Memoria, Verdad, Justicia “donde nunca pasa nada”

Texturas / Gabriela Luque

Este marzo de 2026 vino con un aniversario fortísimo, de ésos que te atraviesan el cuerpo y te obligan al recuerdo. Y si recordar significa etimológicamente “llevar en el corazón”, ese corazón late fuerte, de agita, se retuerce en un grito: 50 años del golpe cívico – militar del 24 de marzo de 1976, una herida cuya cicatriz de bordes enrojecidos sigue visible.

Aquí, en el territorio del “donde nunca pasa nada”, el territorio que algunos han elegido bautizar con el viento, quizás porque éste aún arrastra tantos murmullos que exigen la restitución de la palabra frente al ocultamiento del silencio. Jirones de voces de los pueblos originarios arrancados de cuajo por la Campaña al desierto, tanto como las de los huelguistas masacrados entre 1920 y 1921, las de los jóvenes soldados enviados a las Islas Malvinas en 1982 y las de sus propios desaparecidos del período más oscuro de la reciente historia argentina. Una carga demasiado pesada.

En este número hemos elegido dos textos muy distintos entre sí, pero que se destacan por su valor ético y que nos devuelven trozos de lo ocurrido a partir del aciago 24 de marzo de 1976 en la provincia. Cuatro centros de detención, numerosos presos santacruceños dispersos en cárceles de todo el país y la ominosa sombra de diecinueve desaparecidos identificados a la fecha: una brevísima síntesis de ocho años de crueldad planificada, que no deben quedar en el olvido.

Compartimos con nuestros lectores el poema-canción “Hablo del hombre común”, de Héctor “Gato” Osses, escrito – como él mismo dijera en varias entrevistas- durante su prisión en el penal de Rawson y un fragmento de la crónica La noche del chancho, de Huri Portela, publicado en 2004 que narra un episodio poco conocido del terrorismo de Estado en el territorio, puntualmente el ocurrido en marzo de 1977 en la Escuela Agropecuaria de Gobernador Gregores, que culminó con la expulsión de cinco estudiantes la intervención del establecimiento y el despido de sus autoridades.

Memoria, Verdad y Justicia desde las entrañas de la Patagonia austral.

Hablo del Hombre Común
(con La Chuza)

hablo del hombre común
simple barro con aliento
que es un cántaro de amor
y es barro y es alfarero

es ese que va tiñendo
la urdimbre de la historia
el que abre golpe a golpe
la senda hasta la victoria

no importa si tiene un hacha
un fusil una paloma
un cuaderno una herramienta
o tiene las manos solas
tiñe con sangre los hilos
de la urdimbre de la historia

por eso quiero cantar
el valor del compañero
y hablo del hombre común
simple barro con aliento

hablo también de lo diario
de la reja para adentro
de multiplicar el pan
y beber en el desierto

de establecer un sonido
y vibrar a un mismo tiempo
el que no sabe escuchar
no puede oír el silencio

por eso quiero cantar
el valor del compañero
y hablo del hombre común
simple barro con aliento

La noche del chancho

Finales de marzo de 1977. Sexto año ya empezaba a vivir la emoción de su despedida. En dos meses más egresarían con sus títulos de Agrónomos especializados en Ganadería. Una de las tareas a cargo del curso era el cuidado de una cerda que pocos meses atrás había parido diez lechones. La asistieron en el parto, le daban de comer, hacían la limpieza del chiquero y el control de enfermedades y vacunas.

La cría del porcino era parte del programa. Ante la vista de tantos lechones gordos, a punto para un buen asado, no resistieron la tentación de reunirse y hacer el primer festejo de sus finales de curso. Ellos sabían organizarse y trazaron el plan en esos minutos concedidos para fumar un cigarrillo después de la cena. Distribuyeron la

tarea de cada uno, que fue cumplida al pie de la letra: Jorge Cobos y Hugo Torres corrieron hasta el chiquero y metieron el lechón en una bolsa para depositarlo en un lugar previamente convenido; allí fue recogido por Juan Carlos Kofalt que disponia de la camioneta de su padre, y Alberto López, que llevaron al animal hasta la casa del primero. La noche era fría y garuaba, las instalaciones estaban lejos del edificio principal, el momento no podía ser más propicio. Una semana después fue faenado por Juan Carlos Kofalt y RicardoVera. Lo habían escondido en un galpón hasta ese momento para entregárselo después a Doña Auristela, la madre de Juan Carlos, listo para el horno.

Se reunieron un sábado por la noche. Doña Auristela, sin saber la historia, llevó a la mesa su mejor fuente con el lechón dorado. Hubo aplausos y expresiones de alegría. Había dedicado casi dos días a la preparación buscando condimentos especiales para lograr un plato exquisito, y para poder presentarlo con verdadero arte. Es una excelente cocinera y sus platos son muy ponderados en la zona. Cada vez que los muchachos deseaban reunirse compraban un cordero, un pavo o un lechón que ella preparaba con gusto. Esta vez se había esmerado porque los muchachos merecían lo mejor. Habían enfrentado a un militar con todo su poder para que la escuela volviera a ser escuela.

Dentro de poco tiempo iban a recibir su título. Se sentía muy feliz.

La reunión fue muy animada, todos le hicieron honor a ese banquete preparado con tanto amor, y la noche terminó entre risas, cuentos, chistes, y el grato recuerdo de toda aquella rebeldía para terminar con la violencia militar en las aulas.

Cuando la falta del lechón se notó, la Rectoría comenzó las averiguaciones e hizo la denuncia en la Comisaría del pueblo.

Gabriela Luque / Río Gallegos. SC.

Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail hola@últimoviernes.com

Scroll al inicio