Autopublicación… ¿y después?

Ecosistema Literario / Ariel Di Leo

Hola. 

En 1923, en una imprenta de San Telmo dedicada al trabajo editorial, dónde se imprimían libros, semanarios culturales y revistas -pornográficas y de las otras-, un ignoto poeta apuraba la impresión de los trescientos ejemplares de su primer poemario, con una tapa ilustrada por su hermana, apremiado por urgencias que no provenían de su ansiedad literaria, sino de que su mecenas -su padre- tenía fechado un pasaje para viajar a Europa en esos mismos dias. La mayoría de esos libros terminaron regalados, incluso “regalados de incógnito” con la original maniobra de meterlos subrepticiamente en los bolsillos internos de los sobretodos ajenos, colgados en los percheros omnipresentes en los lugares de reunión típicos de la época. Así, un todavía desconocido Jorge Luis Borges, compartía la misma experiencia, y supongo, las mismas ansiedades y desazón que miles de “hijos del vecino” que publicaron, publican y publicarán su primer libro por el método de la autopublicación.

La autopublicación (que no implica necesariamente autoedición) es el camino que no para de crecer desde los tiempos anteriores a los vividos por el joven Borges hasta los actuales, cuando roza el 50% de los títulos publicados en los mercados del libro de la mayoría de los países occidentales, tanto físicos como digitales.

¿A qué llamamos autopublicación? Denominamos así al texto convertido en libro que llega a la mano del lector de manera directa, sin la intermediación de una casa editora (comercial o institucional) que decida sobre el contenido y aspectos formales o comerciales del mismo. El autor es quien resuelve quien corrige o no su texto, como es la tapa, quien y como lo maqueta, quien lo imprime, cuanto vale y como lo va a hacer llegar a sus posibles lectores. Esto incluye a Amazon KDP, que si bien es un sistema de intermediación comercial, no decide sobre los contenidos de la obra, salvo en los aspectos que hacen a la estandarización y clasificación de la misma.

Bien, por un lado, tenemos un autor que ansía ser distinguido como escritor, por otro, tenemos un texto original convertido en x ejemplares de un objeto llamado libro (o su equivalente en bits) y partimos, junto con el joven Borges, a buscar el santo grial: el lector.

Hasta la generalización de internet, a lo largo de casi todo el siglo XX, el ecosistema literario otorgaba la consagración como escritor a través de la decisión de una editorial que adelantaba el dinero necesario para afrontar los gastos de producción, distribución, y promocion de un libro, apostando a su posterior recuperación, y su autor arreglaba el monto a percibir y se sentaba a planear su próxima obra. Por eso Borges, un ilustre desconocido en ese entonces, tuvo que apelar al bolsillo paterno para tener materializada esa primera obra que permitiera dar a conocer su nombre en el mundillo de las letras. Y más, tuvo que hacerlo apuntando a lograr la edición de un próximo texto, y encargándose personalmente de ponerlo en circulación para que el proceso comenzarás andar.

Hoy la autopublicación discurre principalmente por dos canales: el ya descipto, el del autor pagando su libro y “militándolo”,  buscando lector por lector -en redes sociales, ferias y librerías locales- con la esperanza de forjarse un prestigio para allanarse el acceso a una editorial; o el de publicar en Amazon KDP (o plataformas similares) con un intenso trabajo concomitante de autopromoción en redes sociales para poder saltar la valla del anonimato masivo.

En ambas, el autor se ve obligado a dedicar gran parte de su tiempo a la promoción, venta y divulgacion de su libro y de su actividad como escritor. Tiempo que le termina robando a su escritura y a su perfeccionamiento. Encararlas implica compromiso contínuo, amplia disposición de trabajo en incertidumbre acerca de resultados relativamente proporcionales al nivel de esfuerzo comprometido.

Hay dos alternativas más, no tan concurridas. La primera es una autopublicación de unos pocos ejemplares físicos artesanales, editados contratando servicios editoriales idóneos, y con una versión digital de distribucion libre y gratuita (bajo licencia Creative Commons). Los ejemplares físicos tienen un objetivo más bien protocolar o afectivo. Los ejemplares electrónicos cumplen la función de difundir la obra y el nombre del autor, una pequeña y honesta caricia al ego. Su edicion cuidada hablará de respeto por el oficio y el “saber hacer”. La licencia CC lo resguardará del plagio. Así, sin correr detrás de ninguna fama deslumbrante, ni de un futuro económico brillante e inexistente, podrá disfrutar de mucho tiempo para el placer de leer y de sentarse a escribir y publicar cuando su propia necesidad así lo demande.

La segunda me resulta mucho menos plausible. El autor da por cerrado un manuscrito cuando cree haber alcanzado la cantidad de hojas necesarias para llenar un libro, lo corrige o hace corregir apenas lo necesario, para no perder tiempo o complicarse con cambios. Lo hace editar, maquetar e imprimir según parámetros económicos y no profesionales, casi siempre urgido por condicionantes ajenos al hecho literario y más cercanos a estar presente en tal o cual evento (aunque ello vaya en desmedro de la calidad de esa presencia). Luego de recibir los ejemplares, presenta el libro una, dos, tres y más veces, hasta que se da cuenta de que los que no fueron a la primera presentación no van ir tampoco a ninguna de las posteriores. Termina con una caja o dos de libros juntando polvo en el garage. El autor pasa quizás a dedicarse a otra actividad. El libro se hizo así porque nunca se pensó en un lector al que entusiasmar. Ese libro tenía destino de supuesta patente de nobleza. Su objetivo, sin dudas, fue completamente alcanzado: tendrá en la biblioteca de su casa un objeto que lleva su nombre en la tapa y le dirá a todos, aunque no se lo pregunten, que es escritor. Misión cumplida. Lamentable. Él y el libro.

Cierro con una cita de El blog de Guillermo Schavelzon (https://schavelzon.com/): “Los escritores no saben que en ningún país los autores viven de las regalías por la venta de sus libros, o por lo menos no solo de ellas. Incluso para los pocos que venden millones de ejemplares, las regalías representan solo una parte menor de los ingresos. Un escritor que vende mucho gana más por conferencias, asistencia a ferias y festivales, participación en eventos, contratos con productoras de cine o series de televisión, que por la venta de libros.”

Ariel Di Leo / Río Gallegos. SC..

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