se quejaba, posiblemente agradecida porque había parado para llevarla y la había ayudado con su gran cantidad de frasquitos, velas y flores. Igualmente creo que algún mal la aquejaba, posiblemente algún mal renal, una hernia de disco, un pinzamiento de vertebras; a esto lo deducía tras cada golpe que nos pegaba de abajo y que despertaba en ella un aullido seco o bien un alaridito contenido que se lo tragaba amargamente, una especie de sapucay invertido y triste que me apenaba, pero que no podía evitar, a pesar de mi tenacidad para evitar los meteoritos que se les mezcló con el canto rodado a los hijos de puta que hicieron esa calle y los bodoques de hielo que este mal tiempo había definido como especies de iceberg que podían partir a mi humilde coche como si fuese un abrelatas manipulado por Dios, y yo, tan solo un pobre chofer abrazado al volante de un auto viejo en la bodega del Titanic, y no exactamente con Rouse, sino con esa pobre mujer llena de frascos y velas, y convengamos que tampoco yo era Di Caprio. Quinto, que la cantidad de frasquitos que esta mujer llevaba eran más del doble de los que yo había cargado, motivo por el cual tintineaban con cada golpe más fuerte que el cencerro que llevan las crías huachas de las ovejas que pierden el rebaño en el medio de las nevazones y buscan el grupo de manera desesperada para no morir de frío en el medio de la estepa patagónica, que no eran frascos distinguidos ni comprados no sé dónde, eran frascos humildes, de mayonesa, de miel, de dulce, de esos yogures caritos con tapita de plástico; eso sí, todos de vidrio, motivo por el cual éramos en el medio de la calle, una especie de “llamador de ángeles” sorteando meteoritos que podrían haber tenido mejor suerte y bloques de hielo que serían la envidia de cualquier iceberg que se precie de tal. Sexto, que ante la ausencia de amortiguadores, la mirada celeste y perdida del dueño de la remisería, la audacia del mecánico que juraba y perjuraba haber hecho algo  -nunca se sabía bien qué- habían empezado a forjar en mí una especie de carácter amortiguador, es decir, ante cada carencia del Corsita, se forjaba en mi un tipo de carácter que lo suplía. En este caso en particular, debía responder por cada golpe lanzado por los meteoritos y los icebergs que el Corsita no absorbía por ninguna parte, con chistes, comentarios sobre el tiempo, la poca dignidad de los antigüenses que se autopercibían brasileños y preguntas a los pasajeros que a veces respondían, a veces no, pero que generalmente, viendo cómo le ponía buena cara al mal tiempo, agradecían pese al pésimo viaje y era mi pan de cada día. De igual manera, allí presentí, o al menos admití como hipótesis, hipótesis que algún día habré de develar siguiendo el método científico como acostumbro, que con el Corsita compensábamos carencias, yo a él le compensaba la amortiguación que no tenía, la limpieza que no le daban, el olorcito a rosas con perfumes baratos que le compraba a las chicas de la noche y que peleaban a brazo partido contra su hediondez endémica. Él, por su lado, me quitaba la soledad. En ese canje, que no era amor, era pura necesidad, entraba como piña sus problemas eléctricos y el desarrollo de mi visión nocturna. Todo cerraba, sólo lo tenía que demostrar.

Cuando tomé la calle asfaltada del medio del barrio, cesaron los golpes que venían de abajo y por lo tanto el tintinear de frascos, los quejidos apagados de mi pasajera y por lo tanto también se apagó mi carácter amortiguador. Ya con una visión un poco más clara, porque si bien el desempañador funcionaba a medias o cuando quería, una técnica para que esto ocurriera era bajar un poco la ventanilla y que co-actuara con el sistema del auto; claro que con ese friazo era algo poco gentil hacerlo, pero no había de otra, corriendo el riesgo, inclusive, que el vidrio no se vuelva a subir, porque el sistema era eléctrico y a veces no funcionaba, motivo por el cual debía, en ocasiones, subirlo manual y espiritualmente, porque lo que hacía era apoyar mi palma pegajosa contra el vidrio y subirlo mientras rezaba un Padrenuestro; o bien, cuando se bajaban los pasajeros reputeándome y ateridos de frío, detener el auto, abrir la puerta, sostenerla entre ambas piernas y con una mano de cada lado del vidrio, apretarlo como una morsa viviente e ir subiéndolo, mientras los conocidos me gritaban atrocidades, porque viéndome en esa posición daba la impresión de que estaba en una especie de acto sexual, y está bien que yo quisiera al Corsita, pero hay un respeto que nos guardábamos.

