Naufragios, caracolas y un mapa diminuto

El libro de Cuistóteles: entre la estepa y el mar, de Patricia Sampaoli, Verónica Lamberti y Ernesto Bonacci

Reseña / Patricia Vega

Hay historias que parecen pequeñas madrigueras en las que uno entra casi sin querer, y de pronto descubre un mundo entero. El libro de Cuistóteles: entre la estepa y el mar es exactamente eso: una puerta violeta, un farolito de piedras coloridas y un susurro de caracolas al fondo. Con la autoría de Patricia Sampaoli y Verónica Lamberti y las ilustraciones de Ernesto Bonacci, esta publicación nos invita a habitar la Patagonia desde una escala diminuta: la de los cuises, esos pequeños roedores que aquí se convierten en filósofos, coleccionistas, pasteleras quejosas o artistas desordenadas.

Sampaoli, P.; Lamberti, V.; Bonacci, E. (ilustrador). El libro de Cuistóteles:  entre la estepa y el mar. Vela al Viento Ediciones Patagónicas, 2023. 71 páginas.

El universo de esta nueva propuesta literaria se construye alrededor de la Familia Cuisin: una comunidad de cuises que habita un vecindario imaginario pero muy real en su cotidianeidad. Cuisina, la madre que cada mañana sale a recolectar flores; Cuisino, el padre que visita a su suegro y escucha sus relatos; los pequeños Cuisolino y Cuisolina, que van a la escuela de Zuza, la lechuza maestra, y por la tarde comparten el tiempo con sus amigos (gaviotas, liebres, piches, lagartijas). En el centro de todo, como un árbol con raíces hondas, el abuelo Cuistóteles.

Publicado por Vela al Viento Ediciones Patagónicas, ésta es -en apariencia- una historia para niños, sin embargo pronto descubrimos que su horizonte es más amplio: es un mapa de la Patagonia austral desde la mirada pequeña pero profundamente afectiva, sólo advertida por quienes saben “detenerse a mirar el cielo, respirar hondo la brisa del mar y quedarse alegremente dormidos…” (p.44). Las ilustraciones de Bonacci, además, aportan no sólo la belleza acuarelada característica de las ediciones tradicionales de relatos infantiles, sino que capturan la luz difusa y gris de la costa patagónica, lo que parece un guiño para lectores del mundo adulto.

Desde las primeras páginas, el universo aparece tejido con una delicadeza poco frecuente: es la expresión material de un modo de habitar el territorio. En esta obra, la Patagonia no es decorado, sino una forma de vida. La estepa, el mar, el viento, los esqueletos de barcos que naufragaron, las plantas y los animales conviven en un mismo pulso. Patagónicos también los sabores, los nombres y los objetos que organizan la vida cotidiana. El libro recupera, además, una tradición muy propia de nuestra literatura: la relación íntima entre memoria, paisaje y oralidad. Cuistóteles —abuelo sabio cuyo nombre sintetiza filosofía y ternura— es el portador vivo de la memoria histórica y del patrimonio del territorio. Representa el conocimiento heredado y la experiencia que se convierte en relato para volcarse a una comunidad donde no hay héroes individuales ni aventuras grandilocuentes. Lo que sostiene la narración son los encuentros cotidianos, las meriendas compartidas, los trabajos comunes, los cuidados mutuos. En un presente atravesado por el individualismo, la historia apuesta por recuperar la dimensión colectiva de la vida.

El tono didáctico, propio de los cuentos infantiles, no adquiere en esta obra un carácter rígido ni sentencioso; por el contrario, la enseñanza sucede a través de la narración, del humor y de la observación cotidiana. Se propone un vínculo entre el saber y la experiencia que proviene del contacto con la tierra y con los otros: Cuistóteles conoce las plantas medicinales y “sabía cómo aprovecharlas para curar a todos” (p. 32). La historia desarrolla una conciencia ecológica en el plano de lo sugerido, lateral, que sin embargo se vuelve eficaz en una perspectiva invertida: no somos los humanos mirando la naturaleza, sino ella observándonos sin poder entender del todo nuestros signos: “un objeto alargado de metal, que nunca había visto (…). Claro que dice algo, y en idioma humano” (pp. 41-2). En el mundo de estos animales, la prudencia, la paciencia y la escucha aparecen como valores necesarios para relacionarse tanto con el conocimiento como con el entorno.

Otro sensible acierto autoral es la alternancia entre prosa narrativa y pequeños poemas-canciones, intercalados para condensar la esencia de cada personaje: «A Cuistonio el cuis / le gusta mirar el mar / desde su mecedora. / Por su ventanita / mira las olas» (p. 12). Resuenan en esos versos los recuerdos de una canción de cuna, un recurso sencillo y a la vez potente que da a esta historia un ritmo particular cercano a la oralidad. Con este mismo cuidado, las ilustraciones de Ernesto Bonacci crean retratos de los personajes que abrazan expresiones y actitudes completamente humanos. Todo el universo visual del libro parece comunicar que vivir en el sur austral es construir un hogar con lo que el mar y la estepa ofrecen.

En la literatura patagónica contemporánea hay una tendencia valiosa a construir narrativas del territorio que no caigan en la postal turística ni en el mito del fin del mundo inhóspito. El libro de Cuistóteles se inscribe con naturalidad en esta corriente: diseña la imagen de la región como un lugar donde se vive, se cocina, se discute, se colecciona, se aprende, se envejece, se recuerda, se celebra. Donde los abuelos tienen historias que merecen ser escuchadas y donde el mar siempre trae algo nuevo a la orilla.

En tiempos en los que gran parte de la literatura infantil parece escrita desde la premisa de la inmediatez y la urgencia, El libro de Cuistóteles propone otra experiencia de lectura: una invitación a demorarse, a mirar el paisaje, a escuchar el viento. A detenerse en los pequeños gestos de una comunidad que construye ramita a ramita, piedra sobre piedra, la amorosa tarea de habitar la Patagonia.

Patricia Vega / Río Gallegos. SC.

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