Mi último libro

Aguafrías Sureñas / Sergio Di Leo

“Es difícil escribir sobre uno mismo. Por eso yo prefiero escribir sobre una mesa.”
Dalmiro Sáenz

Ante todo, pido disculpas si esta columna resulta demasiado autorreferencial. Convengamos, en todo caso, que se encuentra en un espacio literario, y la literatura es casi siempre autorreferencial. No es, entonces, algo inusual por estos lares.

En 2003, el querido Pirincho Roquel me convocó para dirigir el área de Prensa de la Municipalidad de Río Gallegos. Allí me encontré, entre otras cuestiones que no vienen al caso, con una pequeña imprenta montada para cubrir las necesidades institucionales de formularios y demás papelería, en tiempos en que casi nada era online. (De hecho, ya en el cargo, abrimos las primeras cuentas oficiales de correo en un nuevo portal llamado Google, que recién comenzaba a difundirse).

Con el área medianamente organizada y algunos equipos adquiridos, descubrí que había cierta capacidad ociosa. Entonces propuse al área de Cultura crear un programa de edición de libros para escritores locales inéditos.

La propuesta floreció y se llamó Mi primer libro. El objetivo era sencillo: publicar, a través de una selección anual, obras de autores que aún no hubieran editado. Los requisitos para participar eran simples: residir en la ciudad y no tener libros publicados, salvo aquellos que fueran resultado de certámenes literarios. Se publicarían cuatro títulos por año (poesía, cuento, novela y ensayo), y la selección se haría entre las obras presentadas, sin posibilidad de declarar desierto el concurso. Había reglas mínimas sobre extensión y presentación, pero no mucho más.

El espíritu era claro: brindar a los escritores inéditos de la ciudad la oportunidad de dar a conocer una obra completa, facilitándoles el primer paso en la publicación.

El programa navegó durante los primeros dos años entre oposiciones, pequeños inconvenientes, errores y, en general, una buena recepción entre los grupos literarios más jóvenes.
Llamativamente, las críticas más férreas provinieron de escritores que ya habían publicado, en su mayoría vinculados a la SADE. Posiblemente se consideraban ya consagrados y no entendían por qué el Estado no debía imprimirles también a ellos, gratis, otro libro más.

Cuando promediaba el tercer año, yo ya sabía que mis días al frente del área estaban contados (por motivos que no vienen al caso). Con el bagaje de ocho títulos ya publicados, hablé con el intendente y obtuve su autorización para transformar el programa en ordenanza, lo que aseguraría su continuidad más allá de los funcionarios de turno.

El paso siguiente fue recorrer los despachos de los concejales de las distintas líneas, explicar el proyecto y buscar adhesiones, en un contexto en que, para un Ejecutivo en minoría, resultaba muy difícil lograr apoyo legislativo.
De esas conversaciones, el único cuestionamiento provino del presidente del Concejo, quien planteó que también debían imprimirse libros de autores consagrados de la ciudad, en especial los nacidos en Santa Cruz. Finalmente lo apoyó, aunque luego impulsó su propio concurso desde el Concejo, exclusivo para escritores reconocidos. Le publicó así el libro a un amigo, y nunca más se repitió.

Vuelvo a Mi primer libro: la ordenanza se aprobó pocos días después de mi salida del cargo.
Algunos títulos más llegaron a publicarse, y el programa sobrevivió mientras Pirincho estuvo en el gobierno, hasta que, de un año para el otro, cayó en el olvido, sin explicaciones ni ceremonias. Una muestra de que los proyectos no funcionan solo por ser buenos, sino porque hay un funcionario que quiere que se cumplan.

Demasiado personal

A pesar de errores y fallas en la implementación, siento orgullo de haber puesto en marcha aquel programa. Dio voz a escritores noveles y los ayudó a dejar atrás su primera obra para seguir creciendo, siguiendo aquella verdad sin concesiones que sostenía Borges:

“Los escritores publicamos nuestros libros para no pasarnos la vida corrigiendo el mismo original.”

