Crónica / Patricia Sampaoli de Bonacci
Quinta parte / Venecia

Venecia, capital de la región del Véneto en el noreste de Italia, es una ciudad única construida sobre más de 100 islas en una laguna del mar Adriático. Es famosa por su arquitectura de estilo gótico veneciano del siglo XIV con abundantes influencias bizantinas e islámicas, arquitectura que descansa sobre millones de pilotes de madera clavados en el lodo, que no se corrompen por la falta de oxígeno en las profundidades. Sus palacios, canales, iglesias y puentes, su originalidad, le ha valido convertirse en Patrimonio de la Humanidad reconocido por la UNESCO. Quién no ha escuchado hablar de la Plaza San Marcos, del Gran Canal, de la Basílica de San Marcos, del Puente de Rialto y del Puente de los Suspiros, que no tiene nada que ver con los enamorados…
En realidad, ese famoso puente es un oscuro pasaje que llevaba a los prisioneros desde el Palacio Ducal a las horrendas celdas, de las que muy pocas veces se salía con vida. Sus ventanitas les permitían dar una última mirada a la hermosa Venecia, a su mar azul. Tuve oportunidad de recorrerlo y entender los suspiros que podría haber provocado en los condenados. Su nombre, Ponte dei Sospiri, fue dado a esta construcción barroca del siglo XVII por Lord Byron, poeta inglés del siglo XIX. Muchos enamorados creen que, si lo atraviesan en góndola besándose, al atardecer, su amor será para siempre… ¡Vaya uno a saber si es cierto!
Imaginen el sueño cumplido de habitar todo un mes de mayo en el corazón de Venecia. Es lo que me ocurrió en 2018, pasé todo un mes completando mi tesis de doctorado en la Universidad Ca’ Foscari, gracias a la intermediación de Giovanni Levi, mi director.
La Universidad Ca’ Foscari Venezia fue la primera Escuela Superior de Comercio instituida en Italia y la segunda europea, creada en 1868. Trabajé en ella justo en el año de su 150° aniversario y no solamente indagué lo referido a ego-documentos, también presenté un seminario llamado In Patagonia. Luoghi e storie di una regione irrequieta, donde compartí los puntos esenciales de mi tesis, que rescata el mundo rural de principios del siglo XX en los alrededores de Caleta Olivia, basada en el diario personal de un alemán fundador de una estancia en la costa del Golfo de San Jorge.
El vaporetto, auténtico autobús acuático, me transportó desde la estación de trenes hasta el lugar de mi residencia: il sestiere di San Polo. Mi albergue se encontraba junto al Campo de San Tomà, cercano a la parada del vaporetto, una plaza veneciana típica, cerca del Gran Canal. Los campi (plural de campo) son espacios pavimentados que antiguamente eran huertos y cementerios, hoy casi no poseen vegetación, tienen pozos centrales e iglesias alrededor, también antiguos palacios que cumplen funciones de biblioteca o de negocios de distinta índole. En esos días, seguía trabajando con mis alumnos virtuales de Turismo en la UNPA: es decir, daba clase y corregía trabajos de unos ochenta estudiantes, mientras intentaba no perderme nada de la increíble ciudad.