-Está bravo – Le dije a la señora que miró para el lado de la ventanilla abierta, y su silencio no fue más que una especie de odio silencioso, que si yo no subía esa ventanilla en diez segundos, iba a explotar mal. Yo me di cuenta del odio acumulado, porque de eso se un montón, y antes de que estallara, le expliqué brevemente el motivo – Resulta que si la subo no vamos a ver nada porque no funciona el desempañador señora. Bueno, a veces si a veces no, confesé. Hoy no parece, o está demasiado frío. Lo otro es que también a veces se traba el vidrio y no lo puedo subir aunque quisiera.

La señora siguió en silencio, parecía que iba a asumir su misión de pasajera del destartalado Corsita con estoicismo, atendiendo quizá a mi deferencia de haberme detenido en el medio de ese barrio alejado del centro y la haya ayudado a cargar sus pertenencias, amén de que le hice llevadero con mi charla, ese infierno de cráteres lunares, meteoritos, iceberg y falta de amortiguadores.

Pasado los diez segundos en respetuoso silencio, como en los actos en memoria de San Martín o Belgrano, y con una radio que había dejado de funcionar no sé porque motivo, porque eso ya era nuevo, siempre con ese Corsita surgía algo inesperado; no pude con mi genio, y por el espejo retrovisor busqué divisar su cargamento para hacerle algún comentario boludo de esos que hago para romper el silencio, en este caso para suplir al gilazo de la radio; pero sólo me encontré con el rostro mojado y colorado de ella, que con una sonrisa parecía agradecerme todavía, ese primer gesto de haberme detenido para llevarla, y que todo el horror posterior no hubiera ocurrido. Yo respondí con otra sonrisa y pensé que posiblemente mi carácter amortiguador haya surtido por fin efecto. En eso, ella cortó mis reflexiones filosófico-mecánicas.

-Pedí un taxi hace más de una hora, pero parece que nadie encuentra mi casa. Siempre me pasa lo mismo -Dijo ella y continuó- Le agradezco que se haya detenido. Como nadie encuentra mi casa espero afuera y hago señas…usted no será el taxi que pedí no?

-No…no – Le respondí, y continué titubeante – Estaba de paso, venía de ….- Y no me dejó terminar para concluir ella.

-Entonces con mayor razón, gracias.

– Y  a todo esto, ¿adónde la llevo?- Le pregunté sarcásticamente, porque en realidad es la pregunta de cajón para cualquier remisero que se precie de tal, o bien lo primero que tiene que decir un pasajero; pero la situación había sido una especie de rescate, pasar por el infierno de la calle de “tierra”, y una vez en el asfalto relajarnos y buscar un destino en este mundo.

-Claro, claro -Respondió ella, ahora más confiada, como si nos conociéramos- Al cementerio señor, al cementerio.

