Narrativa / Gerardo López

Felipe era de esos pibes que se abrochaba hasta el último botón de la chomba y del cardigan. Cuando se ponía camisa y corbata, parecía que andaba con cuello ortopédico. Siempre usaba pantalones de vestir y zapatos, o, por más que anduviera con pantalón de buzo, siempre vestía de zapatos, por lo general bien lustrados. Así llegaba Felipe a la cancha. Los más revoltosos lo apodaron gordo, pero eso es algo común en la jerga barrial de mi pueblo. Lo que no es común es que el DT del barrio te ponga un apodo. Eso realmente es significativo, porque todos obedecen automáticamente a ese sobrenombre. Puede jugarte para bien si el apodo hace referencia a una estrella de futbol, o podés vivir con el peso de que te digan Pancuca (panza, culo y cabeza) como a Felipe.
Él no respondía del mismo modo a todos los chistes, tampoco se ofendía demasiado, porque las ganas de jugar al fútbol los lunes, miércoles y viernes a las seis de la tarde eran más grandes. El pibe era buen amigo, de eso nadie tiene dudas, solo una persona desagradable podría hostigar con chistes a Pancuca.
Un día faltó al entrenamiento. Todos nos preguntábamos qué le habría pasado al gordo, pero nadie sabía nada. El segundo día ya se extrañaba y nos consultábamos unos a otros, pero todos seguían sin saber. Le preguntaron a Paquito Pérez, que viva a dos casas de Felipe, pero tampoco sabía. Después del entrenamiento, por lo general nos quedábamos un rato más jugando, porque el resto de los pibes que no entrenaban, esperaban que se desocupe la cancha y se armaba el tradicional, “al gol sale”. En eso estábamos cuando uno de los pibes le pidió a Paquito que indique cuál era la casa de Felipe, y arengó al resto para que lo acompañemos. La mayoría se prendió. Yo agarré la bici que había dejado tirada atrás del arco y avanzamos en patota por el medio de la calle, entre manotazos, risas y jueguitos con un balón deshilachado. Golpeamos las manos y la vieja salió a atendernos. Nos daba explicaciones como si fuéramos adultos, nosotros no lo podíamos creer. No esperábamos tanto respeto. Antes de llegar a la casa yo esperaba que nos eche de mala o buena manera, y que por la ventana nos dijera que estaba castigado. Lo que la madre nos explicó fue que Felipe estaba en clases particulares de matemáticas.
A los pibes del barrio, si nos castigaban, era castigo duro, era cachetazo, era paliza, pero te podías escapar a la cancha. En cambio había un grupo de amigos que vivían en el centro, esos eran castigados sin tele, sin futbol, sin chocolates. Y cumplían con la sentencia. Cueste lo que cueste, esa gente no entendería de levantar sanciones por una semi final, sería gastar el tiempo en explicaciones. Por ejemplo, recuerdo al pollo, el goleador del equipo. A ese lo castigaban pero si había un partido importante lo dejaban ir. El técnico lo apodó “El pájaro”, ahora tenía dos apodos de aves. No tenía humildad y tenía sus razones: era un pibe talentoso, vivía frente a la cancha, si eras nuevo y le caías mal te echaba, a la hora de las piñas no arrugaba con nadie. Las chicas de la escuela lo iban a ver, el rubio de ojos celestes tenía sus fans, eso motivaba a más de uno. Los castigos al Pollo eran fuertes, los peores, lo vimos con nuestros propios ojos cuando el padre le partió una tabla en la espalda y lo metió a la rastra por la puerta de su casa, golpeando en varias ocasiones partes de su cuerpo en el marco de la puerta. La madre del Pollo no era como la madre de Felipe, era una mujer que parecía estar todo el tiempo enojada, y otra cosa que la distinguía de la madre de Felipe es que era realmente hermosa. Nadie se atrevía a decirle un chiste al Pollo de lo buena que estaba su vieja, pero entre los pibes cuando había oportunidad no parábamos de hablar de ella.
Una tarde nos fuimos a jugar a Allen un partido amistoso previo al mundialito. La cancha era de tierra y hacía mucho frio. Cuando nos cambiamos para jugar el Pollo se dio cuenta de que no había puesto los botines en la mochila, ni el pantalón corto ni las medias. Como en el bolso del profesor había un par de botines viejos y una muda de ropa por cualquier eventualidad como esa, no había por qué preocuparse. Las camisetas era lo único que no proveían. Pero el Pollo cuando vio los botines no los quiso, por feos (y la verdad que no tenían lengua, estaban gastados, abiertos y como aplastados). El profesor probó de todas las formas convencer al Pollo de que acceda a ponerse la ropa. Pero el Pollo sabía que alguien le iba a prestar unos botines. Pancuca levantó la mano y le pasó las Puma de cuero que le había regalado su abuela, botines que no estaban estrenados. Calzaba lo mismo que el Pollo. Todos nos quedamos en silencio un momento por el gesto, que no nos sorprendió por parte de Pancuca. Al principio vimos que el Pollo estaba enojado, aunque al final los aceptó. Pero entonces tampoco quería esos pantalones y medias, por eso yo le presté los míos. Todos queríamos que entre el Pollo a la cancha, quizás solo para ver feliz a nuestro DT. Después fui a buscar el bolso donde estaba la ropa que el Pollo rechazó. Y sí, era un pantalón que me quedaba enorme y las medias se me caían. No pedí cinta para ajustarlas porque no sabía si iba a entrar a jugar.
