Editar en Santa Cruz …y en Patagonia

Ecosistema Literario / Ariel Di Leo

En ocasión de la 32º Feria del Libro de Río Gallegos, que se realizó durante la primera quincena de este mes que termina, me invitaron a participar de una charla, junto a otros colegas provinciales, cuyo tema central era “Editar en Santa Cruz”. De lo expresado y de lo escuchado allí, nace la perspectiva de esta columna.

En primer lugar, una aclaración. Yo soy editor de revistas. Mi forma de expresión es editar revistas. Es la vertiente profesional por la que me decanté ya sobre el final de mi carrera dentro del diseño y el mundo editorial. De manera complementaria, en lo que a libros atañe, ofrezco servicios editoriales, esto es, implementar alguno o todos los pasos previos al trabajo de imprenta. 

No me considero editor de libros, porque creo carecer de algunas de las cualidades y conocimientos imprescindibles para editar libros y trabajarlos profesionalmente con un autor y tampoco tengo las habilidades comerciales necesarias para publicar libros, distribuirlos, ni el respaldo económico para hacerlo.

Mi tarea de hacer revistas nace de una profunda necesidad de comunicar. Y el vehículo para mí, el que yo comprendo, manejo y el prefiero es la revista. Después de más de 40 años en el ámbito de la comunicación social y las publicaciones periódicas, decidí tirarame a la pileta y tener una publicación propia. Primero fue La Rama, una revista impresa más o menos semestral. Después vino, Último Viernes, este mensuario digital que estás leyendo ahora.

En ambas, dedicadas al ámbito cultural y, en particular, a lo literario, nos encontramos lidiando con dos inconvenientes, que, a mi parecer, son bastante comunes a buena parte de la actividad literaria de la región. Hablo de la dificultad de circulación (de obras, materiales, actores, conocimientos) y la deficiente profesionalización (más notoria cuanto más nos alejamos de las grandes ciudades).

De la dificultad para distribuir guardamos cicatrices en propia piel, adquiridas al lidiar con uno de los problemas más grandes que tiene quien produce en Santa Cruz y en buena parte de la Patagonia. 

Sostengo en las entrevistas que Patagonia no es un desierto, es un archipiélago, son islas, más grandes, más chicas, desparramadas, y en casi todas es mucho más fácil comunicarse con Buenos Aires que con cualquiera de esas otras. Esto complica y encarece muchísimo todo el trabajo de distribución de material físico. Esta dificultad, determinante en un sector tan acotado como lo es el ecosistema literario, es un obstaculo serio en toda la Patagonia y una pared casi infranqueable en la provincia de Santa Cruz, donde las distancias se miden de a decenas o centenas de kilómetros y los consumidores de libros – en muchas localidades – se cuentan con los dedos de las manos. 

La revista La Rama chocó contra esa barrera y contra la falta, también, de espaldas económicas. El proyecto de revista impresa tuvo que entrar en un parate después de cumplir cinco años. 

A partir de ahí, viendo cómo continuábamos, decidimos encarar una revista digital y, si bien nos enfrentamos con el trabajo de aprender un nuevo idioma, porque en muchos sentidos lo digital es un nuevo idioma, también encontramos una ventaja, que es la ubicuidad. Eso significa que desapareció la traba para proyectarse a nivel regional. El problema dejó de estar afuera y pasó a depender de nuetras capacidades para generar masa crítica de audiencia y contenido relevante para la región. Esta es una experiencia que estamos transitando y en la que vamos aprendiendo todos los días. La frecuencia mensual nos obliga a un esfuerzo casi contínuo, pero la continuidad aporta muchas gratas sorpresas. 

Para quienes pertenecemos al ecosistema literario patagónico, acercarnos en las comunicaciones y en los medios electrónicos, relacionarnos y reconocernos en lo que nos es común y en lo que nos es particular, debería ser uno de los metodos para paliar ese aislamiento intraregional. Y tiene la ventaja de ser un método que depende mucho más de nuestras intenciones que de cuestiones materiales. 

En relación a cómo se puede mejorar o sortear ciertas limitaciones que tiene la producción editorial de nuestra provincia, se habló – en el ámbito de la charla mencionada – de diagnosticar el estado y también quiénes son los actores de la actividad. Y, sobre todo, hubo bastante acuerdo sobre la necesidad de profesionalizarnos. Ésa es, según mi opinión, la tarea prioritaria. Un proceso de profesionalización que no implica necesariamente una cuestión comercial ni la desvalorización de lo realizado de manera artesanal, si no todo lo contrario: es el aprendizaje de saberes que hacen a un oficio.

