Estamos en diez

Narrativa / Sebastián Grimberg

Sentado sobre la alfombra turquesa, con las piernas cruzadas, Mauro alisa lo mejor que puede la media blanca de algodón, agujereada, que se acaba de sacar. La enrolla hasta hacer una pelota. La desenrolla y vuelve a empezar. Compone una bola compacta, que amasa entre las manos hasta dar con la forma deseada. Cuando está conforme estira el brazo y agarra la otra media que está al lado de sus zapatillas, junto a los jeans; repite la operación. Levanta las medias apelotonadas y las aleja un poco de sí, las observa. Después se las acomoda, a la altura del pecho, debajo de la malla de baile de su hermana. Se pone de pie y da unos pasos hacia atrás, para que el espejo le muestre una imagen completa. Los músculos de sus piernas se marcan bajo las medias cancán rosa; la malla, del mismo color, resalta su entrepierna, le cubre los brazos y el pecho con las dos tetitas desparejas, de nena. Mauro acomoda varias veces las medias apelotonadas bajo la malla; las corre hacia un costado y hacia el otro,  hacia arriba y hacia abajo. Pero Lore no tiene tetas, piensa. Ninguna de sus compañeras tiene. Saca las medias y las tira a un rincón. Mejor así. Pasa las manos por su pecho otra vez plano, desliza los dedos por el vientre, baja a los muslos. El sonido del celular lo sobresalta. En la pantalla lee: Papá. Abre el mensaje. 

Estamos en diez, quince como mucho

Deja el celular en la mesita y mira su ropa desparramada sobre la alfombra. Vuelve a agarrar el celular y se fija la hora. En diez, piensa. Se sienta en el borde de la cama y lleva una mano hacia la espalda, buscando el broche de la malla que cierra bajo la nuca. Tantea una y otra vez, no lo encuentra. Gira, da la espalda al espejo y mira sobre su hombro, torciendo el cuello todo lo posible. Alcanza a ver, en el reflejo, el broche que cierra la malla bajo la nuca y el óvalo alargado, de piel, que la malla no cubre. No consigue, guiándose por el espejo, asir el broche. ¿Cómo hizo antes para cerrarlo? Tampoco puede meter un dedo por dentro del óvalo. Desiste cuando no aguanta el dolor en el brazo. Intenta sacársela desde el cuello, tirar hacia adelante aunque el broche se rompa. Pero no logra levantar el borde de la malla, sus dedos resbalan. Busca entonces alzar o al menos correr, la parte inferior, la tira de tela rosada que le cubre los testículos y se pierde en la entrepierna. No puede separarla de las cancán. Aguanta la respiración, mete la panza. Es lo mismo. Se acuesta en la cama, boca arriba, como hace su hermana cuando no le cierra un pantalón. Extiende las piernas, las flexiona. No da resultado. Se incorpora al oír el celular. Papá

Bajaste las cervezas del freezer???

Mira la hora. Pasaron cuatro minutos de los diez. Tironea las cancán desde la punta de los pies. No hay caso. Están tan apretadas que es como si se hubieran pegado. El calor, debe ser el calor… Corre al baño y se mete bajo la ducha fría. Sale cuando empieza a temblar. Es peor, la malla está resbaladiza. Se pasa una toalla por el cuerpo; la malla chorrea. Presiona entonces con la toalla sobre la tela con el objetivo de absorber la mayor humedad posible. El resultado es pobre. En el espejo del baño el rosa se refleja más oscuro y transparenta sus pezones, el borde del calzoncillo. Tiembla. Arroja la toalla en el cesto de la ropa sucia. Oye el pitido del celular, gira hacia la puerta del baño y patina. Cae sentado, la oreja golpea en el borde de la pileta. Un dolor que es como fuego le sube desde el centro de las nalgas. Se retuerce, sólo un momento. Frota el lugar con la mano, busca la toalla en el cesto y seca el charco. Vuelve a la habitación de su hermana. La luz del celular indica mensajes. 

El primero: 

No te comas todos los maníes!

El segundo, hace dos minutos.

En la radio dice q ya están en la cancha!!! Tas mirando??

Mauro tira el celular arriba de la mesita, sigue de largo, golpea en la pared y cae al piso, abierto. Intenta otra vez agarrar la malla desde el cuello, pero sólo consigue levantarse la piel con las uñas, es como si la tuviera pintada. Oye el portero eléctrico, los tres timbres característicos. Levanta el celular y la ropa desparramada, la lleva a su habitación. Corre al living, enciende el televisor y sintoniza el partido. Los jugadores disputan la pelota cerca del córner. A los tropezones va a la cocina y saca las cervezas del freezer. Se activa el motor del ascensor. Mauro va hasta la puerta principal, da una vuelta de llave y la deja en la cerradura. Del cajón de la cocina saca una tijera de hojas largas, plateadas. Se encierra en su habitación. Estira un brazo envuelto en la manga rosada. Suena el timbre. Mauro abre la tijera. Intenta meter la punta de una de las hojas entre la manga y su muñeca. Se raspa, se pincha. El timbre insiste y el golpe en la puerta lo hace saltar, como si lo hubiera recibido él. Se mira en el espejo largo del placar, respira profundo. Con la palma hacia arriba extiende un brazo rosado, clava la punta de la tijera en el antebrazo y la desliza sobre la lycra. Aprieta los dientes. Una línea de sangre oscura se abre paso hasta la muñeca, pero ni así puede separar la tela. 

—¡Mauro! ¡Mauro!

Los gritos de su padre acompañan  los golpes. Mauro agarra una de sus medias de algodón y la enrolla con fuerza en el antebrazo. El sangrado parece detenerse. Se pone un pullover grueso, de mangas largas, pantalones anchos, zapatillas. En el espejo ve asomar el cuello de la malla. Revuelve en el placar hasta encontrar una bufanda. Sale de su habitación. Los pies le resbalan dentro de las zapatillas.

—¡Ehhhhh! ¡Ya va! ¡Ya va! —dice.

Junto a la puerta, cierra los ojos. Inspira y exhala varias veces. Abre. 

—¿Por qué carajo no abrías? —dice su padre.

Mauro elonga el cuello hacia un costado, se despereza.

—Me dormí —dice—. Esperando que empiece me dormí.

Su padre lo mira fijo un momento; también Lore, que está unos pasos  atrás. 

—Bueno, dale, dale que ya van como quince minutos —dice su padre.

Mauro se corre para que pasen su padre y su hermana, que viste un jean y una malla de baile violeta, con lentejuelas.

—Traé los maníes —dice su padre desde el living.

Cuando Mauro llega lo mira de arriba abajo.

—¿Tenés frío? —pregunta.

— Sí, sí… —responde y acomoda la bufanda—, me debo estar por enfermar…

—Bueno…, dale, sentante, a estos los tenemos que pasar por arriba.

Mauro se sienta. 

—¿No tendrás fiebre? —dice su padre mirando la pantalla.

—Puede ser…,  estoy medio abombado…

—Y eso que no estuviste una hora viendo a tu hermana y a las otras dar saltitos.

Mauro sonríe apenas. Tiene el cuerpo húmedo, ardor en la oreja; el antebrazo donde está enrollada la media le late como si fuera a explotar.

—Si ganamos nos ponemos a dos, y todavía no jugamos contra ellos —dice su padre.

Mauro asiente y nota las cancán que asoman bajo la botamanga del pantalón, recoge las piernas. 

Sebastián Grimberg / El Calafate. SC.

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