Darío Mosso

In memoriam

Foto: Eduardo Aguirre

En un par de días se cumple un año del fallecimiento de Darío Mosso. Nos pareció oportuno recordarlo (y presentarlo a los que no lo conocieron), a través de las voces de quienes compartieron con él distintos aspectos de su actuación en el ámbito sociocultural de Río Gallegos. Estarán presentes Ricardo Mosso (su hijo, periodista radicado en Buenos Aires, quien participó de la edición de varios de sus primeros libros), Cecilia Maldini y Cristina Núñez (escritoras, integrantes junto a Darío del grupo literario Letras del Viento), Patricia Jiménez (participante, también, de dicho grupo y correctora de varios de sus últimos libros publicados), y Andrés Fernandez Cabral (artista teatral, cofundador con Mosso, en Río Gallegos, del elenco de Teatro Leído).

Conocía a Darío de vista, hasta que un día me convocó a una reunión para ver si podía ocuparme de la maquetación de un libro que tenía listo para publicar. A partir de ese momento, fue un placer cultivar una relación en la que nunca faltaban motivos e intereses compartidos que animaban maratónicas charlas. 

Prolífico escritor, fue un entusiasta promotor y colaborador de la revista La Rama desde que le conté el proyecto. Curioso empedernido de las manifestaciones artísticas y culturales, y de los entresijos de las relaciones humanas, siempre estaba amasando ideas que extraía de lo cotidiano, del entorno, de los temas periodísticos, y las iba convirtiendo en argumentos de sus cuentos. Siempre estaba dispuesto a aceptar sugerencias, y a evaluar críticamente distintos enfoques referidos a sus obras.

Con ustedes, Darío Mosso, en el recuerdo de quienes compartieron su quehacer.

Ariel Di Leo

Mi padre y la pulsión del cuentacuentos 

Por Ricardo L. Mosso

Primero fue el cuento de antes de dormir. El de la jirafa con el cuello muy largo que quería comerse una Luna que creía de queso. El mismo que mis cinco hermanos y yo escuchábamos de su boca —como si fuera nuevo— al principio de la infancia. Varias décadas después, aceptó que hiciera de editor de su segundo libro, El casino y otros casi trece cuentos (2009). Ahí descubrí su ansiedad literaria: una vez que escribía una historia la consideraba lista para salir al mundo por sus propios medios. Demasiado impaciente para meterse a retocar detalles, prefería ocuparse en poner en papel otros nuevos relatos. “Vos sos el editor: si hiciste cambios es porque consideraste que había que hacerlos. Lo que haya quedado me parece bien”, me dijo cuando le envié la primera versión revisada de un cuento suyo. A partir de ahí aprendí: me puse a editar con todo el cuidado posible para no deformar su estilo intuitivo. Sin dejar de alivianar con puntos seguidos oraciones demasiado largas. Ni de cortar digresiones que podrían hacer que el lector se pierda. 

En la década de 2010 edité otros tres de los ocho libros que publicó, y no estoy seguro de que él haya leído las segundas versiones de sus cuentos. Sí sé que se las reenviaba al diseñador sin tocar nada. De puro ansioso, quizás querría ver sus libros impresos cuanto antes. O a lo mejor era también una muestra de confianza en mi intervención. Lamentablemente, ya no puedo preguntarle. 

Por eso mismo estamos preparando para 2026 la compilación de todos sus cuentos editados en un solo volumen, en formato impreso y en e-book. Lo vemos como una forma de paliar su ausencia física. El deseo es que la colección sea un homenaje, y un documento para quienes estudien la narrativa santacruceña de fines del siglo XX y principios del XXI.

Mientras tanto, en el primer aniversario de su muerte, me queda la sensación agradable de que mi padre me haya dejado ser una especie de partícipe secundario de su pulsión de cuentacuentos. Ese deseo de contar historias que de chico me regaló la historia de la jirafa que quería comerse la Luna.

El tejedor de historias

Por Cecilia Maldini

Conocí a Darío Mosso en la Biblioteca Ciudad del Nombre de Jesús, donde nos reuníamos cada tarde de sábado en el taller Letras de Viento. Allí conocí a Darío, el poeta, el cuentista extraordinario, el repentista. Recuerdo que allí, en esas tardes de taller, Darío podía dar forma a un poema en pocos minutos y sorprendernos con la belleza de su creación. Podía hablar del amor, de las calles, del paisaje, de todos los aspectos del alma humana, así, como si fuera fácil.

