Periplo literario: India

Crónica / Patricia Sampaoli de Bonacci

A veces, comentar acerca de viajes puede resultar incómodo para quien los describe con tanta satisfacción, porque ciertamente pueden tomarse como una ostentación. Esto me pasa a mí, pero como me encanta leer o escuchar lo que otros cuentan de sus viajes, y como me dicen que estos textos son disfrutados por los lectores, aquí estoy nuevamente compartiendo otro de ellos.

Viajar a la india, a un Congreso Internacional de Historia Oral (IOHA)en 2016, y junto a mi hijo, fue un auténtico acontecimiento. ¡Qué puede ser más extraordinario que el que mi profesión me permitiera caminar por el maravilloso Taj Mahal acompañada por un estudiante de arquitectura tan cercano filialmente a mi persona! 

Miro las fotos y me inspiro: las fotos que uno acumula, sí, bien digo, “acumula”, nos sirven para contagiarnos una vez más de ese espíritu jubiloso que suele acompañarnos mientras respiramos el aire y hollamos el suelo de esos lugares soñados y, por qué no, ansiados por largos años…

El punto de partida fue Buenos Aires, pasando por Río de Janeiro, con estancia de cinco días en Dubai (eso será parte, seguramente, de otra crónica), para seguir rumbo a Bangalore en India, por una aerolínea que recomiendo sin ningún tipo de duda: Emirates.

Cuando uno piensa en India, se va imaginariamente a Bombay, a Nueva Delhi, al Ganges, a Agra y el imponente Taj Mahal; Bangalore nos suena poco, o al menos poco me sonaba a mí. De entrada, pensar en un país de 1.400 millones de habitantes, te pone piel de gallina. 

Tanta gente apabulla, sobre todo cuando llegás a un descomunal aeropuerto y tenés que subirte a un taxi que te llevará a un hotel que no sabés muy bien en dónde está y vas encomendándote muy seriamente al Cielo, porque estás viajando junto a tu hijo. 

El Hotel, una maravilla, el chofer, fantástico, y nos cobró lo que correspondía, según nos enteramos al hablar con el conserje, que nos estaba esperando junto a un buen grupo de colegas también hospedados allí. El tema de mi ponencia de historia oral: «Sin descanso. Un viejo hotel y la historia de una pequeña ciudad en el sur de la Patagonia Argentina hacia mediados del siglo XX, en las memorias de Elena” …

Bangalore, la ciudad a la que arribamos, en el centro sur del país, cuenta con unos ocho millones y medio de habitantes, es la cuarta en cantidad de población en toda India (después de Bombay, Delhi y Calcuta) y se destaca, sobre todo, por ser el centro de la industria de alta tecnología del país. Bangalore es conocida como el Silicon Valley de a India y también como la Ciudad Jardín de la India, es famosa por su vegetación y sus parques públicos (Lal Bagh y el Parque Cubbonson), sus prestigiosas escuelas y centros de investigación, una cultura teatral muy activa y por ser uno de los centros de la industria cinematográfica del país. 

En gastronomía, como imaginábamos, el rey de los condimentos es el curry, recuerdo cuánto lo apreciaba antes de pasarme quince días en India -después de la primera semana, añoraba un buen bife con puré, solamente condimentado con un poco de sal-. Ahora, puedo asegurarles, miro de otra manera las comidas étnicas, aunque lo que sí disfruté fueron los desayunos, con un té con leche y especias que no he podido homologar en casa.

Nuestro guía, un muchacho que dominaba el español a las mil maravillas, le decíamos Señor Singh porque su nombre de pila era muy difícil de pronunciar, nos recomendó especialmente que jamás comiéramos comida callejera. En los hoteles, nos sugerían que hasta los dientes los enjuagáramos con agua mineral. Vimos mucha pobreza en las calles y también muchas vacas, flacas y lánguidas, tan huesudas que no podías hermanarlas con las de las pampas argentinas.

 En nuestro recorrido por el resto del país (Nueva Delhi, Jaipur y Agra, llamado el Triángulo de Oro) visitamos fortalezas de piedra y templos de mármol, residencias asombrosas, en que se daban cita las historias de harenes con concubinas cristianas, musulmanas y judías, todas juntas dando vida a intrigas palaciegas, a princesas y reinas que, especialmente durante el Imperio Mogol, no eran solamente figuras decorativas, sino que intervenían en la vida política y la administración de bienes, siempre disimuladas detrás de las celosías y los velos. Subimos al Fuerte de Amber, en la vieja ciudad de Jaipur, montados en un elefante, una experiencia conmovedora, sobre todo porque uno es consciente de que esos inteligentes animales no deberían estar cumpliendo esa función.

