Narrativa / Elpidio Isla

Somos una manga de carenciados que solemos cruzar el día… Miguel Oyarzabal
Cuando el hombre llego a Malaspina traia una mujer. El perro, echado a la sombra de un quiosco de diarios, levantó las orejas como si los hubiera estado esperando.
Cómo era fecha de cobro, en los campamentos se jugaba fuerte. El avión había llegado con los sueldos. Era una época en que las empresas pagaban bien; todo el mundo tenía lo que buscaba: los empleados su mensualidad, los comerciantes las cuotas al día, las putas sus comisiones y todos algunos días menos en la espera del regreso hacia alguna parte.
El hombre había bajado del colectivo con un saco de cuero negro, pantalón de gabardina, camisa cara y buenos zapatos que daban la sensación de que no habían sido hechos para ese cuerpo. Cualquiera podía decir que estaba mal vestido.
Un día después el hombre había perdido todo. Sentado debajo de la lámpara con los ojos sombríos, su cabeza era tan alargada que el mentón rozaba la mesa.
Beto Moscardi había llegado dos días antes. Tenía la palidez de los que duermen de día. Sus manos terminaban en dedos finos y suaves. Manejaba un Ford Victoria del 55 que había ganado tirando dados en Comodoro y cada vez que veía el avión de los sueldos, volando hacia el sur, sabía que tendría trabajo.
Trabajaba una semana por mes. Luego paseaba por todos los bares tratando de no perder la sensibilidad en los dedos, para cuando tuviera que jugar en serio.
Esa noche en el «California» se le había presentado la oportunidad. El tipo andaba forrado. Tomaron unas copas y el otro le contó que había vendido la lana y volvía a su casa. Era un campo chico, así que no tenía vehiculo. Noscardi le ofreció el Victoria pero el punto no quena un auto. Buscaba una camioneta. No hubo acuerdo hasta que lo invitó a jugar
—A lo mejor el coche le sale gratis —le dijo.
Subieron al Victoria. El hombre adelante. La mujer atrás.
El perro siguió el automóvil hasta que llegaron al California
Entraron y pasaron directamente a las mesas del fondo.
Adelante algunos perejiles jugaban liviano, como para pasar la noche sin sobresaltos. Se sentaron y les trajeron cartas y bebidas.
Contra la pared, lejos del jugador, estaba la mujer con el perro. EL pelo, mal teñido de rubio, le caía formando ondas sobre la cara envejecida. Alisó su vestido y se aferró a la cartera marrón. Los hombres jugaron toda la noche y el mal vestido perdió; se jugaba fuerte en el California.
- No tengo resto —dijo— sino capaz que me desquitaba.
- El perro parece bueno —escuchó decir.
- No, el perro no es mío, no puedo jugarlo a los naipes.
- Piénselo, al perro se lo acepto. ¡A la mujer ni en pedo!
Moscardi sabía que esa noche podía ganar todo lo que quisiera. Si hasta podía darse el lujo de aceptar una apuesta por un perro que podía recoger de la calle y una mujer que no se llevaría ni regalada.
—Bueno le acepto la apuesta. Pero mire como son las cosas. Si me hubiera comprado el auto ahora tendría algo.
Yo me quedé con su plata. Tengo mi plata, mi auto, su mujer y su perro. Elija lo que quiera hoy estoy generoso – dijo sobrador.
—A una mano.
—¿Cartas o dados?
—Cartas.
—¿Monte o siete medio?
—Siete y medio.
—Todo o nada.
—El perro y la mujer.
—olamente el perro. A la mujer puede quedarsela.
—l perro y la mujer o nada.
—Por quinientos pesos.
—Setecientos cincuenta con mujer y todo.
—Un tres. Dame otra, tapada. Un as. Otra tapada. Planto.
—Bueno, a ver, negra de mi vida, otra negra, un as, un tres, un dos y al siete y medio pago.
—¿Por qué sacó de abajo?
—¿Me estás tratando de tramposo? —En realidad Beto Moscardi no había trampeado a nadie esa noche. El tipo parecía jugar en contra de si mismo.
—Tómelo cómo quiera, el perro no se lo doy. Llévese la mujer si quiere.
—A tipos como usted no necesito trampearlos. No valen un carajo Moscardi manoteó el revólver. El otro no se movió. Le apuntó entre los ojos. El perdedor levantó lentamente las manos.
—Déjese de joder —dijo— y con una velocidad que nadie esperaba apartó el revolver de su cara al mismo tiempo que el otro apretaba el gatillo. La explosión aturdió a todos.
Cuando se disipó la confusión, Beto Moscardi había escapado en el Victoria. La mujer aferrada a la cartera marrón, tenía un agujero en el pecho.
—Me mataron de vicio —dicen que dijo.

Elpidio Isla (†) / Caleta Olivia. SC.
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