Sobre jaulas y vuelos

La jaula de un hombre

Dramaturgia / Anibal Albornoz Ávila

La obra recibió el Premio Internacional de teatro “Dramaturgo José Moreno Arenas”, realizado por el ayuntamiento de Albalote (Alquería de las Encinas), Granada, España, 2015.

Sinopsis

Ato Yasura es un carpintero nacido en una aldea cercana a Hiroshima, afincado en un pequeño pueblo junto a la Cordillera de los Andes en algún lugar de Argentina. Su tarea de fabricar jaulas y trampas para pájaros, después de haber trabajado años con sufridos mineros del carbón, lo arrinconan en la pobreza y lo obligan a una vida de asfixiante rutina. Sin embargo, las palabras extrañas y bellas que surgen de su interior le hacen suponer que quizás su destino sea el de ser poeta. Pero también intuye que para ello deberá liberarse material y espiritualmente de su vida de carpintero “que aprisiona pájaros”, aunque tenga que pagar un alto precio de soledad e incomprensión (especialmente de parte de su esposa Gretel) para alcanzar ese nuevo destino.

Breve hoja de ruta

El dramaturgo ante  nuestra mirada es Aníbal Albornoz Ávila. Él nació en 1957 en Argentina. Actualmente, reside en la localidad de 28 de Noviembre, Provincia de Santa Cruz. Es también poeta, novelista y creador de letras para canciones.

Entre los textos de su autoría se encuentran los siguientes títulos: Aguacero del triste y Pájaros con ojos de vidala (poesía), La jaula de un hombre (teatro – España, publicado a continuación), Las amanecidas del fiordo Caupolicán (editado por el Instituto Nacional del Teatro), Tempranas margaritas (novela editada en España) y Probanza del retablo (teatro-editorial El Trébol). 

Entre los muchos y polifacéticos proyectos desarrollados, dirigió el elenco estable de la Unidad Académica Río Turbio (UART) de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral, desempeñando en la oportunidad los roles de dramaturgo, puestista y director. 

Ha escrito canciones en coautoría con conocidos músicos de nuestro país como Raúl Carnota, Eduardo Guajardo, Juan Falú,  Mario Díaz,  Ramón Navarro y muchos otros que conforman un conjunto que alcanza la veintena de creadores relacionados con el cancionero nacional. 

Sus letras han sido grabadas por Juan Iñaki, Eduardo Guajardo, Silvia Iriondo, Máryam Mondragón (Colombia), Sofía Rulloni (México) e innumerables intérpretes más. 

De sus premios, obtenidos en el orden municipal, provincial, nacional e internacional, cabe mencionar los siguientes:
Premio Gustavo “Cuchi” Leguizamón del Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires. 

Premio Nacional de Obras de Teatro -Región Patagonia-13ª Edición del Instituto Nacional del Teatro, Buenos Aires. 

Mención Honorífica en teatro del Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires. 

Premio Internacional Certamen teatral ´Dramaturgo José Moreno Arenas, realizado por el ayuntamiento de Albalote (Alquería de las Encinas), Granada, España.

Premio internacional Alfeizar de Novela, España.

Premio Internacional de poesía, El Calafate, Argentina. 

Mención Honorífica Internacional de la revista En Sentido Figurado, órgano oficial de la Academia Nacional de Poesía de México, 2024.    

Luego de este breve racconto de hitos en la vida del autor, sólo queda el leer su obra.

Aníbal Albornoz Ávila

Dramaturgo, poeta, novelista y creador de letras para canciones. / Río Turbio. SC.

A continuación compartimos la obra completa

La jaula de un hombre

Personajes

Hiroshima (Ato Yasura)

Gretel

Manuel del Cabral

Pastor Astorga (El hondero)

La gran jaula que cuelga desde el techo, como cualquier otra jaula, está vacía, solo una música de Ella Fitzgerald ocupa los espacios. Una lámpara a kerosén alumbra el ámbito. Hay una puerta de jaula, una mesa, herramientas de
carpinteros, es decir, las herramientas del carpintero Hiroshima (Ato Yasura, en verdad), también jaulas y tramperas para pájaros requeridas por los honderos de la montaña,  la estepa y los habitantes del fiordo Eberhard. 

Afuera sopla viento (la música no cubre algunos intersticios del afuera). En la calle se va despidiendo una tarde luminosa. Ingresa por la puerta Gretel, una mujer de cincuenta y tantos años, llega despeinada. Con aflicción, un poco más atrás, lo hace Hiroshima, con sus cabellos revueltos y una edad indefinible, quizá cercana a los años de la mujer.

Hiroshima: ¡Espere mujer! ¡Espere! Es cierto lo que le digo…

Gretel: (Con aspavientos) ¡Deje! ¡Deje!

Hiroshima: Los pájaros… (Alisa con aflicción los cabellos), son los que me despeinan… los pájaros (presuroso señalando la calle), los pájaros…

Gretel lo mira en silencio

Hiroshima: (Con un ademán dulce) Los pájaros del viento… el viento, mujer, ¡bah! Los pájaros… me ve que estoy despeinado, (acerca su mano a la cabeza de la mujer) usted también, mujer… Usted también, vea…

Gretel: (Interrumpe) Yo estoy despeinada… por…

Hiroshima: ¡Sí, por los pájaros!

