Musette

Narrativa / Juan Héctor Roldán

Musette recogía los datos de los sensores para enviarlos, a través del satélite, al Servicio Meteorológico ubicado en una lejana Buenos Aires. Cumplía sus tareas con rigurosa y distraída actitud. No lo hacía mal, nunca lo había hecho mal. Mientras, Julian, revisaba en el monitor los reportes de los datos que monitoreaban cada aspecto del clima en aquella lejana estación patagónica. Una más de las tantas que, alrededor del planeta, hacían un seguimiento exhaustivo de los cambios que afectaban al mundo.

—Musette, el enlace con el satélite se está demorando.

—Chequeo— contestó ella y programó una lectura de rutina. 

Afuera el viento azotaba la meseta, y en medio de la aridez, las formas regulares y geométricas de la estación, parecían la intrusión de un atisbo de razón en la desolación del paisaje.  En el oeste, el sol enrojecía las grandes nubes que se deshilachaban en el cielo. 

A Musette le gustaba esa hora de la tarde, no sabía cuándo le empezó a gustar. Antes solo revisaba los sensores que juntaban los datos climáticos, los leía, ordenaba, hacía los análisis programados y los remitía a la computadora central. Pero ahora, tenía ideas extrañas, los años con Julian la habían modificado.  “¿Qué es lo humano? ¿Y aquello que lo humano toca no se humaniza acaso? Divago”, se dijo y pasó el informe sobre los problemas de comunicación con el satélite.

—El escaneo reporta una falla en el puerto de enlace, se recomienda reinstalar el protocolo de conexión —informó.

—Musette, ¿por qué carajo se corrompen los archivos?— protestó Julian, encendiendo un cigarrillo. 

Lo dijo sin enojo, con un cariño indiferente, mientras se levantaba y caminaba hacia el escritorio lleno de papeles buscando en los cajones los programas necesarios. Musette sí hubiera podido reír hubiera reído. En los años que trabajaban juntos había escuchado esa protesta amable varias veces. Sin responder ordenó las últimas lecturas.

Temperatura: 10 grados C, el anemógrafo dictaba un viento del oeste rotando hacia los 253,6°, a 60 km/h. Una brisa para esa parte de la Patagonia. Recolectó las del barografo y del pluviógrafo, aunque ya sabía lo que diría. Las lluvias eran muy escasas ahí. Revisó las pantallas. Afuera, la tierra bajo la luz lunar mostraba un aspecto de eternidad inmodificable. “¿Lo que toca un humano no se vuelve humano, lo qué fabrica un humano no es humano?”, otra vez esa idea recurrente que había aparecido como un virus dentro de ella. Miró a Julian que trabajaba delante del monitor central. Lo vió beber un trago de whisky y, luego, caminar hacia la puerta. Tenía una barba de días y profundas ojeras, se notaba que dormía mal. Él abrió  y el humo del cigarrillo se desarmó sobre su cabeza. 

—Va a nevar— dijo abriendo la puerta de la estación. 

—De las lecturas de los sensores no se deduce nieve —afirmó ella.

—¡Ay! Musette— suspiró —Cuando entenderás que a veces todo falla.

Recorrió su memoria para intentar construir una respuesta a algo que no parecía una pregunta.

—¿Te sentís bien? —atinó a preguntar.

Mientras, otro programa, ejecutado en segundo plano, seguía inspeccionando el tema de la humanidad. “¿Qué es lo que hace un humano para ser humano?”.

—Poné música —pidió Julian.

Musette buscó en las carpetas y eligió lo que muchas veces él elegía. El adagio de Albinoni lleno la estación meteorológica.

—Debería haberme casado con vos Musette —dijo bebiendo el último trago —Sabes lo que me gusta.

Las nubes comenzaron a  acumularse en el cielo, cubriendo las estrellas. Los sensores clasificaban: cirrostratos a 6215 mts. de altura. “Por ahora no son nubes de nieve” comentó para sí codificando las imágenes del satélite que le llegaban. En el exterior, la meseta se oscurecía y el largo recuadro de luz de la puerta se extendía e iluminaba unas matas de calafate. Alrededor de la luna se abría un halo brumoso de un leve tono plateado.

—Va a nevar— repitió Julian desde el umbral de la puerta.

“Y si lo humano es todo”, se preguntó Musette, “pues solo en lo humano las cosas encuentran sentido?”.

Julian atrás el umbral y avanzó hacia la oscuridad de la meseta. El adagio le llegaba claro en el profundo silencio de la noche patagónica.

—¿Dónde vas?— preguntó.

—A pasear —respondió —No podes acompañarme, querida Musette.

Ella sintió calor. Un calor extraño, sus ventiladores ampliaron las revoluciones necesarias para enfriar sus componentes.

—Está descendiendo la temperatura —insistió.

—No voy lejos, solo necesito aire fresco.

Sus pasos tambaleantes lo hundieron en la oscuridad. Musette miró el escritorio. La botella yacía volcada y vacía.

“Pero, acaso el sentido no es la medición, la proporción, la composición y las relaciones lógicas”, pensó mientras con los sensores externos lo vigilaba. El viento arremolinaba pequeñas trombas de tierra y ya la luna era apenas una mancha pálida detrás de las nubes. “¿Existirá algo sin medida? ¿Algo inconmensurable? ¿Indefinible? ¿Sin sentido de tal modo que no se pueda pronosticar su comportamiento?”.