Desde el primer momento me impresionó su prodigiosa memoria, su bagaje cultural, y las ganas con que se expresaba. Era como si durante años y años hubiera acumulado en su interior cientos de historias hasta que encontró el lugar propicio para liberarlas, con lujo de detalles. Ese lugar fue el taller literario, que funcionó durante muchos años. Había comenzado como un taller municipal, luego nos mudamos a la biblioteca y los últimos años recalamos en el viejo bar Los Vascos. 

Si Darío hubiera nacido en la Edad Media, seguramente hubiera sido el más feliz de los trovadores, porque nunca podría vivir con ese cúmulo de historias que lo habitaban. Iría por los pueblos contando sus historias, que saldrían de su interior a borbotones, como si estuvieran todas enrolladas en una gran madeja de palabras, de las que solo tenía que tomar un hilo para liberarlas.  Tal como lo hizo siempre. 

Recuerdo que en una entrevista le preguntaron cuánto tardaba en escribir un cuento y por qué escribía.  «A veces un día, una semana o un poco más», contestó a la primera pregunta. Luego añadió que escribía porque le gustaba y también que escribía para no volverse loco, parafraseando a Ernesto Sábato.

Me sentí muy honrada cuando, al resultar ganador del programa municipal Mi Primer Libro, me pidió que le hiciera el prólogo para  «Cuentos con decepciones y artilugios». Luego de éste, siguieron muchos libros de cuentos, todos nacidos con esa urgencia que parecía dominarlo. 

La gran escritora española Irene Vallejo dice que hay una gran conexión entre el tejido y la literatura. Lo llama tejido literario. Los términos usados en literatura nacieron del trabajo del hilado y la costura, desarrollado al inicio por las mujeres. En la oralidad nacían textos que usaban esas metáforas, que aún hoy siguen utilizándose: se urde una trama, se tiran hilos, se trenzan argumentos, se desatan nudos, todas las historias llegan al desenlace.  

Cuentos de Casinos, de un Miércoles en Epidemia…

Por Cristina Núñez

Tengo delante de mis ojos la obra literaria de Darío Mosso. 

Es una obra deliciosa, plena de grandes historias, relatos ricos en experiencia vivida, digna de la pluma diletante propia de un autor curioso, observador de lo humano.

Hablar sobre Darío Mosso me remite a un ser que, con timidez, se acercó y se sumó al grupo literario Letras del Viento uniéndose con su participación en cada encuentro, en cada feria del libro, en las Antologías Un rato de relatos (relatosdearatos), Alouette, el libro de Clara y distintos fanzines.

Su letra, muy urbana, sus narraciones llamativas y hasta risueñas, convocaban a su escucha en las que siempre las concluía con un final si bien divertido, también de mucho aprendizaje.

Nada de lo que vivenciaba le resultaba indiferente. Ya sea un espectáculo teatral, la presentación de un libro o una charla de algún experto en diferentes temas.

Absorbía con entusiasmo todo lo nuevo, lo diferente y eso lo llevaba a sacar conclusiones aunque fueran no tan positivas, pero con fundamento y no solapadamente.

Le interesaba mucho observar la sociedad, el comportamiento de los seres que la integran cual sociólogo que analiza en profundidad el accionar de los habitantes de un lugar. 

Sin lugar a dudas, toda esta mirada de Darío lo ha llevado a publicar Cuentos con decepciones y artilugios (2006), El Casino y otros trece casi cuentos (2009), Epidemia Cuentos (i)reales 2012, Miércoles y otros cuentos de esos días en que nos quedábamos en casa (2020).

El recuerdo de la persona que fue Darío me lleva a rememorar la calidez de su decir, el respeto mutuo que nos prodigábamos y hoy, la conmoción de sufrir su ausencia.

Dejo en este extracto sucinto, fragmentos del prólogo que me invitara Darío a realizar sobre su libro El casino y otros trece casi cuentos, en el que destaco mucho de mi sentimiento hacia las historias, cuentos de su pluma deliciosa.

Toda muerte es injusta y esta partida de Darío lo revela aún más. Su legado literario deberá llegar a cada habitante de este sur que él aprendió a amar y respetar. Como lectores, se lo debemos. 