Gretel: (Con fastidio) Por el viento, Ato Yasura.

Hiroshima: ¡Por los pájaros! ¡No lo niegue! ¡Por los pájaros del viento!

Gretel: (Con desdén de mujer) Deje eso para los poetas. Usted es carpintero, Ato Yasura… no lo olvide… ¡Carpintero!

Hiroshima: Pero…

Gretel: (Sentenciosa como algunos animales encelados) Carpintero… poeta, no. No olvide. Un poeta…

Hiroshima: ¿Un poeta qué?

Gretel: Es alguien…

Hiroshima: ¿Es qué?

Gretel: No me apure el pensamiento, Ato Yasura.

Hiroshima: No tiene idea. (Resignado) Yo tampoco.

Gretel: ¡Eso! Usted no sabe ni qué es un poeta. Le pregunto (imperativa) ¿Es o no es un carpintero? ¿En este pueblo usted qué es? ¡Conteste!

Hiroshima: Está bien, no soy un poeta. Nunca dije tampoco que lo soy. Pero, creo que un poeta es un hombre, un mortal (avergonzado) ¿Qué sé yo?

Gretel: A usted lo despeinó el viento, eso está claro. Clarísimo. Usted no es poeta, también eso está claro…

El carpintero está en silencio, buscando palabras, mientras comienza a lijar una pequeña vara de una jaula. Habla cuando puede:

Hiroshima: Está claro que no encuentro palabras para decirle algo que sé que debo decirla, que están en la punta de mi lengua, pero amontonadas, sin orden; o se quedan calladitas en mi cabeza, o en mi panza…

La mujer lo mira con incredulidad

Hiroshima: ¡Sí, la panza! Porque me duele… también parece que me duele el corazón… como si revoloteara un animal en mi corazón…

Gretel: (Con suficiencia) Ya ve, si no encuentra palabras no es poeta… (Recalca) No es poeta…

Hiroshima: Es que en vez de reunir palabras, reúno silencios, mujer… pero… ¡Usted tiene la respuesta…!

Gretel: (Fastidiada) ¿Yo?

Hiroshima: ¡Sí, mujer!

Gretel: ¿Por qué?

Hiroshima: Simple… Usted me ha comparado con un poeta…

Gretel: ¿Sí?

Hiroshima: Claro… yo nomás dije eso de los pájaros…

Gretel: (Interrumpiéndolo) ¡Corrijo! ¡Corrijo! Digo ahora, que esas son cosas de un loco. Palabras que salen de un loco o de la boca de un hombre enloquecido (Se toma la cabeza con sus manos) ¡Ay, Dios!

Hiroshima: Será que un poeta es un hombre enloquecido por una enfermedad desconocida, un virus, quizá… un ácaro… un bacilo…

Gretel: O un poeta es un poeta, (con fastidio) y un enloquecido es un loco, etcétera, etcétera…

Hiroshima: Yo seré un loco tal vez, no un poeta… ¿no?

Gretel: Es posible (con énfasis), si sigue diciendo cosas parecidas a eso de los pájaros…

Hiroshima: ¡Eh, eh! es que me salen, mujer… salen…

Gretel: ¿Y cómo es que no puede describir a un poeta? (Desafiante) A ver, ¿qué es un poeta? Es simple, sencilla la pregunta.

Hiroshima: ¡No sé! Será un hombre enloquecido, (con admiración y delicados modales) quizá, de sombrero extraño, de barba, de cara huesuda 

y lengua fácil. Quizá. No sé, yo no encuentro palabras. Las palabras me encuentran a mí. (Susurrando) Algunas veces me he encontrado escribiendo cosas… inclusive describiendo pájaros que nunca vi, pero que parecen ser de mis antepasados. Una imagen constante, por ejemplo, es la de un pájaro que mi abuelo Otaku llamaba Kanjui, con plumaje bruno y un pico naranja (hace gancho con su dedo) así… con un vuelo de cernícalo.

Silencio. Gretel lo mira con ojos de asombro.

Hiroshima: Sobre el Kanjuise cuentan muchas versiones, entre ellas, las de un relato atávico cuando el ave se convierte en mito en un río de poca profundidad e innumerables meandros. Dicen que en ese suceso matinal, el río de aguas menguadas creció y salió de madre, salpicando con sus aguas el vientre del Kanjui, dejándole pintas blancas… ¡Ah! y que en esa comunión de río y ave se comprende por qué también, ajustando sus alas extensas, puede ser un pez veloz… como un Zebrafish… y con la fuerza de esos salmones trepadores de ríos… según escuché, tienen existencia en estas tierras…

Gretel: Cuentos… cuentos y escrituras con errores de ortografía, balbuceantes. ¡Ay!, tontas palabras… entreveradas con su idioma con dibujitos…

Hiroshima: Las palabras me encuentran a mí… mujer.

Gretel: Eso es ilógico. Las palabras están dentro de uno. Los hombres  razonables tienen palabras razonables.

Hiroshima: ¿Qué debiera decir yo, mujer? ¿Eh?

Gretel: Palabras que digan lo que deban decir. Veamos. Cuando usted, Ato Yasuko, alias Hiroshima, toma agua, ¿qué toma?

