Periplo literario: Roma en familia

Crónica / Patricia Sampaoli de Bonacci

Todos los que lean este artículo es probable que sepan más de Roma que yo, porque la han visitado o porque han leído abundantemente acerca de la bien llamada Ciudad Eterna y porque nunca se la puede conocer completamente.

Pisé sus calles, a lo largo de mi vida, en siete oportunidades. Primero, de muy pequeñita, cuando mis padres vivieron en Italia; luego de adolescente, cuando mis tíos me invitaron a pasar una temporada con ellos. En las otras oportunidades fue mayormente debido a mi trabajo en la Universidad, cada vez que podía participar en un Congreso en Europa, pasaba a visitar a mi familia al igual que en el memorable viaje a Irlanda con mi hija, un puro viaje de placer.

¿Qué me ha dejado aspirar ese aire de milenios…? Pues a Rómulo y Remo, los reyes, el patriciado, la república, adivinos y astrólogos, los 170 dioses, Calígula, Agripina, Nerón, Heliogábalo, los Antoninos, Trajano, Adriano, Marco Aurelio, las estatuas del Renacimiento y tanto más enlazado a las raíces de mis antepasados hasta llegar a mis abuelos y a mi padre. Todo en la nebulosa del pasado que, como muy bien ha expresado alguien, es tan incierta como el mismo futuro.

Cuando viajé a Italia en mi adolescencia tomé la decisión de estudiar historia, no para enseñarla sino solamente para saberla… pero el compartirla en una clase terminó conquistándome.

Recorrer el Coliseo con mi esposo y mis hijos, muchos años después, pensando que hoy suele estar lleno de gatos cuando en su apogeo eran leones los que rugían en sus arenas, da cuenta de una de las enormes paradojas de la historia. Tener el placer de cenar en la mesa de un restaurante al libre y cálido aire del verano y a pasos del Panteón de Agripa, en el corazón de Roma, es algo que deseo puedan disfrutar todos mis amigos alguna vez. 

Caminar a orillas del Tíber y cruzar el puente que conduce al Castel de Sant’Angelo, donde reposan los restos del emperador Adriano, tiene la maravilla de adentrarnos en la historia del mundo, al igual que transitar la Piazza di San Pietro en el Vaticano.

Dejando atrás, pero aún así incluyéndolos, el Foro Romano, la Piazza Navona, la Piazza di Spagna, el magnífico Trastevere, vamos a por la literatura…

La  poesía y la épica de antes de la Era Cristiana, llega a nosotros con Virgilio y su Eneida,  epopeya nacional romana que narra la fundación mítica del imperio y que  trascendió la Antigüedad influenciando al mismísimo Dante Alighieri en la Edad Media- en su célebre Divina Comedia, Dante hace que Virgilio lo guíe a través del Infierno y el Purgatorio-; también nos llega con  Ovidio , notorio por sus relatos mitológicos en Las metamorfosis y su poesía amorosa y, finalmente, con Horacio,    el más encumbrado poeta lírico y satírico, conocido por sus Odas y Epístolas, aquel que expresó «Cada día es una pequeña vida».

La historia y la biografía están representadas con Cayo Julio César, líder militar y sobresaliente cronista, con su obra Comentarios sobre la guerra de las Galias; Tito Livio con su monumental historia de Roma  Ab Urbe condita y Publio Cornelio Tácito con Anales e Historias plagadas de observaciones críticas de los tiempos de la dinastía  Julio – Claudia.

Enfilosofía, retórica y derecho, se destacaron Marco Tulio Cicerón, el orador más importante de Roma, (leí que nació en el mismo pueblo de Marcello Mastroiani, cuyo abuelo estaba muy orgulloso de ello y siempre le recordaba una frase de Cicerón: “La fortuna es la que rige la vida, no la sabiduría”, mirá vos…) y Lucio Anneo Séneca, un filósofo estoico que además era dramaturgo y que fue célebre por sus Cartas a Lucilio.

No es el propósito de este artículo ahondar erudiciones, pero me gusta la idea de destacar frases, como la de Ovidio: La esperanza hace que agite el náufrago sus brazos en medio de las aguas, aun cuando no vea tierra por ningún lado; o la de Horacio: Mezcla con tu prudencia un grano de locura.