Hay mucha producción y, en ella, es tan valioso el fanzine de cuatro páginas como el libro de 600 hojas, en cuanto al proceso de creación y a las ganas de mostrar lo hecho a los demás. Pero se necesita mayor idoneidad en el proceso. Hablamos de la profesionalización del escritor. Hay muchos escritores, pero muchos tienen muy poco trabajo de elaboración, pocas herramientas que les permitan trascender. Profesionalización de los que participan del proceso de edición, corrección, edición de mesa, edición orto-tipográfica, diseño, maquetación. Hay que buscar la manera de que, en todos los niveles y en todas las etapas del trabajo, aunque sea de volumen artesanal, éste pueda ejercerse con herramientas idóneas, sin que necesariamente implique convertirlo en un proyecto comercial, pero sí que cuente con capacidades y aprendizajes que apunten a un producto dignamente acabado, tanto en envase como en contenido. 

Yo siempre recurro a la comparación con el músico. A mí me regalan una guitarra y yo, entusiasmado, aprendo a tocar cuatro o cinco temas, alguien me ayuda, otro me enseña. A lo mejor voy a un profe una vez por semana. Y puedo tocar, después de un año, en un cumpleaños o en una fiesta familiar, los cuatro temas que me aprendí. Pero no puedo salir a decir que soy músico, y ni me atrevería a subirme a un escenario. ¡Me correrían a sillazos! En el libro eso no pasa, porque el libro lo escribe alguien solo, y después, si de alguna manera consigue la plata, lo imprime, y todo esto, sin dudas, puede hacerse de una manera absolutamente solitaria. Y como la lectura también es un hecho solitario, es posible que ni autor ni lector se conozcan y entonces no tenés la devolución, nadie te dice a la cara -Che, ¡qué porquería el libro que hiciste! Te dicen -Ah, sí, sí, lo leí, tiene sus cosas, pero está… y listo, zafó. El interlocutor piensa-¡Ni loco se lo recomiendo a alguien!, pero eso no se le dice al autor. 

Igual sucede en todos en todos los otros oficios que hacen al ecosistema del libro. Por seguir con el ejemplo del la música, hay gente que, de chico, le tira el ambiente musical, gente que no tiene grandes cualidades como músico, pero que tiene otras capacidades, por ejemplo para ser buenos ingenieros de sonido y que terminan armando un estudio de grabación, o que, a lo mejor, pueden ser excelentes productores, o pueden profundizar en el trabajo escénico, la iluminación, etc. Hay todo un desarrollo profesional que, con el público delante y exigiendo mejor calidad constantemente, va progresando por efecto de que alguien dice -Yo no estoy para subirme al escenario, pero sí tengo cualidades para hacer esto o aquéllo que me convierte en una pieza necesaria y valiosa en el ambiente al que quiero pertenecer. Algo parecido tendría que ocurrir con el libro. Es decir que yo, en lugar de andar por ahí haciéndome el escritor, o el editor, encuentro mis limitaciones, y en lugar de disimularlas, busco qué habilidades tengo y puedo desarrollar para ser una parte eficiente de un colectivo que me fascina.

La profesionalización también supone respetar a cada uno de los que participan en el proceso de hacer un libro, y mencionarlo. Nombrarnos significa respetarnos, pero también autobligarnos a mejorar, porque en ese libro está el nombre del autor, pero tambien el de quienes hicieron que ese libro sea así, y no de otra manera.

Cuando hablo de profesionalización, de formación, no hablo de formación académica únicamente, sino tambien de autoformación. Por suerte ahora en internet hay mucho material para poder capacitarse seriamente, a la vez que te vas formando en la práctica. 

A modo de ejemplo agrego cuatro enlaces a sitios que he utilizado (por eso me atrevo a recomendarlos) y donde se puede adquirir panorama, conocimientos, bibliografía, cursos e información.

Mariana Eguaras: https://marianaeguaras.com/blog/

Domestika: https://www.domestika.org/es/home

Academia 451: https://academia.proyecto451.com

UNA / Diplomatura en Artes del libro: https://una.edu.ar/diplomaturas/diplomatura-en-artes-del-libro_30947

Ariel Di Leo / Río Gallegos. SC..

Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail hola@últimoviernes.com

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