Hiroshima: ¡Agua, mujer!

Gretel: ¿Qué es lo que lo despeina allá afuera?

Hiroshima: (Duda) ¡Eh!

Silencio.

Hiroshima: (Con sorna) ¡No haga trampa, mujer!

Gretel: ¡Diga!

Hiroshima: No haga…

Gretel: Sea razonable, ¡conteste!

Hiroshima: (Vacilante) El viento…

Gretel: Eso es razonable. El viento… eso es… el viento…

Gretel: El viento.

Hiroshima: (Con énfasis) ¡El viento, ese otro pájaro! (Pensativo) Ese otro pájaro…

Gretel: (Con fastidio) Ya veo… ¡Pájaros, pájaros, pájaros! (Hace como si les disparara) ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Silencio.

Hiroshima: ¿Qué cosa?

Gretel: (Tocándole la cabeza) Su cabeza… Me pregunto si seguirá nevando. ¿Seguirá? ¿Ya Vendrá el deshielo?

Hiroshima: Quizá caiga nieve, mujer…

Gretel: ¿Quizá?

Hiroshima: Hoy vi una bandada de tordos sobre los cables, algunos andaban sobre los saúcos, cercanos a la ruta hacia el puerto. Otros estaban en los sauces, camino a Dorotea. Están por todos lados.

Gretel: ¿Y eso?

Hiroshima: Usted sabe que cuando esos pájaros oscuros asoman por el pueblo, cae nieve… mire por la ventana cómo nevó en la cordillera…

En esa casa hay una pequeña ventana, con visillos rosados y ataduras blancas. Por allí miran las últimas estribaciones de la cordillera y a los caballos tobianos de Parsons. Estos comen la achicoria recién llegadas de los fundos.

Gretel: Está oscuro… ya nada se ve…

Hiroshima: Va a nevar, seguro. Es una anunciación…

Gretel: Anunc… ¿qué?

Hiroshima: (Interrumpiéndola) ¡Anuncio!

Gretel: ¡Lo sé!

Hiroshima: Es una bella palabra “anunciación”. Su pronunciación asciende el alma. Da plenitud…

Gretel: Es una palabreja de poeta… (Se lleva las manos a la cabeza).

Hiroshima: O de hombre enloquecido…

Gretel: Eso último también… Usted no debe pronunciarlas. Jamás.

Hiroshima: (Pausa) Páseme esas herramientas, mujer. Debo terminar esta jaula…

Gretel: Sí, debe terminarla, ha pasado mucho tiempo desde que se la pidieron. Meses, creo… no eche por tierra su prestigio. Se lo ganó en buena ley. Es el mejor hacedor de jaulas de estos lugares… herencia de sus tatarabuelos japoneses… ¡Primores!

Hiroshima: Me cuesta. Como nunca me costó hacerlas. De saber para qué sirven me cuesta… hacerlas… (Hace caminar sus dedos en el aire) En mi pensamiento caminan pesadillas de pájaros que buscan venganzas, ¡ay!

Gretel: Debe hacerlas, comemos de este trabajo. O tendrá que volver a las minas de carbón…

Hiroshima: No puedo, mujer, mi tráquea ya no aguanta… el grisú, el aire de las entrañas de la montaña, las virutas, me han enfermado la respiración… No más camino un trecho y estoy acezando como si tuviera cien kilos…

Gretel: En otro sector. Usted hacía los ataúdes, los cajones para los explosivos… los anaqueles de los pañoles…

Hiroshima: (Como espantando recuerdos ingratos sacude sus manos) No me recuerde esos tiempos. Mineros en maderas hechas por mis manos… cunas del espanto… diría. Como dormidos a la fuerza… ellos mis compañeros… sus manos estresadas.

Gretel: Sí, un trabajo duro.

Hiroshima: (Reflexivo) Me pregunto, mujer, ¿los hombres que no son poetas sabrán que son poetas? O, mejor dicho, ¿cómo se sabe si un hombre común como yo es poeta?

Silencio.

Gretel: ¡Ay! (Camina en círculos con la mirada en el piso).

Hiroshima: O si alguien podrá explicar. Decir, por ejemplo: este hombre es poeta, aquel…

Gretel: ¡Carpintero! (Lo aferra de la ropa y le grita) ¡Carpintero! (Luego, haciendo bocina con las manos y gritando con la mirada hacia el techo) ¡Carpintero! ¡Jaulero! ¡Aserrín, jaulas, palotes, garlopas! ¡Donosuras!

Hiroshima: Carpintero y poeta. Minero y poeta. Poeta y pañolero. Puta y poeta… o al revés, o…

Se escuchan las voces de niños que van con sus trineos y sus bufandas humeantes por la nieve.

Golpean a la puerta. Atiende la Señora Gretel.

Hiroshima: ¿Por jaulas?

Gretel: (Perturbada) No. Por poesía.

Hiroshima: (Sorprendido) No conozco poetas en este pueblo…

Gretel: No es de aquí, y si sigue afuera con la poca ropa que lleva lo tendremos que llevar al hospital.

Hiroshima: ¡Que pase! (Grita amistosamente) ¡Pase quien sea! ¡Pase!

