La persistencia de la poesía:

a veinte años de Sábanas de viento, de Jorge Curinao

Crónica / Patricia Vega

El pasado domingo 12 de julio, en el marco del décimo aniversario de la Feria del Libro Independiente Autogestiva (FLIA), Jorge Curinao repasó tres décadas de trabajo poético y los veinte años de Sábanas de viento, su primer libro, publicado en 2006.

En noviembre de 2006, Jorge Curinao publicaba en Río Gallegos Sábanas de viento, su ópera prima: un libro breve, editado por la Municipalidad de Río Gallegos dentro del programa «Mi Primer Libro» (categoría Poesía), con prólogo e ilustraciones de Carlos Besoaín. Fueron apenas 500 ejemplares, pero en esas páginas estaba cifrada buena parte de lo que sería su poética: el verso corto casi epigramático, la geografía patagónica -Río Turbio, Puerto San Julián, Puerto Madryn- constituida como territorio emocional además de físico, y una economía del lenguaje que proponía al silencio como una segunda voz del poema.

Para recordar esos inicios, el domingo 12 de julio en el marco de la FLIA, Curinao fue presentado por Belén Ortega, una de las organizadoras de la feria. En un clima distendido y con un público expectante, el poeta se posicionó desde el comienzo: la escritura es un trabajo cotidiano, dijo, hecho de correcciones, lecturas, esperas y reescrituras. En un tiempo que suele asociar la creación con el impulso inmediato o con la exposición permanente, sus palabras recuperaron una idea casi artesanal del poema: el lenguaje no aparece por inspiración, sino que exige paciencia y respeto. Propone un vínculo profundamente territorial en sus versos, un decir que conoce las grietas del paisaje regional, la densidad de la memoria y las historias mínimas que suelen pasar desapercibidas para muchos, pero no para quien entiende que la poesía está, sobre todo, en la calle y en los espacios de encuentro comunitario.

Esta concepción del oficio dialogó naturalmente con otro de los temas que atravesaron el encuentro: escribir desde Patagonia. Lejos de presentarlo como una dificultad, Curinao habló de un espacio que configura una sensibilidad particular. La distancia de los grandes circuitos culturales obliga muchas veces a inventar caminos propios. En ese recorrido, ocuparon un lugar importante los certámenes literarios que hicieron posible la publicación de algunos de sus libros y, también, las ediciones de autor, asumidas no como una alternativa menor, sino como una forma de sostener una obra sin depender de la mediación de las cadenase comerciales.

La conversación encontró luego uno de sus momentos más íntimos al detenerse en un viaje reciente a Lautaro, la ciudad del escritor chileno Jorge Teillier. Más que una anécdota turística, el viaje apareció como una forma de acercarse a una geografía poética largamente imaginada. Quien conoce la obra de Curinao reconoce desde hace tiempo la afinidad con la poesía lárica de Teillier: la memoria de los pueblos pequeños, el paisaje como experiencia afectiva, la recuperación de aquello que parece quedar fuera de la historia. No hizo falta insistir demasiado sobre esa filiación. Bastaba escuchar la lectura de algunos poemas para advertir que el diálogo con Teillier es una conversación silenciosa entre dos maneras de comprender el sur, donde el paisaje nunca es simple descripción, sino una forma de pensar el tiempo, la memoria y la pertenencia. Esa cercanía se percibe, más que en los temas, en la actitud frente a la escritura. Ambos desconfían del énfasis y de la grandilocuencia; prefieren una dicción contenida, capaz de encontrar en las escenas más sencillas una resonancia perdurable. Escriben desde una geografía periférica, pero nunca hacen de esa condición un gesto de reivindicación identitaria. Quizá por eso la visita a Lautaro terminó adquiriendo un carácter casi simbólico: caminar por sus calles significó poner los pies en un territorio que durante años había habitado sólo a través de la lectura.

Más adelante en la conversación, alternaron textos de Sábanas de viento con poemas inéditos de su próximo libro. Entre unos y otros podían percibirse continuidades y desplazamientos. Permanecía la misma atención por los ritmos del habla cotidiana y por la potencia evocadora de las imágenes mínimas, pero aparecían también nuevas inflexiones, nuevas preguntas, como si el paso de los años hubiera afinado todavía más una voz que nunca necesitó del estruendo para encontrar la belleza. “Hay que leer, leer, leer”, repitió Jorge una y otra vez, y quizá en este punto resida una de las enseñanzas más valiosas de la tarde: en un momento en que la velocidad parece imponerse también sobre la literatura, el poeta nos recordó que una obra se construye lentamente, como un diálogo encadenado o de quiebre con los antecesores. Que publicar no es únicamente llegar a una imprenta, sino sostener durante años una relación ética con las palabras. Que escribir desde Patagonia no implica reclamar un lugar periférico, sino asumir que son posibles otras maneras de mirar el mundo y de nombrarlo. 

Existen aniversarios que no celebran un punto de llegada, sino la constancia en el camino. Los diez años de la FLIA Río Gallegos fueron, precisamente, una celebración de esa insistencia: la de seguir creyendo que el arte puede construir comunidad desde el extremo sur, sostenida por el trabajo colectivo y la convicción de que la palabra todavía merece un lugar de encuentro. En ese marco, Jorge Curinao reflexionó acerca de la experiencia de mantener treinta años ininterrumpidos de labor poética, de la disciplina de la corrección y de esa decisión innegociable de nombrar lo cotidiano desde la simpleza. Escucharlo analizar su propia obra fue confirmar que la poesía en el sur puede transformarse en una forma de resistencia y arraigo, y que la literatura sigue siendo, ante todo, un acto de persistencia.

Patricia Vega / Río Gallegos. SC.

Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail hola@últimoviernes.com

Scroll al inicio