Jesús nació en Navidad

Aguafrías Sureñas / Sergio Di Leo

Jesús con María, en la Feria del Libro de 2014 (Foto de Atilio Calbucura)

“Si padeces calvicie no padeces un osito”.

Mártir Peperino Pómoro (Fabio Alberti)

Aprovecho que estamos en época navideña para recordar y tratar de retratar, una vez más, a Jesús Natalio Giménez, el Poeta de la Bicicleta, como él mismo se bautizó, que nació un 25 de diciembre y era más navideño que el Grinch que hoy adorna un espacio público galleguense.

Permítanme, entonces, recurrir a una nota que escribí cuando falleció, allá por marzo de 2020, si mal no recuerdo, para recuperar algunas frases puestas allí y agregar otras.

Nunca supe discernir si el tipo tenía más ganas de escribir que de llegar a los lectores, o al revés: si lo que más le importaba a mi querido Jesús Natalio era producir cosas para que la gente leyera, llegar al lector para entretener, asombrar, sacar una sonrisa, emocionar o simplemente matar el último minuto de tiempo libre.

Creo ahora, mirando hacia atrás, que era esto último. De hecho, nuestra relación profesional empezó así: él pidiéndome que le armara y publicara libros —tanto a él como a los amigos con los que se cruzara— y yo tratando de complacerlo.

El último contacto en ese sentido fue tan solo una semana antes de morir. Me mandó un mensaje por WhatsApp o por Facebook, preguntándome cuánto podría costar la edición de su próximo libro, aunque solo fueran cincuenta ejemplares, porque “Gabriel me guardó unos dólares y los quiero gastar en eso”.

Paréntesis: siempre tenía algún pesito guardado para publicar, y si no lo tenía lo pedía prestado, o se empernaba con Credil, y siempre lo hacía creyendo que su querida María no estaba enterada de que, una vez más, le restaba los mangos a las necesidades hogareñas. Pero ella lo sabía y lo perdonaba, porque mejor pasar necesidades por plata tirada en libros y no en vino. Cierro paréntesis.

Por suerte, nuestra relación humana empezó mucho antes y se prolongó más allá de los libros y las palabras. Encontrarme con Jesús siempre fue una alegría, porque, pese a todos sus líos, problemas y privaciones, era encomiable la garra que le ponía para ser feliz y hacer felices a los demás.

Por eso era una fiesta leerlo, aun cuando escribiera mal o sin demasiado esfuerzo. Le ponía más empeño a encontrar una buena idea para transmitir que en cuidar las formas para hacerlo. Y así era con todo.

He querido mucho a Jesús.

Lo quise a través de los ojos de su hijo Carlos, cuando lo bautizó “papá Ballenato” en su primer libro, y aunque nunca se lo dije, siempre lo reconocí así: como un ballenato en busca del agua perdida.

Lo quise a través de los ojos de amigos como Juancho, que aseguraba que se puso a misionar para aprovechar la bicicleta. Y él se reía.

Lo quise viéndolo tantos años con María, que llevó sobre sus hombros sus derrapes y sus orgullos, que mantuvo abierta la casa para él, sus hijos y sus nietos, siempre. Y si una mujer como María lo bancaba es porque algo bueno tenía.

Siempre que regreso a la ciudad, me resulta difícil caminar las calles sin encontrarlo, como fue difícil no verlo más con su puesto de libros en la esquina del banco, o como fue doloroso no poder buscar su mesa, cada año más escondida, en la Feria del Libro, los últimos años junto a Coliboro, con quien se complementaba para entretener a todo el que osara pasar a menos de cinco metros de su espacio.

Creo firmemente que no se debería desechar una obra porque su autor no nos guste o esté en las antípodas ideológicas, intelectuales o morales. Las obras, si tienen algo de valor, trascienden a sus autores y se transforman en entidades independientes. Por supuesto, cada uno es como es y hay veces en que nos cuesta disfrutar de alguna obra sencillamente porque su autor nos cae mal (al menos, a mí me pasa).

También sucede lo contrario: hay personas que, de tan bien que nos caen, nos hacen disfrutar de sus obras, aun cuando las habríamos descartado de plano si no tuviéramos relación con ellas.

Eso me pasaba con lo que escribía Jesús, y sé que a mucha gente le sucedía igual.

Y así lo recuerdo siempre: alegre, casi eufórico, hablando alto, haciendo temblar las paredes de la biblioteca con su voz cuando presentaba sus libros, riendo alto y claro cuando contaba sus propios chistes y las miles de anécdotas que conocía.

Y ni hablar del espectáculo que componía cuando se cruzaba con Mario Echeverría Baleta: entraban en un espiral de chistes malos, anécdotas peores y risotadas que interrumpían al otro, que no se enteraba, porque uno era atolondrado y el otro, sordo.

A veces, Jesús Natalio me acompaña por las calles de Córdoba, y es una buena compañía, que hace más entretenido transcurrir estos días tan poco dados a reírse del otro (porque de uno mismo es fácil, cualquiera se ríe), a disfrutar la vida porque sucede, nomás.

Y porque hoy es Navidad, y el tipo se llamaba Natalio, y estuve escuchando las parábolas del mártir Peperino Pómoro, que hilvana Fabio Alberti con la misma impunidad con que Jesús recorría sus anécdotas policiales, decidí darme el gusto y recordarlo en estas páginas.

A veces necesito más humor que buenas sintaxis; más incoherencias que reflexiones profundas dichas con los cantos apretados; más disparates y divagues repentinos dichos sin otro sentido que entretener, que cuentos escritos en una hora y corregidos durante los ochocientos días siguientes.

Hoy es uno de esos días. Por eso, Jesús Natalio, te invoco y te nombro.

Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail hola@últimoviernes.com

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