Prólogo de El Casino y otros trece casi cuentos :

Felizmente, al abrir las páginas de este libro, Ud. se encontrará con una prosa que entraña un relato minucioso de historias que Darío Mosso ha ido elaborando y, en algunos casos, guardado como un tesoro, hasta este preciado alumbramiento.

Los cuentos, bellamente revelados, son tratados con el cuidado propio de una historia, hasta si se quiere, verídica, sin dejar, por ello, de regocijarnos con la fantasía y la magia del decir de un narrador que no ceja en su intento de sacarnos una sonrisa en el inigualable estilo de la escritura de Mosso.

Cada relato es una estampa que refleja el poder de la observación del autor, no solamente a través del compromiso ocular sino de la sensibilidad fina y aún exquisita, propia de un análisis profundo del pensamiento que adquiere el protagonista en cada narración que integra este libro.

Nativo de la gran urbe, Darío Mosso nos posiciona en esas calles, quizás con un dejo de nostalgia, pero con el afecto perdurable de sus orígenes, en el detalle bonaerense de sus fantasías. 

Darío Mosso se ha arraigado a esta tierra sureña, se reconoce amante de esta Patagonia, la observa y en esa contemplación nos acerca, nos trae con afán y delicadeza, experiencias, ya sean de ficción o no, que aún al vernos reflejados en ellas, nos sorprende la calidad del rasgo, el gesto que Darío retrata y en forma fidedigna, la idiosincrasia de estas latitudes… 

Convenientemente, refiere con desenvoltura la problemática actual de los caminos insondables de la burocracia y, asimismo, nos atrae la narrativa afable, sin artificios, que nos cautiva a través de la lectura que descubriremos, desde el entrecruzamiento de historias,  hasta lo llano de una visión puesta en un relato con ojos infantiles, todos llevados con la pluma clara y reveladora de un narrador que no deja nada librado al azar.

Es interesante observar cómo el autor desmenuza gratamente estas pequeñas odiseas, estas historias francas, en las que la añoranza no queda relegada, sino por el contrario, nos conmueve con ese soplo de dolidas soledades en personajes que, abismalmente separados, coinciden en el mismo sentimiento.

Cada historia nos sorprende cuando nos revela, sin condicionamientos, los laberintos, lo insondable del pensamiento humano en la búsqueda que parece inagotable, de caminos que plasmen la concreción de la destrucción del otro por la obtención de una herencia imaginada y, finalmente, nunca efectivizada. 

La belleza y el compromiso en cada relato nos permite espejarnos en una situación enmarcada en la ficción que, quizás, hasta no nos resulte ajena. 

…El estilo y la cualidad de Mosso no deja de lado el humor y, a la vez que desdramatiza realidades con un decir natural, acompaña  el suceso de Enemigos con un corolario pleno de calidez.

El casino y otros trece casi cuentos, este título, se ajusta palmariamente a la escritura de Mosso pues cada relato, cada cuento, alberga en sí mismo, muchas más vidas e historias que la perfecta cantidad que incluye este libro y que su título numera.

El cuento o relato, debe trasuntar vida, dinamismo, interés, ingredientes que Mosso mezcla con un esplendor que privilegia su sensibilidad…”. 