Eran alrededor de las 8,30 o 9 de la mañana; el relojito digital del auto atrasaba o adelantaba, no sé porque. Se supone que un reloj digital no puede hacer eso, porque justamente no es un sistema mecánico que dependa de una cuerda que se le dé o se le deje de dar, pero eso me hacía a diario. De vez en cuando, cada vez que controlaba agua y aceite intentaba dar con ese desperfecto pero no había caso; bueno yo tampoco soy mecánico y era difícil que encontrara el problema y lo pudiera resolver, pero muchas veces siguiendo un cablecito llegaba al corazón del asunto y algo hacía, porque esperar que lo resolviera el dueño de la remisería con su mirada de ciego y su mecánico, era perder el tiempo. Así descubrí, un cortocircuito que me tenía loco, un enjambre de avispas y hasta pelos de un gato negro, que se metía por debajo del chasis, aprovechando que el Corsita no tenía chapón, y se dormía cerca del motor calentito  todas las noches, para no morirse de frío, especialmente en los inviernos. Cuando me tocaba el turno vespertino, le dejaba siempre abajo del auto algo para morfar que me sobraba, o juntaba lo que dejaban los otros choferes, y por la mañana ya no había nada. Le tenía que aflojar el gato, porque de seguir comiendo así ya no iba a poder meterse por debajo del auto y tendría que ir todas las noches a abrir el capot para que se metiera y para eso me lo llevaba a casa, pero él era un gato callejero y yo también; los dos actuábamos con displicencia, rencor, distancia; nos queríamos así, sin conocernos, sin habernos visto nunca, suponiendo la existencia uno del otro; como extraños; sabíamos que, si avanzábamos más en la relación, nos íbamos a terminar odiando y no era esa la idea; así funcionaba bien hacía años.

Dicho esto, en la Patagonia, en invierno y con nieve, es indistinto que sean las 8 o las 9, en la Patagonia es de noche; el Corsita lo presentía y por eso te tiraba la hora que se le cantaba el culo. De repente, en plena recta, el sistema eléctrico en su conjunto que otra vez falla. Oscuridad total, y yo sigo como si nada, atento a ese poder modesto pero útil que tenía. Lo único que hago diferente es mirar para atrás por el espejo retrovisor, para intentar decirle con mi carácter amortiguador a la señora, que no se preocupara, que de un momento a otro el problema se resolvería, al estilo del capitán de un avión que le avisa a los pasajeros que están pasando por un momento de turbulencia, que sin despeinarse se ajusten los cinturones mientras te sirven un wiscacho y las azafatas te ríen. Sin embargo, antes de que yo hablara como el capitán canchero del avión, ocurren dos hechos, el primero es que la señora sigue inmutable, como si esa oscuridad en el medio de una recta, con un desconocido al volante no la inmutara, lo segundo era que, tal era su tranquilidad, que me dijo:

-Encontré estas flores amarillas en mi patio- Y me las mostró levantándolas de su regazo como si se trataran de un sol sobre un campo de trigo – Salen por todos lados -Siguió- A él le encantaban las flores amarillas- Culminó, cuando de repente el sistema de luces volvió a funcionar, y ahora ni a ella ni a mí nos inmutó el cambio, más aún cuando también se reestableció la radio con un mariachi que no dejaba de gritar en una emisora chilena.

-¿Flores amarillas? -Le pregunté intrigado, porque claramente era invierno, y salvo el verde de algunas plantas perennes todo es blanco, gris y negro en el sur, y mucho menos salen flores del tipo y color que sean.

-Si- Me respondió – Increíble. Pero encima salieron muchas y por todo el patio. A él le encantaban las flores amarillas.

Entendí que “él”, por los gestos y el tono grave y repentino de su voz, era el muerto a quien le llevaba flores, frasquitos de todos los tamaños y colores y velas al cementerio.

-¿Su esposo?- Pregunté, excediéndome en mis facultades de remisero preguntón, amortiguador y desempañador.

-Mi hijo- Respondió- A él le encantaban, y ahora no dejan de salir por todo el patio.

-Es un milagro -Le dije – que en pleno invierno salgan flores amarillas en un patio…a mi también se me murió un hijo -Concluí, con las manos fijas en el volante y la mirada ahora perdida, esa misma mirada que ponía el dueño de la remisería cuando le hablaba de los amortiguadores.

-Lo siento- Dijo ella.

-Lo siento- Dije yo. Y cuando la conversación iba a entrar en ese tono de pésames y que en paz descansen, ella me dijo:

-Yo no puedo más- Y su cara que era roja, brillante y vivaz, se apagó detrás de aquellas flores amarillas que lo iluminaban todo -No sé cómo seguir -continuó- cada día es peor.