Mi marido, por videollamada, me expresó una tarde: ¡No te quejés Patricia, estás corrigiendo trabajos en Venecia! Y sí, me encontraba medio cansada de revisar tantas tareas, aunque en una moderna habitación dentro de una antigua vivienda veneciana. Con las ventanas abiertas, recuerdo, escuchaba graznar a las gaviotas junto al agua, las notas de un cello ejecutando Vivaldien la plaza cercana y una mamá retando a sus niños en el edificio de enfrente; todo junto, más el ruido permanente de las rueditas de las valijas de los que pasaban abajo, por la callecita empedrada. Un lujo irrepetible…

Pero vayamos a lo literario de esta Venecia que fue mía por un poquito de tiempo. A muy poca distancia de mi residencia, se encontraba la Casa de Carlo Goldoni, un típico edificio gótico erigido en el siglo XV, una casa grande y hermosa, ubicada entre el puente de Nomboli y el de la Donna Onesta, en la esquina de la calle de Ca’ Centanni, en la parroquia de San Tomà. Justamente en esa casa, en la Serenísima República de Venecia, con calles llenas de voces en véneto, italiano y francés, en febrero de 1707 había llegado al mundo Goldoni. Carlo no quiso seguir los pasos de su padre médico y se dedicó a estudiar derecho en Padua, para finalmente decidirse por la carrera de escritor teatral, pasión heredada de su abuelo. A lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII escribió y publicó una enorme obra literaria, comedias y libretos que aunaron lo literario a lo escénico inaugurando una ambiciosa reforma teatral ilustrada en la Italia de su época. Aunque en alguna de sus obras retuvo personajes enmascarados de la Commedia dell’Arte, que dominaba la escena italiana de su tiempo, reaccionó contra este estilo, apartándose de la improvisación, escribiendo comedias contemporáneas con personajes realistas. Se destacan sus piezas destinadas a la educación moral, como “La buona figliuola” (1757), criticando sobre la escena vicios sociales, la ostentación o las intrigas familiares. Dentro de la casa, me impactó el pequeño teatro, las marionetas del siglo XVIII con sus preciosas vestimentas, y la frase que lo dice todo acerca de él: “Porque mi vida misma es una comedia”.
En mis paseos por la ciudad, no quería yo guiarme con el GPS de mi celular, por eso, más de una vez, me encontraba volviendo al mismo punto del que había partido al caminar observando los más mínimos y deleitosos detalles. No me importaba perderme, porque las callejuelas con libros al aire libre junto a una cajita para depositar el costo de lo que elegías para llevarte, me mostraban un mundo muy diferente del mío.
En una de esas caminatas me topé con una librería extraordinaria llamada “Acqua Alta”, un proyecto único nacido en 2002. No solamente te encontrás en ella con un espacio dedicado a los libros, sino con un microcosmos de la ciudad asentada sobre el agua, lleno de libros de todo tipo, muebles excepcionales y un montón de gatos. Como las crecidas suelen inundar la librería durante la marea alta, en lugar de las clásicas estanterías, los libros están ubicados en góndolas y pequeñas embarcaciones que, de ser necesario, flotan. ¡Es realmente asombrosa!
Para mi admirado Ernest Hemingway, que durante el invierno de 1949-1950 vivió en la ciudad, Venecia representaba un refugio de la posguerra lleno de melancolía, amor y recuerdos de su juventud durante la Primera Guerra Mundial. La novela “Al otro lado del río y entre los árboles” -libro en italiano que halle oportuno adquirir en la librería Acqua Alta-, es semiautobiográfica y refleja su idilio platónico con Adriana Ivancich, en ella cuenta la historia del coronel Richard Cantwell, un viejo soldado estadounidense y su amor por una muchacha llamada Renata. La obra ambientada entre Venecia, Fossalta di Piave y Caorle refleja su amor por la ciudad y Ernest tenía su propia mesa en Harry’s Bar, donde escribía mientras bebía un Dry Martini. ¡Salud, Campeón!
Ezra Pound, vivió en Venecia desde 1962 hasta su muerte en 1972, amó la ciudad y pidió que sus restos reposaran en el cementerio de la isla de San Michele. Este escritor promovió significativos intercambios intelectuales y estéticos entre Estados Unidos y Europa, fundó el Movimiento Imagista que revolucionó la poesía moderna al exigir un lenguaje claro, preciso y conciso, alejado del sentimentalismo romántico/victoriano y enfocándose en la imagen propiamente dicha.
Thomas Mann, en su novela corta “Muerte en Venecia”, describió a la ciudad durante la epidemia de cólera de 1911, momento en que se encontraba en ella y alojado en el Hotel des Bains del Lido. Una obra maestra que se permite el mostrar la decadencia del Viejo Mundo.
