Narrativa / Graciela Pascualetto

Esa noche, la hondonada estaba cubierta por la niebla y el camino solo se despejaba al llegar a la loma más alta. Sin embargo ni desde allí se podían divisar con precisión las figuras que brotaban desde los turbios chaparrales. Apenas se insinuaban sombras diversas que provenían de la casa campestre donde vivían Janka y Waldemar, una pareja de polacos con dos hijos. Ellos habían atravesado los continentes huyendo de la guerra, instalándose primero en Mendoza y luego en la Pampa patagónica donde escasea el agua y los pastos son ralos. Poco sabían de esta tierra árida, de estos vientos bravos y, mucho menos, de las costumbres y los sucedidos que se contaban en el monte.
Cerca de la casa comenzaban a divisarse caldenes de troncos añosos y ramas angulosas que coronaban en copas espesas, formando un cielo verde oscuro bajo el cual se escondía Gualicho junto a víboras peludos, vizcachas y pumas.
Gualicho era un espíritu enigmático que habitaba en la inmensidad de la llanúra desde el principio de los tiempos entre la aspereza de los arbustos y las rugosidades del caldén. Podía encarnarse en animales o personas y los lugareños narraban anécdotas sobre sus andanzas aunque seguía siendo un misterio que no podían descifrar. Salvo los más viejos que sabían cómo hacer para aplacarlo y romper sus maleficios.
Esa noche oscura y neblinosa Gualicho, transfigurado en mujer, merodeaba por la cocina de la casa aunque su olfato le decía que no quedaban alimentos. Anduvo por las piezas, se estremeció al ver a los niños dormidos con una leve sonrisa en el rostro y sintió que, como mujer, jamás podría cometer una fechoría qie pudiese dañarlos.
Estaba hambriento. Muy hambriento. Entonces corrió hacia afuera y se encarnó en un puma voraz que aullaba chillonamente mientras revolvía sus patas entre los arbustos y las ramas queriendo encontrar alguna carne que pudiese calmarlo. Peludos y vizcachas que, desprevenidamente, salieron de sus cuevas fueron el banquete de Gualicho y de otros dos pumas recién llegados que clavaron sus garras sin clemencia hasta destrozar los animales pequeños.
Los perros de la casa, al escuchar ruidos y movimientos extraños, salieron embravecidos ladrando sin parar y, como ciegos, atropellaron el alambrado lastimándose el cogote que sangraba a borbotones. Ágilmente, los pumas se abalanzaron sobre ellos y continuaron su festín mientras se alborotaba el gallinero con cacareos nocturnos que anunciaban desgracia.
Janka y Waldemar abrieron la puerta y gritaron desesperadamente al ver a sus perros morir entre las garras y los dientes felinos. Ni qué hablar de los chicos que, al encontrarse con la horrible escena, no pudieron contenerse y llorando con desconsuelo se treparon al alambrado para rescatar a sus animales hasta que los padres pudieron detenerlos antes de que los pumas hirieran sus piernas y sus brazos.
Animales y humanos estaban situados en el escenario de la noche oscura y sus sombras se proyectaban como en un teatro de sombras gracias a la luz de la luna que, desafiando la niebla dejó la tragedia al descubierto. Con esa luminosidad, el hombre apuntó y descargó la escopeta varias veces dando muerte a los pumas. Gualicho se desmaterializó rápidamente y fue a refugiarse en su guarida de los caldenes. Su cuerpo de puma y el de los otros animales quedaron en el suelo para alimento de los buitres.
Al día siguiente, no había rastros de lo acontecido. Ya no estaban los perros ni los pumas ni los peludos ni las vizcachas. Sin embargo, su desdicha no había terminado. Gualicho ansiaba su venganza y convirtiéndose en arriero montó un caballo alazán y con el influjo de su mirada y del rebenque fue conduciendo el ganado de la estancia hacia el caldenar internándose cada vez más en el monte hasta que los animales se dispersaron en la extensa lejanía.
Ante la pérdida misteriosa de su ganado y el temor de un nuevo ataque la familia se fue del campo y se estableció en un pueblo vecino. El hombre se ganaba la vida como herrero y ella como cocinera. Las chispas de la fragua y el vapir de la olla con agua hirviente seguían reproduciendo las formas que emergieron aquella noche trágica. Los niños las dibujaban obsesivamente una y otra vez en sus cuadernos. Estaban muy atemorizados, tanto que no querían dormir para no ver en sueños la tremenda matanza. Las interminables noches ya los estaban enloqueciendo.
Aurora, la maestra de cabellos largos y grandes ojos negros, quedó impresionada por los dibujos de los chicos y conversó con ellos. Entonces sintió que un frío inusitado atravesaba su cuerpo. Tenía presentimientos… y sus sospechas no estaban erradas. Fue caminando hacia el monte para contarle lo ocurrido a una machi muy anciana con poderes de clarividencia y sanación. La mujer miró un buen rato en dirección a la casa de Janka y Waldemar, se ubicó de espaldas a la maestra alejándose unos cuantos pasos e inició un ritual que solo ella y otros pocos viejos de la zona conocían. Minutos después y a la distancia oyó los reiterados, hondos y largos suspiros de alivio de los polacos, comprobando que su conjuro había tenido buen resultado.
Cosa de Gualicho, dijo la machi, dirigiéndose de nuevo a Aurora luego de quebrar el embrujo que pesaba sobre la familia. Ya están a salvo de la locura, ya están curados, afirmó mostrando su rostro arrugado y de segura calma.
A Pesar de sus interrogantes y conjeturas, los polacos no supieron cómo ni por qué esa tarde se disiparon los miedos que los perturbaban, terminando así con sus días de espanto. Aquellas formas que una vez se dibujaron en la noche y después en sus sueños y en sus horas de vigilia, desaparecieron. No supieron cómo ni por qué. Sin embargo, a partir de entonces comenzaron a prestar atención a los sucesos lugareños y a los misteriosos sortilegios del monte.
Del libro Palabras que no se lleva el tiempo II, Santa Rosa, APE (Asociación Pampeana de Escritorxs) y 7sellos Editorial Cooperativa; 2023
Agradecemos la colaboración de la Prof. Natividad Ponce, vicepresidenta de la APE ( Asociación Pampeana de Escritores), quien nos facilitó este texto..

Graciela Pascualetto / Santa Rosa. LP.
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