Ingresa un hombre de rostro huesudo, barba quijotesca, camisola floreada y sombrero de ala pequeña. Tiene un libro en sus manos.

Hiroshima: ¡Pase! (A Gretel) Saque esas malditas jaulas de la silla, mujer… ( Manuel del Cabral) Tome asiento. ¿Cómo es su gracia?

Visitante: Manuel del Cabral. Un poeta de la poesía afroantillana, don Ato Yasura.

Hiroshima: (Mirando a Gretel) ¿Poeta, dijo? ¿De dónde? Por estas tierras ya no hay quién escriba… por lo menos no conozco… ¡Tome asiento!

Manuel del Cabral: Soy dominicano. De Santo Domingo. Tuve un paso efímero en otros años por aquí, por Argentina. Creo que hace diez años, y luego me fui a Estados Unidos de Norteamérica y…

Gretel: (Interrumpiendo) Y sus tierras quedan lejos de aquí, ¿no?

Manuel del Cabral: Y sí, pero no tan lejos cuando se trata de poesía y de una disquisición tan profunda como la que ustedes están tratando… con algunas digresiones, pero…

Hiroshima y Gretel se quedan mirando con
asombro.

Gretel: Y su oficio es…

Manuel del Cabral: He trabajado en distintos oficios. Soy pintor, también.

Gretel: (Con un ademán hilarante) Brocha… gruesa…

Manuel del Cabral: Pinturas. Cuadros. Óleos.

Hiroshima: ¿Se sirve una copita de licor de ruibarbo?

Manuel del Cabral: Acepto complacido, poeta.

Gretel: (Asevera con un gesto burlón, mientras camina hacia un mueble para buscar la bebida para servir) ¡Carpintero!

Hiroshima: Carpintero, señor Manuel…

Gretel: Carpintero. Hacedor de jaulas. Las más lindas de la región. Hasta para queltehues sirven…

Manuel del Cabral: ¿Y eso?

Hiroshima: Un pájaro. Un teru teru. Un tero.

Manuel del Cabral: (Saboreando el licor) ¡Fuerte! Bueno el gusto…

Gretel: Lo hice yo…

Manuel del Cabral: ¡Ah! Es licorera, también.

Gretel: No. Trabajé en una escuela. La escoliosis de mi columna y mi cabeza (pausa) me ha hecho dejar ese trabajo. El licor es un pasatiempo. Oferto en la región las jaulas y las tramperas, ¿sabe? El ruibarbo crece aquí en el jardín… A veces, es cierto, traigo el ruibarbo desde aquí, de un pueblo cercano al pacífico… en un fiordo… es más consistente. A veces, me ha regalado su licor un buen hombre de aquí, de un fundo yendo al pueblo de La Dorotea. Dice que su madre le enseñó a prepararlo.

Manuel del Cabral: (Confeso) Estoy de paso por aquí, pronto me voy. Quiero decirles que soy poeta…

Gretel: ¡Eso ya lo dijo!

Manuel del Cabral: (Como no escuchando la intromisión de la mujer) No sé en qué momento un pájaro penetró en mi alma… o quién sepultó un ave en mi pecho. Escribí alguna vez a mi fallecido padre sobre lo aludido… él no entendió, quería que sea un licenciado… ¿Poeta?, dijo.

Gretel: Debe ser duro ser poeta. El oficio, digo…

Manuel del Cabral: ¿Cómo?

Gretel: Debe ser difícil el oficio de ser escritor…

Manuel del Cabral: Al decir de un amigo chileno… (Pensativo) Él decía que era más difícil el oficio de ser hombre…

Silencio

Manuel del Cabral: Carlos Droguett, se llamaba este señor. Escribía cuentos, era un narrador… hace años dejé de verle… Míre usted qué belleza… (Escribe en el aire como contemplando cada palabra): “Es difícil el oficio de ser hombre…”.

Hiroshima: Pero nada debe ser más difícil que hacer lo que a uno no le gusta, en este caso, trampas y jaulas… como yo… estimado don Manuel.

Gretel: De eso se vive Ato.

Manuel del Cabral: Observo, y mil disculpas por mi intervención que puede  ser impertinente, pero veo que la cosa por aquí está muy reñida entre ustedes. Que la palabra, que el ser o no ser… A usted Ato… Hiroshima, digo ¿siempre le gustó hablar así? ¿Le gustó la poesía? ¿Ella, cómo lo conoció?

Gretel queda en un respetuoso silencio. Habla Manuel del Cabral, el de la poesía excelsa, el del canto afroantillano

Hiroshima: Vea, fue de un momento para el otro, creo. Empecé a tener palabras…

Manuel del Cabral: Metáforas.

Hiroshima: No comprendo eso. Empecé a decir cosas que para los demás resultaban extrañas…

Gretel: Sí, cosas vergonzosas. Por ejemplo, fuimos a dejar una jaula a la Sra. Pombo, una hermosa jaula para mirlos, y ella, entre bromas, porque en realidad era una broma la que hacía, le preguntó a Ato Yasura ¿qué piensa ser, Hiroshima, cuando sea grande? ¿Sabe qué contestó?

Manuel del Cabral: ¿Qué? ¡Diga…!

Gretel: (Murmurando) ¡Un niño…!