Entonces yo le dije algo que no sabía hasta que lo dije:

-Señora, nosotros vemos en la oscuridad- Tirando por tierra ese idilio loco que tenía por el Corsita, esa teoría filosófica mecánica, que entre los dos nos cubríamos nuestras debilidades, él me sacaba de mi soledad, yo le tapaba todos sus problemas eléctricos y mecánicos: cortocircuitos que nos dejaban sin luz, desempañadores que no funcionaban, ventanillas que no se subían, reloj que atrasaba o adelantaba, hasta había empezado a cantar bastante bien para suplir la falta de radio, o hablar boludeces como el locutor.  Pero todo era mentira, todo era un juego de la mente, o del corazón, para no asumir la realidad. Eso que no tendría que haber ocurrido, pero ocurrió.

Mi frase quedó sin respuesta. La dije al filo de culminar el viaje, al filo del alma. Cuando dejé al auto en punto muerto en las mismas puertas del cementerio. Ella me preguntó cuánto era y yo le dije automáticamente el valor porque me sabía de memoria las tarifas. Me pagó en efectivo lo cual ya no se estila; daba la impresión de que tenía la plata justa, los billetes estaban doblados como pañuelos, unos adentros de otros, y de a miles y de a cienes y de a dieces me dio el monto preciso “para no dejarlo sin cambio” concluyó, a lo cual ni siquiera alcanzó a escuchar mis gracias porque enseguida cerró la puerta.

El cementerio en mi pueblo queda sobre una loma con vista al Lago Buenos Aires. Cuando me quedo solo con el Corsita le digo que cuando me muera quiero que me entierren ahí, con vista a ese mar al que le dicen lago; en tierra, no en nicho; quiero que los gusanos sean expeditivos. Aunque es más posible que este auto desaparezca en un par de años y lo destajen como a Atahualpa para venderlo por partes, porque todo junto ya no sirve. Pero uno nunca sabe. Uno nunca sabe. Quiero comprarlo antes de que eso pase, y cuando ya no de más, encenderlo, dejarlo en punto muerto, trabarle el acelerador con un taco y en primera que se hunda solito en el lago. Que ese mar se lo trague y no deje huella, como lo hace el olvido sin ponerse colorado. O sino emborracharme bien, prenderle fuego y que me metan preso, sin antes embocarle una buena trompada a un cana, y que por desacatado se me termine de pasar la borrachera durante un par de días en un calabozo, total es lo mismo en la comisaría que en mi casa sin tener nada que hacer, salvo llevarle comida al gato negro que ya no tendrá dónde dormir.

Al lago, los Aonikenk lo llamaban por un nombre que el hombre blanco entendió como Jeinimeni, pero que en realidad era un nombre mucho más extenso, quizá infinito; y esto era, porque el lago es tan inconmensurable en su extensión superficial, en su profundidad y en su belleza, que no aceptaban que su nombre tuviera fin. Alrededor de las fogatas durante días de ceremonias interminables deletreaban su nombre mediante cantos; por eso se enojaban cuando los exploradores venidos de otros mundos querían definirlo. Y en realidad esos tipos venidos de otros lados necesitaban con apuro ponerle nombre a todo, para mensurarlo, para ubicarlo en el mapa, para trazar rutas, para explotarlo, para adueñarse. Finalmente entre dos países lo partieron y de un lado que los hombres blancos le pusieron Chile lo llaman Lago General Carreras, y del otro lado que los hombres blancos le pusieron Argentina lo llaman Lago Buenos Aires; ni siquiera Jeinimeni, en esa especie de interpretación de lo que decían los Aonikenk, o los anteriores a estos que fueron el pueblo Sheuen; ni mucho menos Ikeukenk, que para el pueblo originario significaba agua brava. Pero el lago era mucho más que agua brava.

Yo me había quedado mirando al lago, cuando de repente escuché la voz de la señora que amablemente me decía adiós. Su voz se escuchaba lejana, posiblemente por el viento blanco que nos azotaba de una manera brutal, mucho más allí en la cuesta de la loma donde castigaba más severamente que en el valle.

