Narrativa / Sebastián Grimberg

Cualquier persona más o menos observadora, más o menos sagaz o experimentada, entrenada incluso, puede intuir con bastante precisión los pensamientos de su interlocutor. Y esos interlocutores suelen decir me leíste el pensamiento. Pero lo que se dice leer, realmente, el pensamiento, eso es algo que muy pocos pueden hacer. Amelia era una de esas personas. A veces creía, sin mucho fundamento, que su habilidad, como la llamaba para sí misma, era algo con lo que debía haber nacido y que se había manifestado aquella tarde, por ser un momento crucial en su vida. Otras veces, mientras tomaba los primeros mates de la mañana, después de que su marido se hubiera ido a la fábrica, pensaba que su habilidad le había sido dada a cambio, sobre todo por el momento en que había surgido. Entonces miraba, durante varios minutos, la imagen de la Virgen de Caacupé sobre la cómoda. Había, además, otra idea, una idea que rechazaba con toda su fuerza: que su habilidad era un castigo, un ensañamiento. Cuando esa idea aparecía, Amelia se ponía de pie, salía al patio sin levantar de la mesa los restos del desayuno, agarraba la escoba y se ponía a barrer el suelo de tierra mientras las gallinas ensayaban vuelos que quedaban truncos y levantaban más polvo. Un poco después, mientras echaba manojos de maíz a las gallinas, se esforzaba por reconstruir esa tarde que había vivido meses atrás, buscando, en los más mínimos detalles, algún indicio que le permitiera inclinarse por una u otra posibilidad. Se veía entonces frente al espejo del baño, peinando el pelo húmedo, envuelta en una toalla, tratando de disimular con base la piel curtida de la cara; se veía entrando a la habitación donde esperaba, sobre el cobertor amarillento de la cama, su mejor vestido; se veía atravesando el patio de su casa, alejando con el pie a las gallinas con las cuales su nieto, la única vez que iría a visitarla, probaría, como Amelia leyó en su cabeza, lo que había escuchado decir: que las gallinas eran tan estúpidas que se comían hasta una escupida. Se veía atravesando las calles del barrio, esquivando charcos y procurando no embarrarse los zapatos; se veía un poco después sobre la plataforma de la estación, mirando hacia el lado del que tenía que llegar el tren, eligiendo revistas infantiles frente al puesto de diarios, ocupando un asiento, dejándose acariciar por la brisa que se metía por la ventanilla, comprando todas y cada una de las golosinas que los vendedores ofrecían, metiéndolas en la bolsa, junto a las revistas, con una sonrisa. Hasta ese momento —Amelia había repasado las escenas infinidad de veces— ningún atisbo de su habilidad. Estaba casi segura, aunque en ocasiones creía que la emoción de conocer a su nieto de seis años, del que su hija, cuando volvieron a encontrarse después de dos décadas, le había mostrado una foto, podría haber ocultado los posibles indicios de su habilidad, si es que aquel día había estado presente desde temprano. Tampoco creía haber percibido nada en particular cuando se bajó en la estación central del ferrocarril, mientras caminó, dubitativa, entre las personas que llenaban la plataforma y se abalanzaban hacia las salidas. Ni siquiera mientras recorría las paradas de colectivos con el papelito donde su hija había anotado, junto a su dirección, la línea que debía tomar. Al llegar al barrio de casas bajas, había preguntado el nombre de la calle a un hombre que regaba su jardín y de él no recordaba más que un gesto de desdén o rechazo al que en ese momento no dio importancia pero que después, días más tarde, consideró una advertencia de lo que se venía. Sin embargo, llegó hasta la puerta con la numeración indicada, llena de esperanza. Es cierto que el corazón le latía rápido, como le pasaba algunas veces en que la heroína de su telenovela preferida se encontraba en una situación difícil, pero todavía sonreía, como iba a seguir haciéndolo cuando su hija le abriera la puerta, la saludara con un beso en el cachete y le pidiera que la siga. Continuaría sonriendo mientras atravesaran el largo pasillo descubierto, doblaran a la izquierda, cruzaran la puerta y el minúsculo patio con macetas descoloridas. Sonreiría, aún, pero de un modo completamente distinto, cuando en el sillón de ese living rectangular, en el que nunca