La historia, la escritura y las charlas

Por P. L. Jiménez

¿Qué decir sobre Darío? Fue el amigo que estuvo cuando nadie más quedó. El que me alentó a retomar la actividad con una tarea que me interesaba. Todos tenemos malos momentos, él también los tuvo. Sin ser confidentes, salvo algún que otro comentario, compartimos más bien una camaradería de fierro, porque practicaba esa fidelidad de la que hacen honor los grandes amigos.
El mundo de las letras nos hizo coincidir en un momento y un lugar, el exacto, en el que disfrutamos una época de escritura con un gran grupo. Nos conocimos durante los primeros años de la década del 2000, en el taller literario. Luego de muchos años, esa iniciativa se diluyó, y  tiempo después, su mente inquieta me convocó para acompañarlo en una de las etapas previas, y necesarias, para la publicación de algunos de sus libros.
Desde que lo conocí, siempre vi su lado cordial, que ayudaba desinteresadamente, y, por supuesto, la manifestación de sus convicciones.
Dispuesto a compartir sus conocimientos sobre la historia y la política, los cafés disfrutados en dos o tres de sus lugares preferidos, en nuestra capital provincial, estaban ineludiblemente amenizados por sus apasionados relatos.
Cuando contaba algo, muchas veces en sus palabras estaba Josefina, su esposa. Se notaba el amor que los unía, y la comprensión que hasta los últimos momentos compartidos reinó entre ellos.
Se podría decir que el período en el que la literatura nos unió fue corto, en comparación con los amigos que tuvo desde el inicio de su residencia en Santa Cruz.
Y la vida es extraña, espero que para todos, porque tiene esto de sorpresivo e inevitable. Quizá porque no nos despedimos, todavía lo recuerdo cada vez que cruzo calle Fagnano, al ir caminando por Avenida Roca (hoy esa arteria principal lleva otro nombre, a Dios gracias, pero mientras hablo, en mi mente, no puedo cambiar su nombre). Sobre la primera, a metros de la esquina, tenía su histórico estudio jurídico. Y entonces… vuelvo al pensamiento que surgió, como reflejo de la emoción de ese momento, cuando me preguntaron por su persona, los días posteriores a su partida, en la radio (colaboraba yo, por esos días, con una breve columna). Habiendo sido no solamente abogado y escritor, sino también funcionario y promotor de diversos proyectos para la comunidad, Darío era muy conocido. Lo que dije ese día fue que desde ese momento, al rescatar lo vivido con él, el sentimiento que surgiría sería de tristeza, hasta que, pasado el tiempo, un día de sol, la reemplazaría una sonrisa. Todavía pesa más la nostalgia por su partida y la de Josefina, pero comienzan a formarse arrugas pequeñas alrededor de mis ojos cuando mi memoria trae al presente alguna anécdota con él, y mis labios quieren despegarse en un esbozo de algo que todavía no es.
Todos portamos muchas aristas según nos relacionemos en los distintos espacios en los que somos cada día, con otros: la familia, el trabajo, los amigos, los compañeros de camino de alguna actividad específica. Esta es apenas mi visión de una de las facetas de la persona que fue Darío.
En este, su lado de los libros y la escritura, se extrañan muchísimo sus comentarios, su entusiasmo, y también, las palabras con las que transmitía serenidad ante una adversidad.
Decir “siempre recodaré tu bonhomía, Darío” no alcanza. Más bien quisiera brindar por las originales ideas de tus relatos publicados (siempre tenías dos o tres ideas en puerta, para nuevos cuentos), y, a la vez, espero que donde tu espíritu esté ahora, tengas a mano un buen libro, un café con medialunas, y sobre todo, alguien con quien poder charlar.

Un conversador profesional

Por Andrés Fernández Cabral

Una tardecita de abril de 2013 recibo una llamado a mi celular: -Hola, soy Darío Mosso y quisiera encontrarme con Ud. a tomar un café
Nos encontramos en el bar del hotel Comercio, me contó que él habitualmente integraba grupos de lecturas de cuentos, poesía, relatos, pero tenía un especial interés de saber cómo era eso de leer teatro. Nos volvimos a encontrar a la semana siguiente, yo llevé varios textos teatrales de dos personajes masculinos para leer. Quedó fascinado con la experiencia y entonces dijo: –Tenemos que hacer un grupo de lectura con esto. Acepté y así nació el Grupo de Teatro Leído de Río Gallegos, que estuvo muy activo hasta que apareció en escena la pandemia, como con tantas otras cosas, hizo que no nos pudiéramos juntar más. 

En las muy variadas presentaciones que realizamos con el grupo, yo siempre mencionada que éste había nacido de la mano de Darío, él no estaba muy de acuerdo y decía que yo  era el creador. Así era Darío, siempre generoso, pensando en el otro, generando proyectos, apoyando a distintas disciplinas artísticas. Yo solía decirle: –Ud. es un Doctor Bohemio, y él se reía. –Sí sí, pero no lo diga en voz alta que pierdo clientes.  Jamás podías aburrirte con Darío, era un conversador profesional.  Como dije, la pandemia hizo que no nos viéramos durante mucho tiempo, pero a Adriana Grumblatt se le ocurrió hacer Queremos Contarles en Facebook y allí también estaba Darío, subiendo sus videos,  leyendo y compartiendo esa nueva experiencia, ¡cómo se la iba a perder!

Comentarios y sugerencias son bienvenidos en el mail hola@últimoviernes.com

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