Una charla con Eulalia Muzak

Narrativa / Mauro Moschini

Mi prima se casó con el novio de mamá cuando estaba atacada de rabietas y suponía que el ponerse así era consecuencia de la mala postura, lo que no viene a ser la comprobación de nada, porque no por eso iba a dejar de casarse ¿no? Una se cansa de andar soltera, de casarse, una se cansa: es la vida. La vida arruina. Como le decía: la comprobación deberá suponer la consecuencia de algo ¿Pero por dónde viene la cola, el rabo, al fin y al cabo? El novio de mamá era cabo, la prima era sargento. Eso era todo. Fin del tema. ¿Para qué buscarle a la rabieta el rabo, al huevo la gallina? Eso era cosa de la prima: dele que dale con esos mambos, y mamá que la seguía, la perseguía. Como a los ratones. Porque era el novio, ¿no? Quiero decir: el cabo, el marido de mi prima. Por eso, claro. Uy el quilombo que se había armado, aquella vez, cuando se casaron. Nomás la tarde que se lo dijo, en la cocina, con los ratones que habían estado insoportables esa semana y mamá que puso el grito en el cielo, y las rabietas y los llantos. Pero ella no, que sí: emperrada en casarse estaba. El cabo era bobo, feble, callado, medio inerte, ni mu, arruinado: tuvo una infancia difícil. Le tocaron unos padres que mamita querida. Y mamá rabiosa, sí, todavía, como una perra, cuando se acuerda ¿no? En el día a día se le ha pasado. Es de vez en cuando, cuando viene el cabo, después que se va. Porque el cabo la atiende a mamita todavía. Sí. Una no entiende. Si es tan boludo ¿cómo hará para ser tan vivo? De todo hay en la viña del señor. Y eso que mamá lo puteó de arriba a abajo, divulgó sus miserias, prendió fuego toda su ropa con el uniforme y las guirnaldas. Casi prende fuego toda la casa y el techo del comedor quedó tiznado por años y años. Pero ni bien volvió el boludo con los ojos de dar lástima, se lo pasó para el cuarto tranquilamente. ¡Y lo que no le habrá hecho mi mamá a mi prima! La noche antes del casamiento se metió en el cuarto de la costurera y le tiró al vestido una copa de vino carlón. Ese día se pasó dando vueltas frente al juzgado, tocando bocina a todo dar, publicando sus miserias a los gritos. Un bochorno. Pero ya lo ve, es así, es la vida. Acá estamos. Yo bien por suerte, y los chicos. El problema de los ratones ¿sabe cuándo se solucionó? La vez del incendio. No cuando mamá quemó las ropas. Otra vez, en la casa de al lado. Sí. Yo también lo que tengo es locura por los gatos. Hace rato. Son blanditos, callados, se lavan solos. Y más inteligentes que una, la verdad. Si se descuida, un gato le sale leyendo la mente, con los ojos que tienen, que brillan en la oscuridad, y los bigotes, que les dan equilibrio para andar por las medianeras. Este mish-mish viene seguido. No es de acá. Fíjese, qué manchas, las cuatro patitas blancas. ¿De adónde viene? Quién sabe. Así también no se supo nunca cómo fue que lo enganchó la sargento, al cabo. Mi prima. Y todo para qué, al final. Se fue un día y nunca más se supo. Dejó una carta: “Tía te dejo al cabo. No se preocupen porque estoy bien, pero me voy para siempre. En este tiempo he reflexionado de mi relación. La cual ha llegado a ser insoportable. Las razones de este hecho las conozco pero no las digo. Me van a disculpar. Dominga”. Así nomás. Me la acuerdo de memoria. Los recuerdos como que se me filtran por un altillo, a las cansadas, pero me acuerdo. Sería mejor olvidarme, no darme cuenta de nada, pero para eso después de muerta hay tiempo. Lo que sí, mamita estuvo inteligente en no dejarlo meterse en la casa al cabo. Hasta lo sacó cagando. ¡A los tiros! A mí no me gustaba que viniese con la reglamentaria, él. Pero se lo dije a mamita una vez y me miró como si yo fuera una marciana: “es parte del uniforme”, me dijo. El cabo se andaba queriendo aquerenciar, se quedaba a dormir y mamá ese día ya le vio que vino con el bolso más grande y adentro del bolso la muda de ropa y la maquinita de afeitar y qué sé yo cuánto. Mamá lo despertó con el caño de la pistola en la frente, que le debe haber enfriado el sudor de manera instantánea. “Así que te pensás que te voy a volver a cocinar y lavar los calzoncillos”, le dijo. Medio susurrando, pero yo escuché de la pieza del al lado, igual. Estaba con la regla yo, que me viene con dolores, y me había quedado echada nomás, mirando el techo y las telarañas. Y entonces de repente el griterío y el espamento, que por fín se le conoció la voz al cabo, porque siempre fue casi mudo de hablar para adentro o hacerse entender con los ojos. Pero a la semana siguiente estaba de vuelta lo mismo, eso sí: sin el arma, y solo con el bolsito chico de lo fundamental. Y la primera noche todo modosito, comimos sopa y nos dejó la chiquisuela, once y media ya amagó a querer salir y mamita como si nada. “Ahí está la puerta”, le hizo entender sin decirle, señalándole así con el mentón nomás. Y el otro como un pibito en penitencia salió arrastrando los pies. Cuando llegó a la puerta mamita le gritó, con esos modales groseros que tiene: “¿Qué te pasa? ¿Tan cagado quedaste de la otra vez? Pasá a la pieza que ahora voy. Y de acá no te vas a ir sin lavar los platos, por lo menos”. Lo hizo irse aquella vez a las dos de la mañana, una noche helada. A partir de ahí ya lo tuvo cortito. Y así siguen hasta ahora. Pero mire a qué hora me acuerdo de la hora yo. Me voy a tener que ir. Ah ¿no? Ah ¿sí? Bueno: un ratito.

Mauro Moschini / Ingeniero Huergo. RN.

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