había estado, encontrara sentada a Emilse, y su hija, esa hija que por veinte años no había visto y que también sonreiría, retorciéndose las manos, le pidiera que esperara un momento mientras iba a buscar al niño. Hasta ese momento, Amelia estaba segura, nada de su habilidad se había manifestado. Si así fuera, podría haber leído lo que pasaba por la cabeza de Emilse, que la miraba fijo desde el sillón, con las piernas cruzadas, las manos sobre el regazo y la actitud serena de quien sabe que tiene la batalla ganada de antemano. Pero no había podido. Amelia también le había sostenido la mirada. Ya no trabajaba para ella, ya no era la empleada. ¿Con qué derecho la miraba así? Además, Amelia le había dado una hija, a su hija, porque Emilse, o su marido, aunque lo más probable era que fuera ella, estaba seca por dentro. Amelia había repasado minuciosamente ese momento, el previo al desmayo, y no, nada de su habilidad. Sólo recordaba su propio pensamiento, insistente: ya te di a mi hija, no esperes que también te entregue a mi nieto. No había sido como en las telenovelas, que la heroína primero se lleva el dorso de la mano a la frente, busca apoyo en algún sillón y se empieza a caer; en ella había sido como pasar de un estado a otro: primero parada sobre la alfombra llena de arabescos amarillos y marrones, a un metro de Emilse, y luego una perspectiva totalmente distinta: la que tuvo desde el suelo, con las cabezas de su hija y su nieto orbitando sobre ella. El momento del despertar había sido confuso y lleno de temor, porque a sus propios pensamientos, blandos y poco delineados, se superpusieron palabras, frases y hasta sensaciones que, estaba segura, no le pertenecían. Esa confusión le duró mientras la ayudaban a sentarse en el sillón, le servían un té, le preguntaban si estaba bien. Había respondido con monosílabos, porque temía que alguna de esas palabras y frases ajenas se le escaparan por la boca. Después de asegurar que estaba bien, su hija, frente a ella, apoyándole las manos en los hombros al niño le dijo: este es mi hijo. No dijo tu nieto, como ella hubiera esperado, y el niño, frente a ella, con una mirada clara, se notaba sorprendido y un poco molesto. No iba a ser hasta los días siguientes, luego de que una marea de voces se le metieran en la cabeza mientras el tren la llevaba de vuelta; luego de que la voz lenta y grumosa de su marido resonara dentro de su cabeza cuando ella le servía la cena, comparando su culo con el de una vaca; luego de que notara, al entrar al almacén donde el dependiente la recibía con una sonrisa, que le recriminaba la cuenta acumulada en la libreta; no iba a ser hasta ese entonces, que Amelia iba a comprender lo que sucedía; iba a entender que, regalo o castigo, podía conocer los pensamientos de la gente. Recién entonces pudo ordenar y asignar a quiénes correspondían las palabras y sensaciones que aquella tarde crucial aparecieron en su cabeza. Entonces supo que el una señora que también es mi mamá, con voz finita que había escuchado, era lo que en ese momento ocupaba la cabeza de su nieto y lo que, seguramente, su hija le había dicho momentos antes del encuentro. En el niño había percibido inquietud. Pero era una inquietud sin miedo, seguramente propia de un chico activo. También había percibido en él sorpresa, y una imagen donde Amelia se veía a sí misma, enorme, acostada arriba de la alfombra sobre la que se había desmayado; era tal cual la había visto su nieto. El miedo que había sentido ajeno, era de Emilse y se acompañaba de: ¿por qué tuviste que aparecer? ¿Qué es lo que querés? Vos la dejaste, me la dejaste a mí. ¿Qué querés ahora? Las reacciones de Amelia frente a esos pensamientos de Emilse eran contradictorias. Por un lado la alegraba su temor, si Emilse temía de su presencia era porque, en el fondo, ella tenía posibilidades de tener una buena relación con su nieto y, quizá, de recuperar a su hija; pero ese me la dejaste, me la dejaste a mí, era como los trompazos en el estómago que su ex marido, el padre de su hija, le había dado antes de marcharse. Amelia estaba segura de que aquella tarde hubo otras palabras, otras sensaciones, pero no las recordaba ni se esforzaba por hacerlo, tenían que ser, sin duda, los pensamientos de su hija.

Sebastián Grimberg
Escritor / El Calafate. SC.