Ingresamos a decenas de templos con sus dioses principales y miles de deidades, el señor Singh hacía sonar una campana, para despertar a los dioses, y nos quitábamos el calzado para entrar, mientras yo pensaba en la enorme cantidad de fe necesaria para sostener tantas creencias.

El Kamasutra, siempre presente en todos los escaparates, un clásico de los clásicos de la literatura de la India. Una literatura escrita principalmente en sánscrito, que posee una de las tradiciones más antiguas del mundo, cuyas raíces   se remontan a un pasado de más de 3.000 años, caracterizándose por una profunda espiritualidad. Textos sagrados y grandes epopeyas han dado vida a su período védico- de corte religioso- y al clásico -caracterizado por lo literario. 

 La literatura india del siglo XXI, según leí por ahí, se caracteriza por ser una mezcla de voces en inglés y lenguas vernáculas, centrada en la identidad, las diferencias sociales, la política, la India urbana y la rural, en suma, esa modernidad que traslada las experiencias locales al panorama del mundo. Actualmente, se puede uno encontrar con autores tales como Aravind Adiga y su Tigre blanco, una novela de corte irónico que habla acerca de la desigualdad; Vikram Seth, autor que retrata la India poscolonial; Anita Nair, con El vagón de las mujeres; por nombrar solo algunos. En líneas generales, sus temáticas acometen críticas a la desigualdad y el sistema de castas, todavía vigente; las disyuntivas frente a la urbanización rápida y los valores tradicionales; las heridas que el pasado todavía no ha cerrado con referencia al legado inglés, a la identidad, a la partición del territorio de 1947; la no ficción encarando derechos humanos, protección del ambiente y política en general. 

En este punto debo agregar que, como muchos, he conocido la India a través de escritores británicos, como Rudyard Kipling (Kim de la India, El Libro de la Selva) y E. M. Forster (Pasaje a la India). Mi lectura del Kamasutra me dejó siempre con más dudas que enseñanzas, en fin…

Quiero cerrar esta recorrida literaria de un país tan lleno de paradojas y, a la vez, tan asombroso con Mahatma Gandhi, ese extraordinario ejemplo de no violencia. Sus discursos compilados forman parte del libro La India de mis sueños; su camino espiritual y el despertar de la conciencia política que lo llevaron a ser un hombre sin igual, está presente en su autobiografía La historia de mis experimentos con la verdad

Para Gandhi, Jesús de Nazaret fue uno de los más grandes maestros morales y espirituales de la humanidad; la enseñanza del Sermón del Monte lo había marcado profundamente y lo llevó a pensar que la no violencia era la mejor solución para resolver cualquier conflicto. Pero como encontraba que las actitudes de los seguidores de Cristo contradecían habitualmente esas enseñanzas, Gandhi supo expresar: Me gusta tu Cristo, pero no tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes a tu Cristo

No puedo dejar pasar en este escrito su extraordinario legado para identificar los males que corrompen a la sociedad: política sin principios, riqueza sin trabajo, placer sin conciencia, conocimiento sin carácter, comercio sin moralidad, culto sin sacrificio y derechos sin responsabilidades.

Y aquí concluyo con la aventura final de este viaje a la India: cuando debíamos dirigirnos al aeropuerto de Nueva Delhi, la autopista estaba colapsada. Nuestro taxi, prácticamente detenido; yo, preocupadísima porque la hora iba pasando y nos movíamos a paso de hombre. A nuestro alrededor, un camión Mac, un BMW, un camello con su conductor, un rickshaw o tuk-tuk de tres ruedas con ocho pasajeros encima y, un poquito más adelante, un elefante transportando a dos personas. Bocinazos ensordecedores… Es India, con todos sus contrastes expuestos en un embotellamiento de carretera: la opulencia y toda la precariedad del mundo se dieron cita allí, pero llegamos a tiempo para tomar nuestro avión.

Recordé, despidiéndome de esa tierra que no creo volver a pisar, el Memorial de Mahatma Gandhi que habíamos visitado en la ciudad de Nueva Delhi, sus restos no descansan allí porque sus cenizas fueron esparcidas en el Ganges, tiene un fuego encendido permanentemente. Caminando por su parque corté una pequeña flor blanca y la puse dentro de la guía que llevaba en mis manos. Sé que esto no debe hacerse, pero quise traer conmigo, de ese lugar sagrado, el fantasmita de una fragancia que perdurará en mí.

Patricia Sampaoli / Caleta Olivia. SC..

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