Frentes

Narrativa / Darío Mosso

Adelmo Podetti levantando el vaso de vino moscato con el cual, según costumbres abandonadas en un tiempo anterior incluso a su infancia, tomaba un sorbo para ayudar el paso a su sistema digestivo de la porción de fugazza que había comido, miro a sus amigos de la  mesa habitual donde invariablemente, salvo que estuviese de viaje, una vez al mes se reunían para comentar  sus diversas experiencias de hombres maduros de distintas profesiones y oficios. Y todos supieron que algún relato interesante o una reflexión que daría que hablar cuando se levantaran hasta la próxima ocasión, iba a salir de la boca que con dientes fuertes y algo amarillentos, orlaba un bigote de italiano de acuerdo a los cánones del cine argentino de los años ‘40.

“Cuando yo reciclo un edificio –expresó Adelmo con ese tono de barítono que él completaba con una inflexión tanguera– no quiero que se modifiquen los frentes. Para mí, los frentes de los edificios que tienen mas de setenta años son sagrados”.

¿Cualquier edificio de más de setenta años, para vos es un edificio antiguo?, le preguntó Rajner, un arquitecto treintañero que a veces le confeccionaba un proyecto de mejoras en los patios o las terrazas. Y al cual Adelmo le tenía un aprecio especial, porque habiendo nacido en el barrio de Once, no se mudó a pesar de haber ganado mucha plata en una primera obra premiada en un concurso que hizo una empresa para sus oficinas nuevas de Parque Patricios. 

Para Adelmo, no mudarse de barrio habiendo cambiado de situación económica, era signo de ser hombre “derecho”.

“Cualquier edificio de mas de setenta años –respondió Adelmo– merece respeto. Yo pasé algo los setenta y soy o no un tipo respetable, ¿qué les parece?”. Se miraron los cofrades, algunos con las porciones de pizza en la mano, como sorprendidos por el desafío. No dijeron una palabra, pero todos, desde cada lugar en la mesa, le dieron sonrientes una palmada al Adelmo desde los distintos ángulos de ubicación, la cierta dificultad de la maniobra hizo que en la remera de Podetti, una remera gruesa porque era otoño, quedara una pequeña dosis de muzzarela de alguno de los palmeadores.

“Saben qué pasa, uno en esta ciudad nace, crece, pasa la edad del pavo, sobrelleva la juventud, entra en la madurez, y de repente un día pasás por una esquina, esquina de dos calles donde alguna vez, que se yó, esperaste alguna novia, o vamos a suponer, te agarraste a piñas con un tipo que te quitó una, o pasas por una calle donde, a mitad de cuadra, hay una casa donde tu vieja te llevaba a una maestra particular porque eras medio nabo para las matemáticas o el dibujo, o que se yó, pasaste un frío bárbaro un día de invierno esperando un taxi porque tenías a algún amigo internado y veías enfrente una casa con un balcón con una forma complicada de rejas, y te acordás, porque ese día tu amigo se murió pero le pudiste dar un abrazo antes, y te acordás muchas veces del amigo y de la forma de las rejas, pero todo eso lo podés hacer si no te cambian los frentes. Vos te acordás de los edificios por los frentes, te acordás del barrio por los frentes, te acordás de las novias, y de las no tan novias, y de los amigos de la infancia o de la adolescencia por los frentes de los lugares donde los ibas a buscar. Y qué   joda cuando te cambian los frentes, cuando pasás y decís: ¿pero acá no había un edificio que tenía un frente así y así donde vivía Tatiana, esa rusita pelirroja que me tenía loco a los dieciséis?.  Y sí, el número es el mismo, pero el frente no. El frente ahora es raro, no pega, no encaja…”.

¿En qué no encaja Adelmo?,- dijo como azuzando a una respuesta importante el gallego Chunqueira, que tenía un bar al cual Adelmo le había modificado los pisos, los techos y los mostradores.  

“No encaja con tus recuerdos. Te los roba, ¿entendés?. ¿Cómo te vas a poder acordar bien de Tatiana si la casa donde pasabas seguido, para verla entrar o salir, ahora no se parece en nada de lo que vos te acordás?”.

“Y no solo de Tatiana, de cualquier mina importante en tu vida, si le cambiaron el frente a la casa donde vivía, o al colegio que iba, y cómo te vas a poder alegrar de haber sido amigo de ese tipo extraordinario al que la parca lo agarró joven, si el bar atorrante donde se ponían a hablar de fútbol y a pelearse por política ahora tiene pretensiones de ser un fast food yanqui, con un frente de mierda, de mierda por querer ser “actual”.

Pero Adelmo, –dijo entonces Darnian, un armenio que tenía una compraventa de antigüedades en San Telmo–, y si lo que un cliente te encomienda es que le recicles el frente, ¿qué hacés?

“Si tiene más de setenta años el edificio, no lo reciclo, no le agarro la encomienda, que se la haga uno de esos boludos que les importa un carajo conservar lo que vale la pena”.  

Escuchame Adelmo, –desde el lado izquierdo de la mesa larga se escuchó la voz chillona  del rubio Matalassi, que era un cuarentón con pocas canas y el zurdo ideológico del grupo–. Y porqué no te importa reciclar un edificio con frente incluido que tenga menos de setenta años, no sé, por ejemplo sesenta o cincuenta.

“Sabes porqué, sabés porqué –repitió enfáticamente– porque para edificio, si tiene menos de setenta, sos un edificio pendejo. Y de pendejo los recuerdos no te importan demasiado. Pero llegá a los más de setenta como yo, Matalassi, y te vás a dar cuenta que sí importan. Y que si de algo te vas acordando cada vez más, es de cómo eran los frentes por donde fue pasando tu vida. ¿Otra vuelta?”

Y Adelmo Podetti, sin pedir permiso, fue llenado los vasos vacíos o semivacíos, con las dos botellas  que tenía frente a su plato. 

Darío Mosso († 2024) / Río Gallegos. SC..

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