Hablando de Roma, muchos escritores se deleitaron paseando por sus ruinas o absorbiendo su cultura poderosa, la lista es larga: Goethe, George Elliot (seudónimo de Mary Anne Evans), mi admirado Hawthorne, autor norteamericano que en 1858 se trasladó con su familia a la milenaria ciudad. En el año y medio que dedicó al turismo de Roma, se inspiró en el Palazzo Nuovo de los Museos Capitolinos para escribir su novela El fauno de mármol. En la ciudad comenzó el manuscrito que concluyó en Londres; de esa novela y su construcción aprendí algo más de Hawthorne, en palabras de su esposa Sophia: “Como siempre, él piensa que el libro no vale para nada… Regularmente ha despreciado cada uno de sus libros, inmediatamente idespués de terminarlos”.

 Pero vamos a escritores romanos, contemporáneos, elijo tres, porque sus perfiles creativos me resultan interesantes al retratar clara y comprometidamente su propia época:

Anna Maria Ortese, nacida en Roma en 1914 y fallecida en 1998 se destacó como escritora y periodista, su obra maestra, El mar no baña Nápoles (1953), es una colección de relatos neorrealistas que retratan la pobreza de la posguerra; con Poveri e semplici (1967), ganó el prestigioso Premio Strega. Su estilo combina una aguda observación social con elementos fantásticos y un oscuro existencialismo.

 Carlo Cassola, nacido en Roma en 1917 y fallecido en 1987, novelista y ensayista, ganador también del Premio Strega en 1960 por su obra maestra La ragazza di Bube , es famoso por su estilo literario sobrio conocido como «realismo lírico» y por explorar temas antimilitaristas.  Fausto e Anna (1952), es una profunda novela de formación sobre el amor y el compromiso político durante la Resistencia.

Sobre todo, me quiero detener en Pier Paolo Pasolini, que nació en Bolonia en 1922 y murió asesinado en 1975 en cercanías de Roma. Polifacético y controvertido, fue uno de los artistas más reconocidos de su generación. Poeta, periodista, ensayista, novelista, activista político y realizador cinematográfico, su relación con Roma fue fundamental para su obra. Llegó a la ciudad en 1950, convirtiendo a Roma en el escenario de sus películas – como Mamma Roma (1962), protagonizada por Anna Magnani- y de sus novelas Muchachos de la calle (1955, aclamada por la crítica) y Una vida violenta. Ambas obras retratan la cruda realidad de jóvenes marginales, pertenecientes a los suburbios de Roma durante la posguerra y se destacan por el uso del dialecto, además de por su realismo exacerbado.  En mi biblioteca cuento con Historias de la ciudad de Dios, traducida por Roberto Raschella, de editorial EUDEBA, que en la solapa informa cuáles son algunos de los libros traducidos al castellano de Pasolini: Chicos del Arroyo, Una Vida Violenta, El sueño de una Cosa, Alí dagli Occhi Azzurri, Teorema, La Divina Mimesis, Amado Mío, Cartas (1940/1955), Las Cenizas de Gramsci, Poesía en Forma de Rosa, Transhumanar y Organizar. Esto, porque vale la pena leerlo…

Antes de lanzar una moneda en la Fontana de Trevi para asegurarme el retorno, me sumerjo en la ciudad invisible de Italo Calvino, en la que quizás esté retratando a Roma, Olinda:

… las viejas murallas se dilatan, llevándose consigo los barrios antiguos, que crecen en los confines de la ciudad, manteniendo las proporciones en un horizonte más ancho; éstos circundan barrios un poco menos viejos, aunque de perímetro mayor y afinados para dejar sitio a los más recientes que empujan desde adentro; y así hasta el corazón de la ciudad: una Olinda completamente nueva que en sus dimensiones reducidas conserva los rasgos y el flujo de linfa de la primera Olinda y de todas las Olindas que han brotado una de la  otra; y dentro de ese círculo más interno ya brotan —pero es difícil distinguirlas— la Olinda venidera y aquellas que crecerán a continuación.

Patricia Sampaoli / Caleta Olivia. SC..

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