Narrativa / Juan Aldo Umazano

Fotografia original © Eduardo Aguirre Guichard
El Tato tenía perfecta dicción. Al hablar, mostraba sus dientes blancos y parejos. Y a la menor contracción de la comisura de los labios, aparecía esa sonrisa. Además, era inteligente y habilidoso. Cuando jugaba al fútbol, la rompía.
Por eso el día de su regreso se llenó de pasacalles el pueblo.
Creíamos que volvería a jugar. ¡Qué ilusos!
Regresó silencioso. No lo percibías. Había incorporado esa forma lenta de caminar, mirando el piso. Paŕecía ir buscando moneditas en un día de viento. La mano cerrada como para no perder el vuelto. Arrastraba un poco la pierna derecha. Aunque a veces esa se le componía y entonces arrastraba la izquierda. Parecía que nada lo alteraba. Ni siquiera las noticias salpicando sangre que dan los noticieros. Pero después, con el tiempo, me avivé: no era que no las registraba, era que había visto tantas, allá.
Cuando lo descubrí mirando el partido que se jugaba con el pueblo vecino, me puse contento y me dije: “Qué estará pensando el Tato?” casi voy a preguntarle qué le parecía el encuentro, pero al ratito saltó el alambrado, se dio vuelta y empezó a caminar con esa forma tan particular, hasta que pasó el portón de entrada. Y desapareció.
Recordé que había jugado muchos años para el club y había aprendido un montón. Cuando los adversarios lo veían calentando, desde el director técnico hasta los que estaban en el banco se asustaban. Es que ya nadie lo paraba.
A la semana siguiente volvió como espectador, se paró solo, allá, donde no había nadie. Esta vez miró casi todo el partido. Yo pensé que en cualquier momento se rajaba, por eso no me acerqué. Me quedé sentado en el auto y cuando terminó, lo vi marcharse, como siempre.
Nosotros, todos los miércoles a la noche, hacíamos el picadito. Ya no éramos muchachones. Para el fútbol, éramos veteranos. De ahí que si necesitaban la cancha, nos decían “¡vía!” y quedábamos pagando.
Esta vez fue por el entrenamiento de los de primera. Por respeto a la institución y por educación, nos fuimos caminando callados a la que está a cinco cuadras, a la que nadie quiere ir porque en el medio tiene una loma tan pronunciada que los arqueros se ven de la cintura hacia arriba. Salvo que te parés arriba de la loma.
Esa imperfección del terreno hace que, si al comienzo del partido no movés rápido, la pelota se te puede rajar para cualquiera de los dos campos. Nadie quiere usar esa cancha. Menos si hay que jugar con los locales que son los que la construyeron , conocen todas las técnicas que el terreno les da para avanzar. Supongamos que la pelota entre en el campo de ellos por el lateral derecho debido a que alguno la rechazó, nadie sabe por dónde regresará. Puede aparecer por la derecha, por la izquierda, por el centro, por cualquier lado. Se organizan a escondidas para el avance. Gritan por un lado y la pelota aparece por el otro. El suspenso es tremendo.
Después juegan quince o veinte segundos en su campo y cuatro o cinco minutos en el tuyo. En una palabra, te vuelven loco, te meten la pelota donde vos sabés. Es imposible ganarles.
No siempre íbamos todos. Ese día me acuerdo que no vino El Brujo. Fue cuando miré hacia el lateral derecho y ahí, sombreado por la noche y los eucaliptos estaba el Tato. ¡Pucha!, pensé, ¿No querrá jugar? Y mientras los muchachos hacían calentamiento, caminé hacia él. Creo que no registró mi llegada o, mejor dicho, me vio pero fue como si no me hubiese visto. Como si lo que le iba a decir no le importara. Pero cuando le comenté que nos faltaba el arquero, se quedó pensando con la vista clavada en la viboreante línea de cal y me dijo:
-¿Te falllta el guallldavaya, Sotelllo?
Arrastró las eles con exageración o haciendo esfuerzo para pronunciarlas.
-Sí, no vino.
Cualquiera de nosotros podía jugar al arco pero no iba a detenerme en explicaciones.
-¡Che dejá de boludear que empezamos- me gritó el Jesús mientras tocaba el piso y se hacía la señal de la cruz.
Observé al resto de los muchachos que se quedaron tiesos cuando vieron que El Tato cruzaba la cancha y se ubicaba en el arco.
-¡Tenemos arquero -grité.
Jugábamos con los del Hipotecario. Las veces que avanzaron, llegaron. Pero por gordos y pataduras no embocaban una.