El partido comenzó y sentado en el banco miré de reojo los pies de Felipe. ¡Qué botines más feos! Eran de cordones negros con un aplique de color blanco. Como no tenían lengua, dejaban a la vista las medias color verde. Pero mi preocupación era saber si no se me iba a caer el pantalón en medio del partido, estaba bastante incómodo. Felipe no parecía preocupado, miraba el partido súper entretenido.
Yo entré en el segundo tiempo, Felipe entró faltando 5 minutos. Ibamos ganando 4 a 0, entonces el DT aprovechó para poner a todos los pibes. El Pollo, que en ese partido clavó dos goles, no paraba de gritarnos, porque hacíamos puras cagadas, encima la primera pelota que paró Felipe, hizo un movimiento como de querer pararse encima de ella, y se cayó de espaldas. Todos se reían, pero Felipe parecía no entender de malicias. Él disfrutaba, y corría, corría para cualquier lado, no respetaba posiciones, corría y perdía pelotas, miraba al cielo como preguntándole a Dios por qué no le salía una. Después del partido nos volvimos a Regina. El Pollo me devolvió mi pantalón y las medias, pero llevaba los botines de Felipe, que molestándolo le decía “dale gordo, regálamelos, si sos de madera, dale, me quedan re bien”. Felipe no contestaba, pero estaba enojado.
El lunes volvimos todos a la cancha. Felipe volvió a su buzo y pantalón de vestir, en una bolsa los botines que pasó a buscar a la casa del Pollo con su padre. “Eh, pensaste que no te los iba a devolver, te cagaste todo”, le dijo el Pollo. “Lo que no pensé era lo buena que estaba tu mamá”, le respondió Felipe sin inmutarse, sin soltar un gesto, rígido, como si la necesidad de ser honesto estuviera por sobre todas las cosas. El Pollo sin sacarle la mirada de encima le puso una piña en la cara. Felipe alias Pancuca no alcanzó a poner las manos y cayó de culo al suelo. Nadie se animó a decirle nada, pero sí fuimos a asistir a Felipe. Creo que todos queríamos cagar a trompadas al Pollo. Felipe se levantó y se lavó la cara, se terminó el entrenamiento como si nada.
Después de un año al Pollo se lo llevaron a jugar a Lanús, el ambiente cambió, ya no teníamos al goleador. El DT también se fue, se divorció y se puso de novio con una mujer de Tucumán, dicen que allá estaba dirigiendo otro equipo. El reemplazo fue un viejo re buena onda, me acuerdo que tenía una cara de borracho tremenda, pero era bueno. Todos jugábamos un poco más, nos enseñó mucho. Hasta Felipe jugaba mejor.
Hace unos días me lo crucé a Felipe en una carnicería, me dio alegría verlo. Estaba canoso y más Pancuca que nunca. Charlamos un poco, nos mirábamos de arriba abajo con la sorpresa del cambio físico, no nos veíamos desde los doce años. Sentí que no podía evitar esta anécdota y le traje este recuerdo. Nos reímos mucho, él se acordaba cosas que yo no podía recordar con exactitud. Me contó que el Pollo se casó y se quedó a vivir en Buenos Aires, se puso un taller mecánico con el papá y nunca más supo de él. Me contó que su mamá había fallecido, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Y así fueron pasando los números hasta que empecé a comprar yo, después compró él, y nos fuimos juntos a pagar. Y como quien cree en las casualidades o lo que sea, la cajera era una mujer mayor, que nos dijo buenas noches. Tenía lindos ojos marrones, rulos castaños, y sí: era la madre del Pollo. Al principio simplemente nos cobró lo que estábamos comprando, pero cuando nos conoció se apartó de su puesto de trabajo y nos dio un beso maternal, ya no estaba buena. Charlamos un poco del Pollo, de sus otros hijos, de su ex marido que se fue con una mujer mucho más joven a vivir a Brasil. Nos confesó que era violento, que el Pollo fue el que más lo sufrió, que ya no tenía trato con el padre. Otra mujer tomó el puesto en la caja y charlamos un buen rato más. De la cancha del barrio, de los precios elevados, de la gente impaciente, y del paso del tiempo.

Gerardo López
Escritor / Neuquén. N.