Manuel del Cabral: (Lanza una carcajada, se incorpora y celebra con alegría la ocurrencia) Mujer, mujer, usted no sabe la hermosa y profunda respuesta que dio este hombre. No… No. ¡Mujer, mujer! (Ríe).

Gretel: Me morí de vergüenza, señor mío… ¿Qué le parece?

Manuel del Cabral: ¡Maravilloso! ¡Maravilloso!

Gretel: Yo ya tengo fastidio, no es el Ato Yasura que conocí hace años, de pocas palabras y precisas… parco… Además, él no lo dice, pero he encontrado un libro de poemas escondido bajo su almohada. Nunca lo vi leer libros. ¡Ah! Algo más, un día veníamos del yacimiento carbonífero, recuerdo, viajábamos en un Berliet, esos colectivos altos que tenía la  empresa del carbón; venía lleno de gente. Algunos mineros, mujeres con  bolsas de compras y niños, quizá era para el tiempo de pago de los sueldos ¿No, Ato Yasura?, los vidrios estaban empañados ¿y sabe qué hizo este hombre?

Manuel del Cabral: (Sobresaltado) ¡No! ¿Qué hizo?

Gretel: Con esos dedos finos de alambre que tiene, se puso a escribir un poema sobre los vidrios de la ventanilla. Recuerdo que era largo el escrito, y al final lo firmaba. Algunos se pusieron a leer, otros se reían. Yo leí el comienzo: “Canto a más no poder…”, decía. Me dio vergüenza, créame. (Señalando a Hiroshima) ¡Eso hace este hombre desquiciado…!

Manuel del Cabral: ¿Sabe, mi estimada señora Gretel? Yo dije en una poesía que tuve que ser muy hombre para cuidar mi niño…

Gretel: Pero no lo dijo en este pueblo…

Manuel del Cabral: En otro pueblo, pero lo dije. Lo escribí, lo divulgué, lo mandé al mundo de los vientos y los mares. En todos los pueblos, aunque a usted no le parezca, hay oídos en el alma de algunos de sus habitantes.

Hiroshima llora. (Quisiera consolarlo)

Gretel: ¡Ahora lloramos…! ¡Vamos, Ato Yasura!

Manuel del Cabral: Ha sufrido una metamorfosis él…Ato, Hiroshima, no sé cómo se llama…

Gretel: Se llama Ato Yasura, le dicen Hiroshima porque nació en Japón, en un lugarcito cercano a donde tiraron la bomba atómica. Creo que el hombrecito sabiondo que está a cargo de la biblioteca le puso Hiroshima…creo.

Hiroshima: Solo recuerdo que desde ese tiempo comencé a transformarme, ¡bah! Me dijeron…

Gretel: (Consuela a su marido, de espalda al poeta) ¿Qué es eso de la metamorfosis, señor Manuel?

Manuel del Cabral ya no está. Desapareció de la gran jaula.

Hiroshima: ¿Y nuestro visitante?

Gretel: ¡No sé, se lo tragó la tierra! Quedó su libro. Me preocupa su salud, está nevando y él andaba ligero de ropas, casi desnudo… brrrrr.

Golpean a la puerta. Atiende Gretel:

¡Carta! Carta para Ato Yasura, Hiroshima.

Hiroshima: ¿De quién? Hace cuarenta años que lo único que llegan son cuentas de carbón y leña y algunas tarjetas navideñas… ¿Quién es? ¿De dónde viene?

Gretel: Cáete de espaldas. Viene desde Checoslovaquia… ¡Praga!, según dice el sobre…

Hiroshima: ¿Y quién escribe?

Gretel: Un tal Franz Kafka.

Hiroshima: ¡Rompa el sobre, mujer! ¡Lea!

Gretel: (Perturbada) No se puede hacer todo…

Hiroshima: Lea, mujer. Lea…

Gretel: (Yendo y viniendo en el espacio que dejan las jaulas, o apartándolas con ímpetu, comienza a leer).

Hiroshima: (Impaciente) ¡Vamos…!

Gretel lee:

“Checoslovaquia, hospital de muchas camas y mil desesperanzas…

Hiroshima: ¡Lea!

Gretel sigue con la lectura:

Agonía en cada una de ellas. Es otoño. Escribo. Esto es Praga, las hojas de los árboles se llevan el viento otoñado.

Estimado Ato Yasura, cuento que escribí hace algunos años una novela llamada La Metamorfosis, en realidad se llamaba transformación, pero algún traductor pensó en ese título horroroso. Algunos dicen que es un cuento largo, otros que una novela corta. Teoría, diríamos de… teóricos ¿A quién interesa esas pequeñeces? Es narrativa. Cuando la leen tocan a un hombre, como dice otro escritor.

Espero que esta epístola atrevida, ya que usted ni yo nos conocemos personalmente, no haga descuidar el sumo cuidado que usted tendrá con aquella madera que debe tener celosamente estacionada para su quehacer de carpintería.

De pronto y claramente, sin tantos rodeos especulativos, le digo que la metamorfosis es una transformación, a veces grata, otra veces infausta. Aclaro: Lo de usted es de un modo singular, hermoso, grata al mundo; ¡Un poeta en el mundo! ¡Calcule! Por otro lado, la de mi libro La Metamorfosis es tortuosa, lúgubre. Imagínese un hombre llamado Gregorio Samsa que en una mañana cualquiera amanece convertido en un insecto. Algunos dicen una cucaracha. Finalmente es barrida junto a la basura de una oficina, creo.