El Tato no tardó en meterse en el partido. Miraba pasar la pelota y decía: ¡Fuerrrllla! Y la seguía con la vista como hipnotizándola. Cuando aparecía desde atrás de la loma gritaba: ¡Cuidallldo!, ¡Cuidalllo!. Yo pensaba: ¡Qué atento está el Tato! Después empezó a mandar y a gritar más fuerte: ¡Atellto!, ¡Atellto!, ¡Estén atelltos, callajo! Cuando quisimos acordar, estaba delante del último hombre. Ahora no mandaba, gritaba. Los contrarios se reían porque lo conocían y lo querían tanto como nosotros. Además, se reían porque el Tato era nuestro y porque sabían, como todo el pueblo, que el Tato no podía jugar más. Y ahora, como él no los veía, le gritaban con esa maldad popular para enloquecerlo más:
-¡Tomá esta, Tato! Y aparecía la pelota remontando como un barrilete.
Nosotros empezamos a rechazar y a devolverla.
Ellos contestaban:
-¡Aquí va otro balazo!
El partido se transformó en uno de ping pong. Cuando regresaba la pelota del campo rival, era acompañada con alguna amenaza verbal:
-¡Ahí va un misil, Tato! ¡Guarda con este torpedo!
Al rato, el Tato comenzó a gritar:
-¡Ojo con los millsillles! ¡Escóllldanse! Y corría hasta colocarse en medio del arco. Esperaba atento hasta que aparecía otra pelota por la loma y la seguía con la mirada, contorsionando el cuerpo. Se paraba en una pierna, hacía equilibrio, inclinaba el cuerpo y gritaba como guiándola, igual que los jugadores de bochas pero más exagerado. En uno de los tantos rechazos del dos nuestro que la hizo desparecer en el cielo oscuro y caer en el campo rival, el Tato salió corriendo para abrazarnos como si hubiese terminado el partido y gritaba:
-¡Guarda con el Seaharrier! ¡Guarda con el Seaharrier!
-¡Andá, no seas ganso, Tato! ¡Andá al arco, carajo!- le gritó alguien.
-¡Sí! ¡Nos mandallon a Puellto Galllso! ¡De aquí no volllvemos! ¡Cuidalldo con ese misilll! Y la pelota aparecía por encima de la loma y él corría hasta el arco, pero ahora no la seguía con la mirada. Se escondía detrás de uno de los palos. Se tapaba la cara con las manos, empezaba a temblar y gritaba: ¡Cuidallldo, replegalllse! ¡Escollldansé!
De repente, corrió por toda la cancha y desapareció en la sombra oscura de los eucaliptos y la noche.
Lo escuchamos gritar después llorar.
Se detuvo el partido. La pelota cayó, picó dos o tres veces y se detuvo cerca del arco.
Nadie fue a buscarla.
Los muchachos del Hipotecario aparecieron de a uno, parándose en la cresta de la loma. Estaban como nosotros, sin saber qué decir. Después, cada uno comenzó a caminar hacia donde habíamos dejado la ropa y, de repente, lo vemos salir de la sombra y cruzar la cancha, enloquecido.
-¡Los ingleses nos malltan a tolldos, nos malltan a tolldos! ¡De Malvinas no volvelmos!
En silencio, nos fuimos a nuestras casas.
Unos días después estábamos en el bar del club con el viejo Alonso que manejaba la cantina. Había comprado un televisor para mirar el mundial de México. Me acuerdo que nos duraba la euforia de la mano de Dios, cuando el Tato entró y se sentó en el fondo. Escuchamos la silla, nos dimos vuelta, lo observamos y después continuamos mirando.
Al rato, el Diego tomó la pelota en el medio de la cancha y empezó a apilar ingleses. No voy a repetir lo que dijo el relator, pero la jugada crecía avanzaba. El Diego llevaba la pelota, manejaba la distancia, parecía que la daba y no la daba, hasta que entró al área grande, después al área chica, salió el arquero y llegaron dos ingleses, pero tarde. ¡Explotó el país! ¡Qué el país! ¡Latinoamérica explotó! Parecía que nos habíamos tomado de la mano. ¡Fue un gol argentino y latinoamericano! ¡Un gol contra el poder! ¡No alcanzaron los brazos para abrazarnos! ¡No alcanzaron las gargantas para gritarlo!
El Tato festejó con todos.
En nuestro pueblo, como en todo el país, lloramos de alegría.
Al otro día, me acuerdo, nos encontramos con el Tato en la puerta del club. Él salía y me dijo, sonriente, muy suelto de cuerpo, y con perfecta dicción:
-Hola, Sotelito, ¿cómo estás?
Y se fue caminando, sin arrastrar ninguna pierna y con la mano abierta.
También había recuperado la horizontalidad de su mirada.
Del libro » Pequeñas victorias», Santa Rosa, Ediciones Amerindia; 2020
Agradecemos la colaboración de la Prof. Natividad Ponce, vicepresidenta de la APE ( Asociación Pampeana de Escritores), quien nos facilitó este texto..

Juan Aldo Umazano / Santa Rosa. LP.
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