Narrativa / Cristina Núñez

La reunión se programó para las 20:00. Los asistentes al taller de poesía fueron llegando con timidez, otros con material literario para compartir.
Todo comenzó con entusiasmo, inquietudes sobre la temática literaria, autores y obras publicadas. El coordinador del taller es un conocido escritor, con mucha trayectoria en la actividad tallerista y reconocido en el ambiente de las letras.
Sorpresivamente, ingresó un nuevo integrante, desconocido para todos. Se presentó indicando que está acostumbrado a escribir historias sobre su infancia y su edad escolar. Llamó la atención su aspecto desaliñado, su ropa sucia, y su cuerpo emitía un olor fétido.
Luego de transcurrida media hora, este integrante se paró frente a todos, ofuscado, a los gritos y con un puntero en la mano dice que los va a matar a todos.
La situación se desbordó, todos reaccionaron, los gritos se confundían y esta persona aumentaba su estado de nervios, exaltado y fuera de sí.
El coordinador, aprovechando un instante en que el sujeto giró y le dio la espalda, le tiró una silla sobre el cuerpo y ésta le cayó sobre la cabeza.
El agresor emitió un gruñido aterrador y cuando volvió la cabeza, la cara se le había transfigurado, los ojos casi fuera de las órbitas, los dientes como de vampiro.
Uno de los asistentes, respondiendo a la consigna de escribir con tinta roja y plumín, asustado, tiró el tintero que cayó sobre una mujer.
El ya transformado personaje se abalanzó sobre ella pensando que era sangre lo que le corría por la cara y el cuello, para atacarla.
Entre todos los talleristas se le abalanzaron golpeándolo hasta dejarlo tirado en el piso.
A duras penas se levantó y ante la sorpresa de todos, tomó por el cuello a una joven amenazando con matarla. Intentaba morderle el cuello mientras salían gusanos de la boca y babas de color verde azulado. Aterrorizada, la rehén lloraba y le pedía clemencia. El resto de las personas estaban paralizadas sin saber qué hacer ni cómo actuar.
Pasaban los minutos y el ogro ya estaba transformado en una bola de sudor, las manos como garras, los cabellos como crenchas y las orejas cada vez más grandes.
Ante el estupor del grupo, vieron ingresar a un muchacho nervioso y perturbado.
Lo enfrentó al bruto y le gritó: ¡Padre, suelte a la muchacha! Le tiró un dardo que se insertó en el corazón del agresor y éste se desintegró, desapareciendo de escena.
El hijo expresó: “otra vez volvió a molestar después de que la semana pasada fue su funeral y no sabemos cómo hacer para que no regrese. Les pido perdón”.
Dio media vuelta y se fue.
La poesía quedó trunca y los talleristas nunca más tocaron un libro.

Cristina Núñez
Escritora / Río Gallegos. SC.