Narrativa / Federico Mehrbald

Olor a arcilla, y una roca cubre la entrada al del cerro Chenque. El futbolista tenía un gorro de lana oscuro y una casaca colorida. Además un pantalón camuflado, una camperita de Los Ramones. A paso lento se fue acercando a la roca que custodiaba la entrada del cerro. Un pequeño temblor hizo que el follaje se sacudiera, las matas bailaron un poco; del cielo no se esperaba nada, pero por alguna razón, unas nubes taparon el sol. La mañana brillante se descomponía. El joven advirtió intranquilo con sus ojos inyectados en sangre, mientras el humo de tabaco llegaba a mezclarse con la repentina humedad. La piedra ancestral comenzó a agrietarse, el raspado interno era como de uñas sobre un pizarrón. El derrumbe fue algo inesperado, y ahora estaba nervioso, apuntaba los ojos en todas las direcciones posibles, para ver si alguien compartía el momento. Aulló, el sonido jugó una mala pasada y retumbó en un agudo que le hizo perder la respiración. La roca se conmocionó, ya estaba casi desecha antes de que se produjera el derrumbamiento. El deportista incrédulo, se frotó los ojos como si se tratara de un sueño. La masa rocosa tronó y se dividió de tal forma que de los nuevos movimientos se formó una entrada. Otra vez, su respiración se iba y volvía en el bullicio del viento a favor. Pero luchando contra su interior paralizado, decidió igual atravesar ese misterioso umbral. Ya dentro del cerro, una luz en el final del camino lo sedujo para que siguiera. No lo dudó. No se sabe qué tipo de cosas estaría pensando, pero la entrada colapsó y quedó atrapado del lado de adentro. Solo el Chenque sabe qué es o fue de él. Cuando la arcilla se enamora, se quiebra o eso es lo que dicen. Como si alguien dijera que el cerro es el resto del mundo y que lo quedó atrapado en ese partido somos nosotros.

Federico Mehrbald / Puerto Madryn. RN.
Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail hola@últimoviernes.com