Poesía del Último Viernes (08)

Selección de Jorge Curinao

Neutrinos

Todavía no se sabe muy bien para qué están, pero sabemos que nos atraviesan millones por segundo. Pasan tocándonos como una llovizna mansa que nuestro cuerpo no sabe ni siquiera intuir. Quizás, si no la materia, lo que rozan es el alma: hay algo que al atravesarnos se llevan con ellos y a cambio nos dejan otra cosa. Eso explicaría por qué a veces de pronto experimentamos un sorpresivo cambio de ánimo. El alma se ilumina y oscurece sin aviso. ¿Hay una cuerda invisible tendida en el aire que hace música que no alcanzamos a oír, pero nos toca?

(de Fuerzas blandas)

Curvaturas


Si la Tierra fuera plana, ahora que me reclino plácidamente sobre la arena y miro el mar que se pierde oscuro hacia el norte, debería poder ver también, a lo lejos, las verdes ondulaciones de China, y después la cumbre de los Himalayas, y más allá las humaredas que se elevan lentamente en una quema de pastos en el Kurdistán, y aún más atrás, en algún punto, las desdibujadas alturas del monte Elbrús alzándose sobre la tundra rusa.
Pero nada de eso se ve bajo este cielo diáfano que aplasta el pensamiento, sus pequeños oleajes.
Porque, en cambio, la Tierra es redonda. Entonces me despliego por la superficie de las cosas, recorro la corteza terrestre y doy la vuelta, hasta llegar de nuevo a mí, de espaldas, mirando un mar mientras pienso en la curvatura de las formas. Por ejemplo, en la del deseo, en su capacidad de arquearse como un junco hasta tocar lo que quiere, y ser tocado.

(de Fuerzas blandas)

El tiempo de la montaña

Cuando voy a la montaña, al regresar, algo de la montaña viene conmigo y permanece un tiempo. Y, sin embargo, la sensación es la de volver más liviana. 
Pero no hay contradicción. Escribo esto con una lentitud de piedra y de liquen.

(de Fuerzas blandas)

Estábamos pobres

Estábamos pobres,
dice la abuela,
que aprendió el yagán
antes que el castellano.

Estábamos pobres,
como estar perdida
o enferma.
Cosas que a cualquiera
le toca transitar
y luego pasan
como pasa el invierno.

La pobreza no es una condición,
sino un estado.

Todos experimentan
en algún momento el hambre
y en otro
la felicidad del alimento,
la dicha del estómago colmado.
Lo mismo toca a veces
a los zorros
y a toda fauna
que anda por los bosques.

Rico y pobre
son conceptos arrastrados
a esta costa
como tantas otras cosas.

Como nosotros.
Que no sabemos estar.

(de Los bosques bajo el agua)

La lengua

Me saco la lengua
y me pongo otra.
Pero me queda grande
el yagán.

Tantas nieves
para mi sola nieve,
tantas playas
para mi sola playa.

Yagán se escurre
como arroyo de montaña.
Las palabras son peces
que boquean en la orilla.

En el hueco de mi lengua
arrojo otra, que es
como decir:
abro otros ojos,
abro el asombro,
completo el mundo.

(de Los bosques bajo el agua)

Zona de turbulencia 

Riders on the storm
into this house we’re born
Jim Morrison
Y ahora que dejamos la tierra

y nos lanzamos sin más hacia la altura

se cierra el cielo, se abre el ojo 
de la tormenta.

La gente se inquieta, se agarra 
de las manos, se persigna.

Yo también tenso los músculos 
lavo los días, destilo recuerdos.


Estoy dejando atrás la tierra de mis vientos

abajo queda la casa materna 
con sus muebles ajados y sus sauces 
y la luz y el trueno entre las ramas.


No sé adónde voy, adónde ya estoy yendo 

soy una pregunta que se eleva entre las nubes

un silencio que escucha su mitad vacía
su espejo hacia la nada.

Estoy cantándome canciones de cuna 

que tiñen el cielo como una luz de invierno.

Beso mi corazón para que crezca.

Yo, álgida de qué

ahora río a contraluz de la tormenta.

En la máquina alada a punto de caer
es otra la lluvia y otro el nubarrón 
que me sacuden.

Al final el avión se estabiliza

y aparece el oro del horizonte siempre lejos.
La gente aplaude, llora, grita
somos más mortales
porque besamos la muerte.

Yo callo
esta es mi tierra

no me espanta el aguacero 

ni el corcovado viento que lame las ventanas,

este es el cielo de mis lluvias

nada puede dañarme

conmigo van la noche y la tormenta.

(de El lento deambular de las tormentas)

Perros del invierno

Llegan noticias de mi ciudad. 
Enloquecieron los perros
como enloquecen los vientos
o las flores que nadie mira.

Perros que quizá
una vez fueron Toby
o Negro o Lola
reunidos en las calles
mordiendo el aire
sus sombras
los cuerpos que atraviesan 
el reino transparente del invierno.

En geografías lejanas
los hechos extraños duplican
la extrañeza.

¿Se acordará la gente?
¿Se acordará? 

Hablo de un verbo en desuso:

acordarse es irse del olvido
y también despertar,
ponerse cuerdo.

(de El lento deambular de las tormentas)

Archipiélago

Penetra surdamente no reino das palavras
Carlos Drummond de Andrade
Se entra en la palabra archipiélago
buscando islas

pero dice la etimología
que lo único hallable ahí
es el mar

no un tejido de orillas
un islario bordado
por la espuma y el tiempo

solo el mar, el mar inmenso,
el archimar

por lo demás, nada sorprende:
toda palabra es por fuera un borde
y en el fondo agua
siempre removida.

(de El lento deambular de las tormentas)

Florencia Lobo

Florencia Lobo (1984) creció y vive en Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina. Publicó el libro de poemas El lento deambular de las tormentas (El Suri Porfiado, 2018) y obtuvo una beca del Fondo Nacional de las Artes para la escritura de Los bosques bajo el agua. Ambos libros fueron publicados en un solo volumen en 2024 por Tanta Ceniza Editora. Forma parte de antologías como Patagonia lee del Plan Nacional de Lecturas (2021), Poetas argentinas (1981-2000) (Ediciones del Dock, 2023), Antología de poesía latino-americana contemporánea (Peabiru, 2025) y Con el corazón mirando al sur (Esdrújula Ediciones, 2025). Junto a Aixa Rava compiló la antología Un fulgor distinto. Autoras contemporáneas de Tierra del Fuego (Tanta Ceniza, 2025). Es editora y correctora freelance, y colabora con distintos proyectos editoriales.

Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail hola@últimoviernes.com

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