La visita

Narrativa / Adriana Trecco. Pertenece al libro No todo silencio, publicado por Ediciones con doblezeta.

Mi madre solía decir que cuando se caía un cuchillo era porque vendría un hombre.

Va a venir un hombre, realzaba con convencimiento ante cada caída.

No eran tantos los hombres que llegaban a casa y, tengo que reconocerlo, muchas veces sus visitas coincidían con un cuchillo levantado del piso.

Manuel, el exinquilino del cuartito del fondo, era uno de los visitantes. Hacía un tiempo se había mudado metros más allá de las vías, donde comenzaba el campo. Nuestra casa estaba muy cerca de ellas, por eso teníamos como ritual salir a correr al costado del tren cuando pasaba. Casi como una ceremonia, también, una vez que el tren se había marchado, mi madre colgaba nuevamente los cuadritos que el movimiento había desprendido. A los espejos había decidido pegarlos contra la pared, uno en el baño y otro en el pasillo, para que no siguieran rompiéndose y así tener que soportar otros siete años.

Mi abuelo también nos visitaba una o dos veces al mes en horario del almuerzo. Entraba directamente a lavarse las manos y en un perchero improvisado colgaba su sombrero y el saco. A mí me gustaba ir después a abrazarlo a escondidas. El saco tenía olor a viejo bueno; me encantaba olerlo y dejarme abrigar por ese paño con pelusas. A él no le agradaban demasiado los abrazos.

Algunas tardes mi madre desaparecía por completo. Cargaba en su bicicleta ropa usada que vendía a otros pobres –más pobres, decía ella–. Eran los que vivían allá, en los campos que se extendían del otro lado de las vías, hacia el sur.

Yo me quedaba con mi hermana del medio y el Dani. Ella por entonces tenía ocho, más o menos, pero lo cuidaba bien, mientras yo planchaba o lavaba la ropa.

Aquella tarde, más allá de lastimar los hombros el sol, no tenía nada especial. Solo se trataba de esperar el regreso de nuestra madre y reconocer en su rostro si había podido vender algo o no.

Yo estaba lavando los platos cuando ella había comenzado a preparar en bolsos la ropa que por la mañana habían acercado los vecinos. El recorrido lo hacía una vez al mes, o cada quince días, según ocurriera el cobro de los peones rurales. Me había dicho que cuando acabase con los platos, tenía que enjuagar la ropa blanca que estaba en el fuentón y luego tenderla. Pero para ello, debía esperar que la sombra cubriera el sector de la soga, así el sol no dejaría la ropa amarillenta.

Apenas salió y nos quedamos solas, mi hermanita me pidió el permiso. Tenía tanto amor por ese juego, el de la visita, que yo no podía no permitírselo.

Cargó a nuestro hermano que habrá tenido unos seis meses en el carrito y se encaminó hacia la casa de los Romano, que estaba más o menos a tres cuadras. Antes, le coloqué un sombrerito a cada uno y ella llenó la mamadera de leche, por las dudas, como nos decía mamá que hiciéramos si demoraba.

Era un caserío aislado el barrio cercano a las vías, y la casa de los Romano sobresalía por su antena tan alta. Yo podía mirarlos, desde nuestra vereda, casi hasta que llegaban.

Atravesé el patio abierto y me fui hacia la piecita del fondo, donde lavábamos y planchábamos. Hundí mis manos en el agua fresca y comencé el enjuague. Estrujar me costaba. No las camisetas ni la ropita del bebé. Las toallas. El peso mojado me doblaba las muñecas.

Tenía encendida la radio. Yo también sentía que jugaba, no a la visita: a otra manera de ser grande. Por eso deseaba tanto tener las manos de mi mamá, para no terminar arrastrando los toallones en un balde hasta el tendedero.

A esa hora, la radio tenía su programa infantil. Mientras hacía tareas me gustaba bailar al ritmo de aquel Balá de la cortina musical. Transpiraba, pero tenía a mano el agua enjabonada para refrescarme. Aunque en un momento no la necesité más.

El cuerpo se me heló por completo cuando vi su mano abriendo la cortina, la de tiritas, que colgaba del marco sin puerta.

Yo había salido hacía apenas un ratito para ver si el fresno ya daba sombra, y el patio estaba solo, quieto, hasta pude ver los dos perros del vecino del otro lado del alambrado, el negrito casi encima del marrón, seguramente muy sudados. El solterón –como le decían al dueño– se había quedado dormido, un poco más allá, junto al tronco del ciruelo.

En escasos segundos la mano primero, y el cuerpo de inmediato, ingresaron al cuartito.

Con esas manos pesadas me levantó y me acostó sobre la mesa donde estaba la plancha. Me había tapado la boca y presionaba cada vez con más fuerza. A mí se me salía el corazón. Lo miraba a los ojos, pero él agachaba la cabeza y yo no podía ver qué hacía con una de sus manos de la cintura para abajo. Cada apretón en la boca y después en mi cuerpo con el suyo, raspaba mi espalda quemada por el sol contra la madera vieja. Ardía. Y dolía.

Me desmayé. Seguramente fue la falta de aire. Desperté mojada y lastimada. Atiné a tocarme ahí, donde dolía mucho, y a levantarme como pude.

Hice unos pasos hasta la cortina y me sostuve del fuentón. Mis dedos mancharon las toallas que debían evitar el amarillo fuerte del sol.

De golpe pensé si ese día se había caído un cuchillo.

No lo recordaba.

Tampoco podría preguntárselo a mamá, y menos aún contarle todo. Cómo explicarle que yo había dejado salir a mi hermanita y llevárselo al Dani, tan chiquito. Y con ese calor.

Adrara Trecco

Escritora. Poeta / Centenario. N.

Scroll al inicio