Juegos de bar

Un espacio para que se presenten en público quienes nunca antes han publicado sus textos.

Cuento / Kevin Jwanczyk

“Estar vivo. Estar vivo. Una obra colosal, agotadora e imposible de realizar.” – Dazai

Había sobre la acera una fina capa de lo que fue la lluvia, restando solo chispazos de agua. El bar estaba lleno y las calles vacías. Las luces se reflejaban como el resplandor de las velas. Nadie se percató de todo lo que acontecía y el foco fue la reunión, que tanto tiempo costó programar. Eran, de por sí, versiones diferentes de ellos. No faltaba en sus rostros alguna línea que se había profundizado, tampoco el cansancio acumulado debajo de los párpados y las canas.

Por la ventana, desde afuera, podía ver cómo se reía entrecerrando los ojos, golpeando con el puño, parecía uno solo y varios parecían uno. Casi se cayó todo lo que estaba debajo de sus historias encima de la mesa, que se repetían desde la vez pasada. Acostumbrado a contar todo de nuevo, desde el mismo principio como una repetición, pero en diferente tono. 

Lo único diferente, que irrumpió la noche sin previo aviso, fue la novedad que tenía el barrio Humboldt, que ya todos conocían por demás.

—Tardaron unas semanas en construirlo. Es una de esas, de las medievales, con plataforma de madera y cuerda —cuando metió un maní en su boca, lo sintió amargo— Don Cresta dijo que desde la reja vio cómo tenía una palanca y que funciona.

Todos los rostros de asombro son iguales.

Damián estaba fascinado con el hecho y, apenas en el kiosco había escuchado la noticia, ensayó toda la tarde cómo contar la historia. Cuando escucharon la risa, las demás mesas miraron extrañadas.

—Es peligroso. Incita a la gente al suicidio —repuso y comenzó a prender un cigarrillo escondido, pensando que estar al lado de la ventana abierta lo haría pasar desapercibido— Hay cosas que la ley no puede omitir.

—No es ilegal ni anticonstitucional. A menos que la usen, claro.

Pero en cada palabra rebosa la necesidad de comprobarlo, de ser testigo de aquello de lo que se hablaba. No debía quedar nadie fuera de la fiesta ajena.

Cuando la moza se dio cuenta del humo, y el fuego apenas alumbraba, lo echó. Así, Damián emprendió la marcha, pero no hacia su casa. Salió por la puerta, sintió el frío en su rostro y caminó como si sus pasos se hundieran en la acera. Por momentos, sus piernas parecían enredarse. De igual manera, siguió hablando de eso sin parar. No dejaba de enfurecerse, de admirar la idea. Odiaba a esa familia. La anhelaba.

Las calles seguían húmedas, llenas de charquitos, donde cada pisada se sentía como varias. Eran un millar de pasos.

Tomó el celular, aún estaban los mensajes. Dudaba si leerlos.

—Dejá el celu, no seas tonto —escuchó.

Damián guardó de nuevo el celular junto a las llaves. Hacía caso a esa voz por primera vez.

Todo se sentía demasiado bien para ir a casa a dormir, para leer los mensajes, para no fumarse otro pucho, viendo aquella novedad.

Llegó a la calle de enfrente, delante de la mampostería y las rejas negras, y podía ver, aún en la noche, la plataforma y los pequeños escalones que llevaban hasta la horca.

—¿Te imaginas que fuera una guillotina? —se preguntó y estalló una risa. Tragó saliva como si su cabeza fuera la que rodara.

Entró al patio con cuidado. Solo él se podía oír. Estaba en presencia de ella.

Cada rechinido que daba la madera al subir lograba sacar un escalofrío y, una vez arriba, la soga, que no ajustaba del todo, era bastante pesada.

—Solo un loquito se pondría la soga al cuello de esta manera —asintió, respondiéndose.

Una de sus manos rodeó la palanca, que cabía de manera perfecta en su palma.

De nuevo agarró el celular.

—¿Qué haces con eso? ¿No ves que estamos con esto ahora?

La mano apretó el mango; era de cuero.

—Tengo mensajes; aún no leí ninguno. —dijo y pasó el dedo por la pantalla.

Se fijó en la hora.

—No importa, la verdad —hizo un poco de fuerza y notó que había resistencia para bajarla.

Miró la pantalla. Era la quinta llamada perdida.

En verdad, la cuerda sí picaba un poco.

“¿Dónde estás?”

Hizo un poco más de fuerza.

“No te enojes, perdón que no pudimos ir”.

Cedió.

“Contestá, por favor”.

Algo se rompió.

Kevin Jwanczyk / Caleta Olivia. SC.

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