Narrativa / Cesar Ferro

Desde La Rama saludamos la aparición de un nuevo libro de cuentos y más cuando es el primero de un autor que se está dando a conocer: Cesar Ferro y su obra Cuentos desde el cementerio. Destacamos que ha sido publicado por una editorial nueva en la provincia, Ferra Ediciones, la que llega así al final de este primer año de vida con cuatro libros en su haber. Esto también es parte de la celebración, el emprendimiento editorial del escritor Luis Ferrarassi, y su apoyo a otros escritores para dar a conocer sus obras, algo digno de destacar en este fin de año. Luis ha sido y será siempre una narrador con espacio en nuestras páginas desde los inicios de la revista, ahora también reconocemos su nueva apuesta y lo felicitamos.
Por eso, esta vez, damos la bienvenida a la prosa de César con su cuento » Daemon» y dejamos al lector la aventura de descubrirlo.
Una plaza otoñal. Sin gente, con cielo gris y piso de hojas secas, crujientes y voladoras, que forman pequeños remolinos rodeando mis pies.
Un San Martín que señala para allá, montado en un padrillo enorme, congelado en el tiempo. Bancos de piedra. Más allá de la cruz de la plaza, sentada en el extremo del respaldo de uno de los bancos, la estatua en escala humana de un demonio, pensativo. Decoración interesante que no había visto antes.
Me acerco para verla mejor. Entonces, gira su cabeza hacia mí y me sonríe. Más que miedo, sorpresa ante lo que no puede ser. No me asusto, quizá porque nadie teme aquello que no existe ni está. Cuando inicio el intento de salir de ese sueño —porque no puede ser verdadera esa escena tan bizarra—, me habla:
—Miles de años responsabilizándonos de sucesos como éste.
En su mano derecha aparece un celular que muestra en la pantalla un video de Gaza bombardeada.
—¿Viste alguna vez un demonio piloteando un avión de combate?
No puedo responder. El momento me supera, el truco del celular me domina.
—¿Por qué pensás que soy un demonio?
—¡Ah, bueno, también lee la mente! —digo.
Y cuando oigo mi voz, me doy cuenta de que creí que pensé lo que en realidad dije.
—No es que lea la mente —dice—, es que las personas son transparentes para mí.
La mañana, entretanto, se disuelve despacio en una fría llovizna. Las personas insisten en no pasar y, por lo tanto, no puedo recurrir a nadie para pedirle que me saque de esta hora psiquiátrica.
—Me ves como un personaje medieval —asegura—, como una gárgola de una catedral europea. Y eso me duele y me ofende.
Ríe, y el celular en su mano se transforma en un mate preparado, que toma pensativo, como si lo ocupara algo importante.
—Tengo sentimientos, no soy de piedra.
Y al decir esto, echa hacia atrás la cabeza en medio de una carcajada tan violenta que las palomas, alrededor, levantan vuelo apresuradas.
Reviso mi actitud anterior, aquello de no asustarme. El frío aire matinal, la risa del espectro, y un temor creciente, erizan mi piel y vuelven inútil, por un instante, la campera que llevo puesta.
—No soy un fantasma. Así que, por favor, sé preciso al describir. Espectro no, espíritu estaría mejor. Un poderoso espíritu del cielo.
No solo lee lo que pienso, sino también lo que escribo en esta hoja. Es demasiado. En eso, pasa un gordo y le hablo:
—Señor, ¿usted ve lo que yo veo?
—Espero que sí —responde.
El gordo es enfermero y me dice:
—Tranquilo, tuviste un ACV, pero ya estás estable. Ahora viene tu hija, está haciendo trámites en la oficina del hospital.
Miro hacia la ventana, y en el cielo de mayo, muy arriba, una tardía bandada de cauquenes viaja hacia el norte. En tanto, una gárgola atraviesa su vuelo y, a modo de saludo quizá, inclina sus alas a derecha e izquierda, y luego, acelerando, atraviesa las nubes y se pierde de vista.

Cesar Ferro
Escritor / Río Gallegos. SC
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