Ato, me estoy despidiendo, me es grato saber de otro poeta criándose en esa zona austral, de carbón y mineros. Ellos necesitan que usted, retrate esa cosmovisión histórica, única. Lejanísima.

Adiós”.

Franz Kafka

Posdata: Haga jaulas con escapatorias de pájaros. Jaulas para la libertad. ¡O tire todo al demonio…!

Hiroshima y Gretel se quedan en silencio. Con el sobre en la mano y preguntas.

Gretel: (Irónica) ¡Falta que escriba el presidente de la Nación y te declare poeta!

Hiroshima: (Toma un trago del licor que quedó en el vaso de Manuel del Cabral) ¡No haría falta!

Gretel: (Descubre una esquela) Mirá, un verso de Manuel, dice:

Este sudor ¿por quién muere?
¿Por qué cosa muere un pobre?
¿Quién ha matado estas manos?
¡No cabe en la muerte un hombre!

Se llama “Aire durando”, y este otro, en donde dice “Negro, tus ojos que  hacen ruido cuando sufren”. Mire, el libro este que olvidó se llama “Antología Clave”.

Hiroshima: (Piensa) Manuel… Franz. (Rememora emocionado, mientras lee un poema de Manuel del Cabral) Recuerdo a mi tío Aono que vivía cercano a un río. Había caminado por América. Decía que en un pueblo podó una planta de olivo de quinientos años. La habían escondido los indios de los conquistadores españoles, que por orden del rey trataban de eliminar ese cultivo de América. Yo sentí, me sentí orgulloso de que mi abuelo podara ese olivo. Había podado la barba de ese árbol patriarcal. Algo así le pasó a Manuel. Increíble, ¿no? Cuando cuenta sobre el Compadre Moon… y su barba blanca, nidal… que un día tuvo que recortar… ¿Me escucha?

Gretel: Increíble o no, usted debe trabajar en esa jaula. Mañana, si es posible, entregarla…

Hiroshima: ¡Me niego! ¡Se acabaron las jaulas, mujer!

Gretel: (Enfrentándolo a Hiroshima como un gallo de riña) Comeremos mierda, señor…

Hiroshima: Es mi decisión, mujer…

Gretel: (Irónica) Decisión… unos tipos desconocidos te convencen, y yo, ¿quién soy? ¿Quién?

Hiroshima: (Trata de ser amable) Mujer…

Ella lo empuja y giran alrededor como dos gallos en riña. Caen al  suelo. Ruedan abrazados con furia animal. Finalmente, ella escapa de los brazos de Hiroshima y sale bruscamente de escena.

Oscurece un poco el escenario. Una música no interrumpe el decir del carpintero:

Hiroshima, recita con un llanto en su voz:

Presiento que sospechas
que las noches que estuve en tus cabellos
las guardo entre mis ropas;
ya te habrás dado cuenta
que entre mis sueños de tréboles
he dejado mi bufanda y me he llevado tu latido.
Sé que en la noche de cualquier
día de esta vida yo llegaré
sin aliento hasta tus ojos
y me guardaré para siempre
-entre mi sangre-
tu corazón de mirar mi
eterna melancolía de maderas
y anhelos.

Intempestivamente ingresa Gretel:

¿Y eso? ¿Poesía de amor? ¿Para alguna jovenzuela? ¿Qué es eso Ato Yasura? ¿Para una niña de este pueblo? ¿Una paisana suya, quizá? Oriental…

Hiroshima: Poesía.

Gretel: Sí, sé… comprendo, (Con sus brazos en jarra) ¿Cuándo la hiciste?

Hiroshima: Hace muchos años… un tiempo que mi alma no reveló aún…

Gretel: No tiene importancia…

Hiroshima acerca suavemente sus manos hasta el rostro de la mujer y en un murmullo le dice:

¡Para usted, Gretel! ¡Para su corazón eterno y surcador de cielos!

Gretel: No creo. Nadie me ha escrito nada por años. En verdad, nunca nadie ha escrito nada sobre mí. Ni cartas, ni poemas… ni nada. Nada.

Hiroshima: (Suavemente, con el alma de pie, recita)

Aquí pongo la palabra flor,
la dejo en el litoral de tus lágrimas,
en tu sonrisa de paisaje melancólico.
La dejo como al pasar, pero tiernamente,
mientras observo tu alma.

¿Por qué no una flor verdadera?

¿Por qué solo la palabra?

Contesto: porque la palabra a pulso
nunca se marchita;
y digo, finalmente, porque necesita
de tu necesaria inventiva
para que sea tu flor, tu aroma,
y una palabra impostergable
en el corazón de tus días,
en las horas de este siglo.

Aquí pongo la palabra flor,
desde esta primavera
en adelante,
su animal lenguaje buscará un sitio
en el viento de tu sangre.

Aquí pongo la palabra flor,
es decir la eternidad…

Dulce abrazo entre Gretel y Ato. Él, por primera vez la llama por su nombre de pila.

