En primera persona / Ricardo Mosso

¿Y cómo fue editar la obra de tu padre? La consulta apareció en algunas de las entrevistas que me hicieron en varias radios de Río Gallegos cuando comencé a promocionar la antología Cuentos completos 2006-2023, que es el libro en el que reunimos los ocho breves volúmenes de narrativa que mi papá, Darío Carlos Mosso, publicó durante un periodo de más de quince años. En esas entrevistas varias veces me vi tentado a responder con un “¡Qué buena pregunta!”, porque la cuestión me interpeló mucho desde que con mis hermanas y hermanos decidimos reeditar en versión corregida la narrativa que dejó nuestro progenitor.
Si me apuran, puedo poner sobre la mesa dos sentimientos que me acecharon más o menos calladamente durante los cuatro o cinco meses (en dos etapas) que me llevó leer y corregir los 102 relatos que conforman el volumen: algo de miedo y una buena porción de empecinamiento. Lo del miedo creo que se explica solo: corregirle la plana a la escritura del padre es un poco como contradecirlo, con toda la carga freudiana que eso pueda tener. Y el empecinamiento fue el de meter mano allí donde fallaba en alguna medida la coherencia del arco narrativo o la cohesión del vocabulario: me planteé el objetivo de que el mundo de cada cuento tenía que entenderse por sí solo.
Claro que esto lo puedo transmitir ahora con la certidumbre del diario del lunes. Es decir, después de haber transitado las incertidumbres minúsculas que implicó para mí hacer el trabajo de edición en los cuentos que no había leído nunca antes, algunos de los cuales al principio me parecieron muy largos; y otros demasiado crípticos. Y también luego de volver a leer con ojo revisor todos los relatos del segundo al cuarto libro de mi papá que en su momento yo había editado a su pedido. En ese volver a recorrer el terreno particular de cada historia se me volvió a aparecer lo familiar: el estilo de contar de mi papá estaba ahí vivo, presente. Esa lectura fue un poco volver a escucharlo a él contarme cada historia, como cuando era chico.
Al mismo tiempo, los mismos textos me obligaron, párrafo a párrafo, a ponerme en el papel de quien lee “desde afuera”. El que se pregunta cosas como “¿Por qué aparece dos veces la misma descripción de este personaje?”, o “¿Acá no tendría que haber una línea libre para señalar que pasa un tiempo desde lo que sucede en el párrafo anterior?”. De todos modos, ya cuando abordé el primero de los cuatro libros de cuentos de mi papá que me tocó editar en vida de él, sentí que ese rol de “auditor” narrativo me había sido otorgado. “Vos sos el editor, y los cambios que a vos te parezca que van, van”, me había dicho. Y como cuando encaré la reedición definitiva ya no le podía consultar qué le parecía cada cosa, opté por cambiar lo que me pareció necesario para que sus historias se comprendieran bien. Y por tratar de mantener intacto su estilo y su tono. Un poco a tientas, pero con una cierta idea del rumbo.
Ese físico trabajo literario
Alguna vez leí en un reportaje al guionista de telenovelas Alberto Migré que consideraba a su trabajo como una suerte de “corte y confección”. Es decir, una tarea creativa cuya otra cara de la moneda era una necesaria labor tediosa. Y si una historia escrita es un tejido hecho de palabras, escribir también implica cortar porciones de esa tela y coserlas entre sí hasta que quede una prenda completa, que alguien pueda usar. Me acuerdo ahora de la metáfora de Migré porque creo que se aplica a la manera en que aprendí a editar notas periodísticas. Fue medio de prepo, hace ya 20 años, cuando de improviso renunció el jefe de redacción de una revista de economía y finanzas en la que yo trabajaba en Ciudad de Panamá. El siguiente —y único— en la grilla de redactores fijos era yo, las notas que nos mandaban los colaboradores eran lo que había y había que soldar y remachar para convertirlas en textos coherentes, informativos y que se dejaran leer. En mi opinión personal, esos tres requisitos se aplican también a los textos literarios que son invención pura de sus autores.
Al comenzar el camino de editar Cuentos completos, reuní los archivos de Word de todos los cuentos de sus libros. Empecé, muy de a poco, a leerlos minuciosamente. Hice los cambios que parecieron necesarios y se los pasé todos juntos al diseñador, que me devolvió un PDF de casi 700 páginas. Volví a leer todo, y en esas páginas fui marcando las 961 observaciones que quedaron en la segunda versión del original de Cuentos completos.
Una vez que el diseñador aplicó esos cambios, hice imprimir y anillar el PDF, y lo fui leyendo, birome roja en mano, durante varias semanas. Ahí marqué otros 269 cambios. Luego vinieron otras tres versiones de ese archivo maestro (¡siete correcciones en total!). Hasta que, al final quedó el original que se envió a imprenta.
Como era casi inevitable, después le descubrimos una errata. En mi descargo, es solo en un epígrafe. Para quien quiera buscarlo, está en la página 403.
Entre las cosas que más modifiqué en los cuentos de Darío Mosso estuvo la extensión de las oraciones. Usé la técnica de leer en voz alta los párrafos más largos, y si me quedaba sin aire antes del punto final, buscaba donde insertar un punto seguido. Así, párrafos que originalmente tenían muchas comas en solo tres o cuatro oraciones pasaron a tener cinco o seis oraciones.
Además, en algunos de esos párrafos kilométricos apliqué la tecla Borrar: si la digresión no agregaba nada a la historia ni a describir el personaje, estaba de más. Son los casos en los que más dudas tuve, pero no me arrepentí de ninguno.
Al final, metiéndome como me metí dentro de cada cuento de mi papá, ahora veo que me pasaron dos cosas interesantes. Una fue que le encontré la vuelta a las narraciones más abstractas, como Suegras y Pepitas, o a las más extensas, como Aislamiento. Y la otra es que me fui dando cuenta de que mi papá puede ser caracterizado como un escritor salvaje. ¿Por qué? Porque entiendo que escribía por una especie de adicción, por la pulsión misma de contar, y que volver a sus textos para refinarlos le producía tedio. Por eso dejaba que eso lo hicieran otros.
También entendí que fue un escritor ansioso, que no podía esperar a sacarse las historias que tenía la cabeza de una buena vez. Y una vez que lo hacía, no podía esperar a ver esa narración publicada. “Escribo para no volverme loco”, confesó en una mesa de autores de Santa Cruz en la Feria de Libro en Buenos Aires. Él no soñaba con la fama de un escritor: escribía. Y quizás por eso terminó haciéndome acordar mucho a Roberto Artl.
Hoy creo que, en buena parte, mi padre escribía de la misma manera en que contaba historias verbalmente. Fue un conversador maratónico, capaz de dejar atrás al más pintado.
Aparte de todo, para mí haber trabajado en y por la escritura de mi papá es una manera velada de seguir teniéndolo cerca. Quién pudiera.
Ficha técnica edición en papel:
Título: Cuentos completos 2006-2023
ISBN 978-631-01-7379-5
Autor: Darío Carlos Mosso
692 páginas
Fecha de edición: Septiembre de 2026
Ficha técnica e-book:
Título: Cuentos completos 2006-2023
ISBN 978-631-01-7640-6
https://publica.now/es/creators/dario-c-mosso/works/cuentos-completos-2006-2023

Ricardo Mosso / CABA.
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