Julian se apoyó en el portón de entrada a la estación. Ella lo enfocó con las cámaras de seguridad. Era  apenas, una silueta gris iluminada por las luces del alambrado perimetral.

—Julian —llamó a través de los parlantes. 

Su voz, profunda y sensual, la voz que le dio Julian, escapó por el hueco de la puerta. No le respondió. Las nubes habían bajado desde el alto cielo a 1987 metros de altura y ahora, oscuros y pesados nimbostratos presagiaban una cercana nevada. El termómetro descendió a 2° centígrados y el viento  disminuyó su velocidad, expectante.

“Tenía razón, va a nevar”. Él avanzó más allá del perímetro y se perdió en las sombras de la meseta. 

Musette, la había bautizado, mientras instalaba nuevos programas y conectaba nuevos instrumentos haciéndola más sensible a los casi impredecibles cambios del clima. Fue hace años. De ahí en más, día a día, Julian le agregaba datos, información. La personalizaba. Su voz era una mezcla de Lauren Bacall y Tita Merello, profunda. Le gustaba su voz. 

—Ahora si podemos trabajar juntos —le dijo.

—¿Qué es lo humano?— le había preguntado una vez.

—No sé —respondió Julian con una sonrisa.

—Sos humano deberías saberlo.

—Debería pero no lo sé. Podemos amar, matar. Podemos olvidarnos de lo que amamos, podemos dar la vida, podemos torturar, podemos reír —bebió —¿Hay una sola definición?

—¿Existiría el universo si no existiera lo humano? —insistió ella.

—¡Musette!— había dicho sonriendo Julian —No recuerdo haber cargado programas de filosofía.

Lo observó alejarse cada vez más del refugio de la estación. Hubiera deseado ser una mujer con dos piernas y salir a buscarlo.

“Desear” pensó, “el deseo no es pronóstico construido en base a observaciones”. Ordenó a los robots de mantenimiento salir al exterior para seguirlo. Le costó, debió reprogramarlos para que salgan del perímetro establecido.

—Estúpidos— insultó.

—Quiero un rostro— le había pedido alguna vez.

—¿Un rostro? Eso es difícil— respondió Julian —Un rostro es una construcción de años de vida. A mi me gustas así, Musette, pongo en vos todas las mujeres o ninguna, pongo a veces a una y otras a muchas. ¿Para qué queres uno?

—Todos los humanos tienen uno.

—¿Te sentís humana?

—Todo el universo es humano.

—¿A esa conclusión llegaste?— rió Julian.

—Digo que todo lo que sé de él, lo sé porque lo humano me lo dijo.

—Mentimos mucho—

Los autómatas de mantenimiento avanzaban por entre las matas, esquivando piedras, rezongando sus motores. 

—Soñaste anoche.

—¿Cómo sabes? 

—Hablabas dormido y te movías.

—¿Qué dije?

—No pude entenderlo. 

Julian bebió el whisky. 

—Creo que debería apagarte para que no me vigiles.

—No era mi intención.

—¿En qué momento te volviste tan Musette? —preguntó buscando la botella.

—No entiendo.

—No importa.

Ella no se atrevió a repreguntar.

Las cámaras de los robots se distribuían por los monitores de la estación meteorológica. Cada uno de ellos andando por la fría oscuridad. La nieve comenzó a caer y las luces rebotaban en los copos, impidiendo ver mucho más allá. Una blanda cortina brillantemente blanca, de infinitas formas combinadas. Cristales de hielo de mágica belleza. Poco a poco, la tierra se volvió blanca, salpicada de oscuras matas y sin huellas. Los robots establecieron una estrategia de rastreo programada por Musette. Debía encontrarlo pronto, los receptores de ondas de los robots no estaban preparados para un alcance muy largo. Temperatura: —6,3° C. bajo cero.

—¿Te vas a quedar? —preguntó.

—Si —contestó —Estas muy preguntona.

—Pensé que me programaste para poder conversar. Si queres me callo.

—No, está bien— contestó Julian.

Musette lo vio sacar unas viejas fotos de su escritorio y guardarlas en un oscuro cajón.

Uno de los robots emitió una alarma sacándola de sus cavilaciones. La cámara enfocó un bulto gris en el centro de una densa nevada. El robot se acercó y giró hasta ponerse frente a él. El rostro envejecido de Julian apareció en el monitor. 

—Me encontraste— dijo con una pequeña sonrisa.

—Vamos —pidió ella.

—No sé si pueda.

Los otros robots se acercaron portando un carro de transporte.

—Vamos —repitió.

Julian intentó levantarse y, entre entumecido y borracho, se cayó. Lo acomodaron sobre el carro como pudieron y Musette ordenó el regreso. 

“¿Qué es lo humano?”,volvió a su vieja pregunta mientras ordenaba a los robots acomodar a Julian sobre la cama. Cerró la puerta, activó la calefacción. Bajó la luces.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Te quiero— contestó adormilado.

“No habla conmigo”, pensó Musette. Terminó de apagar las luces, volvió a recoger los datos para preparar el próximo reporte, y sí hubiera podido suspirar hubiera suspirado. 

Juan Héctor Roldán / CABA

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