Posiblemente su creación y gestión hayan sido demasiado personales, sin el suficiente debate, y eso decretó su pronta desaparición. No lo sé.
Algo me hizo prever ese final. A los pocos meses de dejar el cargo, mi amigo Jesús Giménez me avisó de una reunión en la Biblioteca Municipal para hablar del tema. Allí me encontré con dos funcionarios del área, escritores ellos, que buscaban apoyo para modificar la ordenanza recién aprobada y llevar agua a sus molinos. Como tantos otros que encontré en el camino, no querían que Mi primer libro funcionara mejor. Querían, simplemente, que el gobierno les publicara su libro —fuera el primero, el segundo o el último—, y nada más.

Orgullo y prejuicio

En mi larga experiencia como editor de libros en Santa Cruz, conocí varios casos de publicaciones financiadas total o parcialmente por el Estado. La mayoría fueron decisiones, cuando menos, discutibles: libros de baja calidad literaria con el único mérito de haber sido escritos por autores con contactos, o recopilaciones acríticas de la historia de un pueblo, club o institución determinada. Es decir, en casi todos los casos, un direccionamiento antojadizo de fondos, definido por funcionarios que ni siquiera habían leído el material que decidieron que su oficina solventara.

De entre todos ellos, recuerdo dos, y no precisamente por buenos, ni mucho menos por haber sido elegidos de manera decente. Permítaseme obviar los nombres de los autores, ya que ambos han fallecido.

Uno de ellos era una recopilación de recortes periodísticos, fotos y textos autorreferenciales de más de 600 páginas en tamaño A4, con una cuidadosa selección de datos y temas que afirmaran la tesis del autor (“todos son entreguistas y vendepatria menos yo y los que me ayudan a publicar”) y un descarte quirúrgico de cualquier prueba o documento que la contradijera. La Secretaría de Cultura provincial pagó su edición —un monto equivalente a un cero kilómetro, por ese entonces—, y todos los ejemplares fueron a manos del autor para que dispusiera de ellos a su antojo. Intentó venderlos. No se compraron más del 10% de las copias, por suerte, y en algún arcón oscuro de la familia todavía quedan ejemplares. El tamaño y las ínfulas que rodearon su edición le dan una pátina de nacionalismo ramplón y cierta fama maqueta: lo ponen en la biblioteca, siempre y cuando no lo lean.

El otro caso que recuerdo con poco placer es el de un supuesto poeta local que tuvo la feliz idea de escribir poesías y acompañarlas con la explicación o la historia del tema abordado: una oda a la chueca y una descripción de qué era la chueca, con foto antigua incluida; un himno al político de turno con el panegírico de rigor y foto del autor y el funcionario abrazados; una poesía sobre las jodas de los bailes de antaño, con breve historia del boliche y foto del autor y su barra (o del padre, si era muy antigua) en posición poco decorosa.
El tipo consiguió fondos del gobierno provincial —luego de incorporar poesía, panegírico y foto del funcionario que autorizaba el pago—, también de la municipalidad y el aporte de un montón de particulares que hicieron una especie de compra anticipada de ejemplares que todavía no habían sido terminados de escribir. Esto produjo dos fenómenos paralelos: las poesías a comercios o personajes se agregaban o quitaban según la voluntad de aportar dinero, por un lado; y, por otro, obligaron al autor a publicar dos versiones del libro, en las que solo cambiaba la página de agradecimientos, para ocultar que había prevendido más copias que las impresas.

Por esas experiencias, entre otras cosas, me pareció una buena idea que el Estado publicara libros de autores inéditos, en general sin contactos para conseguir esos apoyos.
A veces pienso que el error fue no haber previsto las presiones y los celos de quienes no quedarían comprendidos en la selección. Otras, que la equivocación fue no haber logrado fomentar la idea entre quienes no formaban parte de la gestión, para que el programa sobreviviera bajo otros gobiernos.
En realidad, no pienso en eso casi nunca. Y, pese a todo, siento orgullo por una iniciativa que les dio espacio para su primera publicación a autores que aportaron lo suyo al panorama literario local.

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