Gretel se escapa de los brazos de Hiroshima. No cree. No acepta. Él trata de retenerla con un mohín dulce. Ella escapa hacia la puerta y allí encuentra un papel, lo levanta y dice:

Noticias. ¡Esta casa se ha convertido en una oficina
de correo!

Hiroshima: Lea… por favor…

Gretel: Es de un tal Javier Villafañe…

Hiroshima: ¿Qué dice?

Gretel: Que es un titiritero. Que ha recorrido el mundo con sus muñecos, pero que ha escrito un libro de ternura incontenible…

Hiroshima: ¿Sobre qué cosa? Pájaros presiento.

Gretel: ¡Acertó! Un libro que se llama “Historias de Pájaros”.

Hiroshima: Lea, por favor…

Gretel: (Asombrada)

Señor Ato Yasura: Un abrazo. Mi intención es apoyar su decisión de no hacer jaulas. Sobre su poética, el destino sabe más de esas cosas. Será un hombre feliz, sobre todas las cosas. Y también infeliz, sobre todas las vicisitudes de los paridos días a días que la vida nos da para vivir.

Le cuento que entre los pájaros que elegí para contarle una pequeña historia, elegí una avecilla que usted quiere mucho, y que son esas golondrinas que revolotean su taller y los verdes intensos de tréboles, allá en la parte alta, cerca del bosque de coníferas de su pueblo minero, en donde dos enamorados alguna vez se prometieron sueños. él, allí, una noche le regaló todas las estrellas del cielo, ella le regaló un beso de intensa ternura. Él murió, ¿sabe?

Silencio

“Siendo niño, le oí contar a una vieja española que vivía en un altillo, este episodio: “Todos los años, por el mes de octubre, venía una golondrina y anidaba en mi cuarto, en el hueco de una viga. Con el tiempo, se acercaba a mí a pedirme agua. Tuve curiosidad por saber dónde pasaba el invierno y, una vez, calculando su partida, escribí en un pedacito de papel ¿En casa de quién y en dónde sueles pasar el invierno? Se la até a una de sus patitas. Al año siguiente volvió la golondrina, traía en una de sus patitas un mensaje que decía: “En Caacupé, Paraguay, en casa de un zapatero”. Como ve, don Ato Yasura, carpintero, poeta, el anhelo de libertad se ha adueñado de su corazón de ave. Un beso a las manos de la Sra. Gretel. Un abrazo a Usted, Adiós.

Gretel queda callada. Deja en manos de Hiroshima el papel. Él trata de retenerla, pero ella decide rehusar el cariño.

Hiroshima: ¿Por qué?

Monólogo fuera del círculo, casi en proscenio.

Gretel: ¡No sé! Me voy para siempre, Ato Yasura. Tengo miedo a tu destino, a mi destino. El camino me espera. Mi cabeza no puede explicar. Mi  corazón, tampoco. ¡Ay! Sangro. Me hiero. Me desgarro (llora con llanto incontenible) ¿Por qué todo se termina, Ato Yasura? ¿Por qué los hombres somos tan pequeños? Ahogo mi alma en estas lágrimas. Despedazo mi esperanza. Sepulto mis ojos en la tristeza. ¡Ay! Un río, tan turbio como el de nuestro pueblo, me arrastra. Un río que se sale de madre, que desborda el cielo y este atardecer luminoso, inmóvil. ¡Ay! Nuestros sueños de hijos se murieron en un vientre desesperanzado. Sangro. No hay rencor. Miedo, sí. Mucho miedo. Mis lágrimas jamás explican nada. ¿Qué es esto, Ato?

Hiroshima: Poesía, Gretel. Poesía, mujer. Poesía, señores. (Se sienta abrumado) Poesía.

Gretel, con congoja, sale de escena. Hay lágrimas en sus ojos de paisaje melancólico.

Golpean con insistencia a la puerta

Hiroshima: ¿Quién es?

Le contestan: ¡Pastor Astorga!

Hiroshima: ¡Hondero de la estepa! ¡Pase!

Pastor Astorga: Vengo por mi jaula, Hiroshima.

Hiroshima: No la terminé…

Pastor Astorga: (Con enfado) Mi pedido fue hace mucho… meses. Muchos meses, digamos.

Hiroshima: En este lugar no se hacen más jaulas.

Silencio

Hiroshima: ¡Menos, tramperas!

Pastor Astorga: Pero, las tuyas son las mejores, son bellas, con imaginería. ¡Los pájaros son magia pura en esas jaulas, hombre!

Hiroshima: Tonterías, Pastor Astorga. ¿Pájaros maravillosos entre unos barrotes?

Pastor Astorga: ¡Pero ahí trinan, cantan, revolotean! (Saca una armónica de su bolsillo y toca) Escuchan mi música y cantan…

Hiroshima: ¿Cómo te verías, Pastor, en una de ellas?

Pastor Astorga: Es que no soy pájaro…

Hiroshima: ¡Por eso! Probá tu encierro…

Pastor Astorga: (Le toca la frente al carpintero) ¡Seguro que no estás enfermo, Hiroshima! ¡Fiebre, quizá!

Hiroshima: (Sacándole la mano con suavidad) He sanado, mejor dicho, Pastor…

Pastor Astorga: (Con reclamo) Pero… pero, es que esta jaula era un regalo para mi hijo, Hiroshima. A los niños no se les hace este tipo de engaños…

Hiroshima: ¿Qué edad tiene?

