Dientes

Primeras Letras / Sofía Bossio

Un espacio para que se presenten en público quienes nunca antes han publicado sus textos.

Sentí un TAC. Un quiebre en mi cara. No estaba comiendo nada, solo me había reído por el comentario que hizo mi amiga. Estaba relajada, disfrutando de la charla.

Me quedé helada. Sentía que, con cada gesto, con cada mueca, mis dientes de arriba se movían en un sube y baja a destiempo del resto de mi boca. Estaban flojos. No flojos individualmente, sino flojos en conjunto. Se movían en bloque. Inmediatamente mi mente se dividió en dos: una parte quería continuar sin que mi amiga notara lo que me ocurría; la otra quería correr a ver qué era lo que pasaba para poder solucionarlo.

Ella siguió hablando, no notó nada. Me tranquilizó un poco. Si no se notaba, no era grave. Podía disimular e inventar una excusa, despedirla de mi casa de forma anticipada sin escándalo y, una vez sola, evaluar qué hacer. No quería que se dé cuenta, ni que se preocupara por mí.

Nunca quise que nadie se preocupe, porque inevitablemente viene de la mano con querer hacer algo para ayudarme. Y cuando lo intentaron, siempre lo hicieron mal. Detestaba que se metieran, que empiecen a opinar sobre mi vida, que quieran solucionarme algo que puedo hacer sola y mejor. Odio la idea de que me miren con lástima, asco, impresión y que no lo puedan disimular.

Me preguntó algo. Yo ya había llegado a un punto en el que solo me limitaba a sonreír: si abría la boca se caerían todos los dientes. Sentía flojo el maxilar superior, se había despegado. Intenté contestarle con una sonrisa, asentí. Insistió con la pregunta. Noté en su mirada que algo la preocupaba. Me desesperé. No logré distinguir si era por mi vaga respuesta o si era por mí, si se me notaba. Seguramente había contestado mal. Tenía que explicarme, pero no sabía cómo, no sabía sobre qué estábamos hablando. Quedé tiesa. No entendía, hablaba en otro idioma. Repitió la pregunta tomándome de los hombros, con la cara cerca de la mía. Yo me limité a mirarla con los ojos abiertos. ¿Por qué se me acercaba tanto? Me decía algo, pero su voz sonaba distorsionada, de otro mundo. Aunque

la tenía al lado, la escuchaba lejos.

La cabeza daba vueltas. El sabor metálico en la boca apareció sin previo aviso. Me lo tragué. Toqué con la lengua los dientes, tanteando la situación. Succioné internamente, apretando los labios, para acumular la sangre entre la lengua y el paladar. Volví a tragar. Arcada. La contuve. Ya no podía abrir los labios: se verían los dientes teñidos de rojo. La sangre brotaba desde las encías.

Mi amiga me sigió hablando, muy preocupada. Ahora movía los brazos en el aire. Estaba inquieta. Tuve un segundo de lucidez y, con todo el esfuerzo del mundo, logré entender lo que me estaba preguntando: si se me había hinchado la cara.

La miré perpleja y sentí sus manos tocándome mis pómulos. Con su tacto pude percibir la piel tirante y dura, me estaba tocando hueso a través de la piel.Me levanté de un salto rechazando su cercanía, no por lo que me pasaba, sino porque me sentí invadida. ¿Cómo se atrevió a tocarme, a meterse en mis asuntos? Nadie la invitó a que hiciera eso. Me toqué la cara. Impresión. Por la sorpresa abrí la boca y un hilo de baba roja chorreó de mis labios. Mi amiga gritó. Yo supuse que, por el asco, el rechazo y el miedo… hacia mí. Me horroricé.

Me levanté de la silla. Salí corriendo. Me encerré en mi baño. Prendí la luz. Me miré. No daba crédito a lo que veía en el espejo. Mi reflejo totalmente cambiado: parecía que tenía un pómulo rectangular que sobresalía demasiado. Ya no podía cerrar los labios. Tuve que escupir coágulos de sangre. Con mi dedo índice me estiré la mejilla para poder ver de dónde salía. Mis encías se estaban cortando para dejar lugar al hueso quebrado. Se me había roto el maxilar. Y se me estaba saliendo. 

Lloré como nunca en la vida había llorado. Pero, cada vez que abría la boca, se corría cada vez más. La piel de mi cara estaba tan tirante que dolía: se me iba a rajar la mejilla.

Agarré el hueso sobresalido y presioné hacia adentro. Los dedos se me resbalaban por la sangre y la baba. Me pasé los dedos por los dientes para limpiarlos, pero no fue suficiente. Tomé papel higiénico y me lo puse en las encías para que absorbiera. Dejé pegado el papel en la boca, respiré hondo y presioné con las dos manos hacia adentro, intenté volver a meter el hueso en su lugar. No cedió. Necesitaba más fuerza.

Me desesperé. Mis ojos daban vueltas por todo el baño, buscando qué tenía a mano. Vi la toalla de mano y se me ocurrió la solución: tomé la toalla, me envolví la cabeza y me apoyé contra la pared. Medí la distancia, inspiré y… cabezazo contra la pared.

El golpe me tiró al piso. Perdí la consciencia unos segundos. Volví por los golpes en la puerta. Mi amiga, del otro lado, desesperada, me pedía a gritos que saliera, que fuéramos al hospital, me preguntaba qué había sido ese ruido.

No le respondí. Me incorporé como pude, cerré con llave la puerta y la tiré al inodoro. No quería que me molestara. Que opinara. Que se metiera en mis problemas.

Volví a mirarme al espejo. Debajo del moretón incipiente que se me estaba generando, noté que el maxilar había retrocedido. El procedimiento era el indicado. Volví a colocarme la toalla, me acerqué a la pared y golpeé.

Una y otra vez. Cada vez más fuerte.

Cada golpe me tranquilizaba, a pesar de que se me nublaba la vista y me dolía muchísimo, porque sabía que era la solución para que todo volviera a su lugar.

Cuando el maxilar llegó a su lugar correcto, abrí el mueble del baño, saqué el estuche y me puse mi placa de bruxismo.

Apreté los dientes. Lo más que pude.

Apreté. Apreté.

Me saqué la toalla y el papel higiénico. Me lavé. Intenté sacar la sangre seca y los coágulos. Seguí apretando. Era el único remedio. Ya se iba a volver a pegar el maxilar. No quedaba otra. Apretar hasta el final. 

Estoy bien, susurré a la puerta. Mi voz salió gangosa por la sangre, por tener la placa puesta, por el dolor de los golpes. Nadie me respondió. Mi amiga ya no estaba. Ya voy a volver a ser lo que era, grité. Tosí por el esfuerzo y escupí un coágulo. Silencio del otro lado.

Me miré al espejo otra vez. No reconocí esa cara. El ojo izquierdo estaba hinchado e inyectado de sangre. El moretón estaba comenzando a tomar color. Mitad de mi cara era violeta y roja. Tenía sangre en el cuello, en la remera, en mi pelo.

Estoy bien, le dije a esa extraña del espejo. Se lo tuve que decir porque veía su recriminación.

Apreté.

Sofía Bossio / Neuquén. N.

Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail hola@últimoviernes.com

Scroll al inicio