-Adiós- le dije, pero seguramente no me escuchó porque ya había dado media vuelta y avanzaba con su equipaje desordenado. Debería haber metido todo en una mochila o en alguna bolsa, pero llevaba todo suelto, por lo que atiné a bajar la ventanilla, aún sabiendo que no la iba a poder subir fácilmente, teniendo que recurrir después a todas esas técnicas que he sabido desarrollar para solucionar ese asunto, y le grité: -¿La ayudo?

-¡No!!. -Gritó también ella, como para que la escuchara- Estoy acostumbrada- Concluyó, mientras se perdía a lo lejos, con un montón de frascos transparentes y unas cuántas flores amarillas, algunas de las cuales quedaron en el camino tras su huella que quedaba marcada en la nieve. 

Cuando fui bajando la loma, no resistí a tanta belleza, y descendí del auto para sacarle una foto al cielo, que en el horizonte, compartía sus colores con el agua.

Estaba amaneciendo, a pesar de que la tormenta de nieve había hecho todo lo posible para que eso no ocurriera. A la inmensidad del lago se sumaba que las nubes bajas no permitían ver ni siquiera las pequeñas y grandes elevaciones que suben de tamaño de este a oeste, de manera tal que si el lago era infinito, aquellas lejanas limitaciones que le ponía el relieve, esa mañana de invierno habían desparecido. Me monté sobre el borde inferior de la puerta del conductor, como quien se sube al cabestrillo de un camión, para estar a mayor altura y ver más lejos, pero no había manera de ver el fin del lago. Entonces lo decidí. Decidí lo que tantas veces había pensado, pero con algunas variantes. La primera: es que al auto no lo iba a comprar; eso no cerraba por ninguna parte, no iba a reunir nunca el dinero, y comprarlo por partes no era una opción. Segundo: después de hacer lo que tenía pensado hacer iba a ir preso, entonces había que pensar en un plan de fuga. Tercero: no me iba a fugar. Cuarto, pero en este caso primero: derechito, por la misma calle que íbamos bajando del cementerio estaba la estación de servicio donde iba a comprar un par de bidones de nafta. Quinto:  que del frente de la estación, en el Tío Nelson, pediría fiadas dos botellas de whisky de las baratas. Sexto: y a esto se lo iba a decir al oído, nos íbamos a internar en un bosquecito cercano al lago, apagaría el celular para que no me vuelva loco la pibita de la Central, y le confesaría que toda esa nafta que compré era para prenderle fuego, y que si iba a morir, lo hiciera con dignidad.

Yo ya tenía el lugar, lo había recorrido varias veces en mis noches de insomnio con mis ojos de gato. Allí, por más que lloviera o nevara, aún con viento, no caía una sola gota de agua, un solo copo de nieve. Las frondosas copas de los árboles cubrían al cielo como si se trataran del mismísimo techo de una cúpula. Puse segunda, y a paso lento como un caballo viejo que va a enfrentar su destino, el Corsita avanzó abriéndose paso en el estrecho paso que dejaba el bosque; nos plantamos en el centro del lugar, y allí mismo le prendí fuego. A su alrededor, requeteborracho, dancé como lo hacía el pueblo Aonikenk y antes el pueblo Sheuen y canté sus canciones infinitas que no intentaron nunca ponerle nombre a ese lago, porque no se podía, porque no era necesario, porque sólo hacía falta alabarlo, como se alaba a un dios. Lo hice hasta que llegaron los bomberos y después la policía, tiré una trompada como lo tenía planeado y me pegaron diez, eso era algo que podía suceder. El dueño de la remisería se sumó a la patota pero no alcanzó a pegarme, pese a que con furia se abría paso entre los uniformados, perdiendo ese eufemismo en la mirada, y con una determinación que hubiera puesto en cambiarle los amortiguadores al Corsita, del cual ya no quedaba nada. 

Me subieron al celular de la policía en el asiento de atrás y allí dejé de cantar bajo amenaza. Volvería a hacerlo cuando me soltaran, en otra fogata frente al lago, para bailar y cantar mi dolor, ese que debo honrar, ése que tampoco, al igual que el lago, tiene fin.

Juan Giménez / Los Antiguos. SC.

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