Crónica / Patricia Sampaoli de Bonacci
Tercera parte

Cuarto destino / París
Te parece escuchar un acordeón junto al sonido del agua, que corre por el Sena portando milenios de historia. La Francia de las catedrales y los trovadores, de las invasiones vikingas y las cabezas rodantes al pie de la guillotina. En el aire, ligeramente húmedo, parecen resonar las palabras libertad, igualdad, fraternidad y quisieras volver a saber de barricadas como en el 68, como en el Mayo Francés, tan repleto de reivindicaciones…
Y lo primero que te asombra es que, en todos los cafés y restaurantes visitados, solamente se escuchaban canciones de moda en inglés: cuando una sueña con morder una croissant al son de Sur le ciel du Paris… ¿Dónde estará Zaz? ¿Dónde se perdieron Aznavour… y Alain con su Leticia?
(Justamente ayer supe que, una de las razones del encanto de la fisonomía de Alain Delon es que poseía ojos de mujer bajo unas cejas sumamente masculinas… andá a saber si ha sido tan así).
En fin, no pude, como Hemingway, pararme a contemplar los tejados de París para pensar, como lo hizo él: «No te preocupes. Siempre has escrito y escribirás ahora. Solo tienes que escribir una frase verdadera. Escribe la frase más verdadera que conozcas»…
Medianoche en París, del genial Woody Allen da cuenta de ese panorama mítico, en su película nostálgica y encantadora. Una especie de realismo mágico, un sueño que los escritores querríamos vivir en carne propia. Viajar en el tiempo para ver esos protagonistas de una literatura casi sin parangón…
Eso sí, y volviendo a Hemingway, “nunca vayas de viaje con alguien a quien no amas”, estaba yo en París, con mi hija, que ya había andado por allí de pequeñita, de la mano de Disney, con el Jorobado de Notre Dame y con Ratatouille. Es interesante la experiencia de estar recién llegadas, sentarnos a comer una pizza en un restorán cercano a la Torre, y que de pronto ésta se ilumine con todo esplendor.
Caminamos por los campos Elíseos, contemplamos al pensador de Rodin, recorrimos el puente con los candados, oxidados ellos como, seguramente, la mayor parte de los amores sellados con un beso y una llave perdida en las aguas del río. Seguimos algunos de los pasos de Oscar Wilde, que exhaló su último suspiro en el Hotel d’Alsace, que hoy se llama L’Hôtel, y está ubicado en el barrio latino. Allí vivió los dos últimos años de su vida. Ese hotel, de lujo en la actualidad, homenajea al escritor conservando íntegra la habitación donde falleció, en noviembre de 1900.
El Louvre te impacta: lo primero, esa Victoria Alada de Samotracia; después, la Venus de Milo, la Mona Lisa, la Coronación de Napoleón… el Buey Desollado de Rembrandt. Te parece mentira estar ahí, poder apreciarlas después de tenerlas, como en un juego imaginario, enmarcadas en la mente.
Estaban restaurando parte de la famosa catedral de Notre Dame, que se encuentra en el corazón de la ciudad, esto mucho antes del desastre que la devastara casi completamente, perdiéndose el extraordinario armazón del siglo XIII, el campanario de la parte posterior de la nave y la aguja de Viollet-le-Duc, imponentemente alta. La miramos desde afuera, no quisimos sumarnos a una interminable cola, que apenas podía protegerse de un sol calcinante.
París no sería París sin la Gigi, de Colette; sin Víctor Hugo, el escritor parisino más famoso del Segundo Imperio; sin Alexandre Dumas y sus tres mosqueteros, sin su hijo con La dama de las camelias; sin Charles Baudelaire que con su poemario Las flores del mal fue acusado de atentar contra la moral pública… ¡Qué lista interminable de escritores se podría colocar aquí! Molière, Zola, Flaubert, Perrault, Lamartine, Rousseau…
Y de las mujeres, solo nombré a Collette, pero están muchas autoras en las calles de París, en sus rincones emocionantes, entre ellas quiero destacar a Olympe de Gouges que, además de escritora, fue filósofa política y escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791). Interesante personaje que invito a indagar ya que militó, inclusive, a favor de la abolición de la esclavitud, y terminó sus días de lucha en la guillotina.

Nuestros pasos también nos dirigieron a una callecita maravillosa, en el 37 de la Bûcherie, donde se alza Shakespeare and Company una librería que sirve al mismo tiempo como biblioteca especializada en literatura anglosajona. Fue fundada el 19 de noviembre de 1919 por Sylvia Beach, en otra dirección, el 12 de la calle Odéon, y funcionó allí entre 1919 y 1941. Durante ese periodo, la tienda fue considerada como el centro de la cultura anglo-americana en París. Era visitada a menudo por autores pertenecientes a la Generación Perdida: Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Ezra Pound, Gertrude Stein y James Joyce.
En su segunda etapa, a partir de 1951 y ubicada en otra dirección junto al Sena, cerca de la plaza de Saint Michel y a dos pasos de Notre Dame, pasó a ser el punto de encuentro de la Generación Beat: William Burroughs, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti y Gregory Corso, autores a los que he leído poco, se daban cita allí. El norteamericano George Whitman, siguiendo el ejemplo de librería acuñado por Silvia Beach, la abrió en ese año con el nombre de «Le Mistral», cambiándolo al de Shakespeare and Company al morir su predecesora. Es una tienda de libros maravillosa.
Corría el año 2015 cuando, en el local de al lado, se abrió el café Shakespeare & Co, que ofrece comida orgánica y vegetariana. Eso nos lo perdimos, ya que nuestro viaje fue anterior a su instalación. Como dato encantador, el piso bajo cuenta con un wishing well, o pozo de los deseos donde los visitantes suelen arrojar monedas, en la esperanza de alcanzar algún sueño. En el primer piso se cuenta con un refugio para los viajeros, el tumbleweeds, que ofrece albergue a cambio de algunas horas de trabajo diario en la librería. ¡Mirá vos, qué interesante pasar algunos días hospedada allí!
En los viajes largos, hay que ser muy selectivo con lo que una compra: me traje El Fauno de Mármol, de Nathaniel Howthorne, un autor norteamericano que me gusta mucho; un libro en inglés editado en 1961, que está lleno de marcas y subrayados de vaya a saber qué estudioso de su obra. Tiene el sello redondeado de la librería Shakespeare and Company en la primera página, y yo le estampé lugar y fecha de mi adquisición: París, 27 de julio de 2013.