Charles Dickens visitó Venecia entre 1844 y 1845, y mostró a la ciudad como un lugar onírico, decadente y suspendido en el tiempo. La describió con fascinación por su esplendor único, capaz de conjugar Oriente y Occidente, en su libro de viajes y crónicas llamado “Imágenes italianas”.
Franz Kafka visitó Venecia en dos ocasiones (1911 y 1913), encontrando inspiración en sus canales y palacios cargados de una atmósfera enigmática y melancólica que, aunque no dejó plasmada en una obra escrita acerca de ella, la describió en sus cartas a Felice Bauer con escenas de lluvia, de paseos y del Caffé Florián de la Plaza San Marcos.
Es mucho más copiosa, que la presentada hasta aquí, la lista de escritores que se inspiraron en el magnetismo de la atmósfera veneciana. A los escritos que ella ha inspirado, podemos agregar los famosos romances vividos entre sus canales misteriosos, como aquel entre George Sand y Alfred de Musset -que llenó innumerables páginas-, o el de Gabriele D’Annunzio con Olga Brunner Levy , entre muchos otros que le han dado a Venecia su aureola romántica.
Y voy cerrando de la mano de Lord Byron, citado al principio de esta página, que vivió en Venecia entre 1816 y 1819, residiendo principalmente en el Palazzo Mocenigo situado en el Gran Canal. Su vida estuvo marcada por excesos, escándalos y una fecunda producción literaria, que en la ciudad dio vida a “Beppo”, además de a mucha poesía y al comienzo de su obra cumbre: “Don Juan”.
Realmente Venecia se presta para la vida bohemia y seguramente, hoy como ayer, debe seguir siendo escenario de romances y escándalos amorosos. Caminar por ella durante la noche te transporta a tiempos que parecen medievales y sus museos, tanto el Museo de la Tortura y las Prisiones Secretas -que cubre la Inquisición, la tortura, la brujería y los juicios del pasado veneciano-, como el de Los Trajes y de Los Perfumes, te vuelan la cabeza. Belleza y crueldad parecen trotar por sus veredas y puentecitos, por sus rincones oscuros o sus campi iluminados por el sol de la primavera.
Lord Byron habitó el Palazzo Mocenigo que hoy es un museo que alberga el Centro de Historia de la Tela, el Traje y el Perfume, pude imaginarlo correteando a la condesa Teresa Gamba Guiccioli por los lujosos salones.
En este museo me fascinó la sección perfumes. Un perfume es un conjunto de materias primas sabiamente combinadas entre ellas para dar origen a una determinada fragancia. Hay familias olfativas, la familia floral, por ejemplo, agrupa, entre otros al jazmín, la rosa, la violeta, los narcisos, el azahar y el muguete (¿A que no saben qué flor es?). De todas las familias olfativas que fui oliendo, una a una, en la exhibición del museo, y siguiendo las instrucciones para aprovechar sus fragancias al máximo, me di cuenta de que siempre elijo perfumes de la familia del patchouli.
El patchuoli (Pogostemon cablin) es una planta aromática de la familia de la menta, originaria de Indonesia; su es aroma intenso, amaderado, terroso y alcanforado y pertenece a la familia olfativa Chypre. Eso me encantó conocer, porque me sorprendió.
En fin, si llegás a ir a Venecia, ponete zapatos cómodos para caminar por la historia y la cultura en medio de una vasta extensión de agua, un suelo en constante movimiento, un terreno hostil para la presencia humana, una arquitectura flotante absolutamente fascinante…
Concluyo con el fragmento de un poema de Lord Byron:
¡Oh Venecia! ¡Venecia! Cuando tus muros de mármol
estén al nivel de las aguas, habrá
un clamor de naciones sobre tus salones hundidos,
¡un fuerte lamento a lo largo del mar que se extiend


Patricia Sampaoli / Caleta Olivia. SC..
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