Desde España / Marcos Palicio
Con su atorización, reproducimos aquí la nota realizada por el periodista Marcos Palicio, del diario Nueva España, de Oviedo, Asturias, a Nora Lofredo, cuyo facsímil adjuntamos.

Un homenaje en verso
El libro que su hija le debía a Flora Rodríguez, poeta eterna en la Patagonia
Nora Lofredo publica un volumen con textos inéditos y poemas escritos por su madre, que dejó Langreo a los 3 años y murió en Argentina, «lúcida, espléndida y memoriosa», a los 91.
Cuenta su hija que el «cable a tierra» de Flora era «escribir, escribir, escribir». Entre 1975 y 2017 publicó 21 libros de poesía y escribió hasta el día antes de que la muerte le sorprendiera, «lúcida, espléndida y memoriosa», el 15 de diciembre de 2020, a los 91 años.
Flora es Florentina Rodríguez Lafuente, que nació en Sama de Langreo en 1929 y emigró a los tres años con su madre a la Patagonia argentina. Fue una poeta vocacional, afanosa y reconocida, y una mujer «enamorada» de aquella tierra lejana que sus padres «no dejaron de nombrar» mientras vivieron. Una asturiana argentina que escribió con abundancia y publicó quizá tarde, pero mucho. Algunos de los textos que no tuvo tiempo de editar acaban de ver la luz en un libro póstumo que lleva dentro el homenaje de su hija, Nora Lofredo, junto a una recopilación de escritos inéditos y una antología poética. Se titula «Flora, bitácora de memorias» y quiere acercarse a ser lo que la autora habría querido que fuera la última de sus obras. Nora le debía a Flora este trabajo que ha sido editado en Argentina y se presentó en la Asociación Española de Socorros Mutuos de Río Gallegos, la ciudad del «sur agreste,como ella decía», que dio cobijo a la familia en su huida de la España convulsa de los años treinta. El volumen, cuenta Nora, ensambla «escritos y anécdotas de su infancia» con una selección de poemas ya publicados. «Para que no se la olvide», su hija se ha esforzado por componer el libro que ella «soñaba» publicar cuando le sobrevino la muerte. En las páginas se anudan los recuerdos de su lugar de acogida, la «tierra gris opaca» de la Patagonia, con el verde muy distinto de la Asturias que dejó siendo muy niña y a la que con el tiempo pudo regresar para reconectar con su familia.
Esa mezcla de tierras distintas inspiró de forma inconsciente la obra poética de la hija de un minero que vino a dar a otro lugar marcado por la minería del carbón y convirtió la literatura, eso dijo su hija durante la presentación del libro, en «un ejercicio cotidiano que le permitió caminar con versos la gigantesca aventura de la vida». La suya no fue sencilla. El destino la sacó de casa siendo muy niña, de la mano de su madre, Manuela, y su hermano mayor, Manolo, y se la llevó a Río Gallegos, donde los tres se reencontraron con el padre, Benito, que ya se había establecido allí, y aprovechaba su experiencia en las minas asturianas para trabajar como buscador de oro y jornalero. Con el tiempo, Benito adquirió una «sodería», una fábrica de soda en la que fabricó una bebida gasificada, la «champanita», muy parecida a la Fanta de naranja, y que le otorgó el sobrenombre de «El licorero».
Sin perder de vista su vocación literaria, Florentina Rodríguez Lafuente trabajó en la Cámara de Diputados y el gobierno de la provincia de Santa Cruz, fue locutora, ejerció como correctora en el periódico local «La opinión», se casó y tuvo dos hijos y en 1975 publicó «Perfil de viento», su primer poemario. Seguirían otros veinte, a razón de uno cada dos años, y una larga lista con decenas de distinciones que incluye la muy significativa de haber sido declarada «Patrimonio viviente de la provincia de Santa Cruz».
La vida, celebra Nora Lofredo, le brindó a su madre «la posibilidad de volver varias veces a Asturias a reencontrarse con la familia que había dejado atrás». Recordaba con deleite la alegría en Frieres (Langreo), el pueblo de sus abuelos, cuando allá por los años setenta volvieron a ver a «Florina», la niña pequeña que tuvo que marcharse muy pronto, pero no olvidó
Asturias ni la cuenca del Nalón que sus padres evocaban con frecuencia. Se huele Asturias, por ejemplo, en el «Poema al minero» que Flora compuso a raíz de un accidente en una de las explotaciones patagónicas y que iguala los dolores de la pérdida a través del océano: «No podrán los años olvidarlos / ni la memoria ensombrecer sus vidas, / porque dejaron su lucha como ofrenda en el fondo insondable de la mina».
Las invitaciones para la presentación del libro de Nora Lofredo se ilustraban con una reveladora imagen que entrelaza las banderas argentina y española sobre la fotografía de la poeta. Su hija leyó allí unos versos que bien podrían servirle a su madre como epitafio y a su familia como consuelo: «Mis hijos heredarán mis vientos y mi canto, / estos tibios arrullos de paloma / que me crecen en las manos, / y una ternura azul que le he robado / a este sur de lunas y de ocasos. Ellos sabrán cuidar este legado / interior y profundo que les dejo, / porque aprendieron a amar las soledades, / la oscura sangre de esta tierra, / y saben la verdad de mis verdades. / No me duelen los días que me quedan, / ni el partir me entristece, ni la vida me aferra».
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