Pastor Astorga: Doce. Doce pequeños añitos…

Hiroshima: Entonces comprenderá algún día lo que su padre aún no comprendió… seguramente.

Pastor Astorga: (Interrumpiéndolo) ¿Qué cosa?

Hiroshima: Cosas de la libertad.

Pastor Astorga: (Da media vuelta y trata de ir hacia la puerta) Vengo otro día. Cuando te sientas bien, Hiroshima. (Pensando en voz alta) ¡Hiroshima está loco…enfermo!

Hiroshima: Lo que pienses no mella mi conciencia, Pastor. Un poeta llamado Luis Franco, ¿no sé si te interesa escuchar?

Pastor Astorga: Me interesa la jaula, pero quiero comprender algo de tu enfermedad… escucho (se lleva una mano a la oreja).

Hiroshima: Un poeta, llamado Luis Franco, dijo alguna vez que la misa más bella que un hombre puede escuchar para su eternidad es la de los pájaros en las copas de los árboles… al amanecer, si es posible…

Pastor Astorga: ¿Y eso? ¿Acaso vos no cortabas con tu hacha los árboles? ¿Las lengas? ¿Los ñires? ¿Los calafates? Quiere decir que has dejado sin misa a una cantidad enorme de pájaros, bribón. ¿Y las jaulas? ¿Y los pájaros dentro de tus jaulas? ¿Y las jaulas que te vendrán a reclamar? ¿Eh? No delires, Hiroshima… Bribón confeso…

Hiroshima: No hay jaulas, Pastor… en este taller ya no hay lugar para ustedes los honderos…

Pastor Astorga: ¿Qué darás entonces?

Hiroshima: Libertad.

Pastor Astorga: ¡Nada de libertad! ¡Basta de tonterías!

Hiroshima: No hay jaulas, hondero de la estepa…

Pastor Astorga: (Amenazante) ¿Así que no hay jaulas?

Hiroshima: No y no…

Pastor Astorga: ¡Quiero mi jaula! (se adueña de una de las jaulas y trata de salir) ¡Esta es mía!

Hiroshima: (Tratando de quitar la jaula de las manos de Pastor) ¡No! ¡No!

En el forcejeo, Hiroshima cae al piso.

Pastor Astorga: (Le grita a Hiroshima tendido en el piso) ¡Cruel, cruel!

Hiroshima: (Incorporándose con dificultad) No importa, Astorga, mi cuerpo es vulnerable, mi alma es fuerte, hasta allí nunca llegarás…

Pastor Astorga: Creo que te has vuelto un hombre cruel, Hiroshima. He visto marcharse de esta casa a tu mujercita. Lloraba por el camino al campo. Lloraba como llorará mi hijo cuando sepa de esta estúpida decisión tuya.

Hiroshima: Gretel volverá sin miedos… cuando cure su espanto.

Pastor Astorga: ¿Y mi hijito?

Hiroshima: Él cuidará para siempre a su niño, si el destino se lo permite.

Pastor queda en silencio.

Hiroshima: Ahora es hora de que te vayas, Pastor…

Pastor Astorga: Seguro. Y prometo contar a todo el pueblo este desplante, demencia, ¿o no sé qué? Estoy seguro de que vendrán a reclamarte y que te castigarán por tu maldita crueldad… ¡Misa de pájaros!

Hiroshima: Siempre se les pide algo del alma a los hombres, pero los mortales no tenemos todo para darlo, somos pequeñísimos, sensibles a la verdad. ¡Ah! Mi cabeza no se cuida de ningún degüello. Es hora de que te vayas, Pastor Astorga. Algo más: los hombres nacemos con una muerte puesta.

Hiroshima piensa con dolor en Gretel. En su regazo. En su anhelo nunca cumplido de un hijo que jamás pudo venir. Piensa en los sueños australes. Piensa en los destinos…

Mientras Hiroshima monologa va desarmando por partes la gran jaula:

En medio de tu miedo, Gretel, tu barco de sueños se hunde sin remedio. Yo he quedado sin barco alguno, confieso. De todos modos, hay que cruzar hacia otra orilla de salvación. Dicen que allí hay barcos. Lo comenta gente que no encuentra otra madera que los sueños para vivir y remediar los avatares de esta vida. En medio de los sueños hay miedos sin barcos. En la otra orilla hay barcos, nadie dice si allí se habla de sueños y de maderas. Quizá todo exista. Quizá nada exista. Lo que sí es cierto es que hay una vida que existe y
también sus sueños.

-Secuencia-

El círculo de luz se va reduciendo. Caen pajaritas de papel sobre el escenario. Hiroshima toma una y lee. Grita: ¡Son de los niños de Hiroshima! ¡Ellos acostumbran a fabricar estos símbolos! ¡Son pajaritas de niños!

El círculo de luz se va reduciendo hasta alumbrar solo el rostro de Ato Yasura, por donde cruza lentamente la sombra de un pájaro. Hasta que la luz se cierra, se escucha casi completa la canción. Ato está de pie. El círculo se cierra y se funde con la parte final de la canción.

Apagón.

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