El convite

Narrativa / Sandra Silvina Emmi

Un viento desgastado corre por la ciudad apenas habitada, acaricia sin premura las venecitas de sílice que dibujan mi guliveriana estampa, veintidós metros, dicen que mido. Un pajarito chillón picoteando los agujeros del cemento, me recuerda el convite del día. Es el aniversario de Zorro Gris, ha dicho. Y como cada celebración de doble muerte: la de la vida y la del retorno, he de colarme entre las hojas del otoño que me arrastrarán hasta su morada de llanura en Leüvucó.

Zorro Gris me espera como cada año en su guarida tríptica, donde su cabeza reposa mirando al cenit. Llego cuando cae la tarde, acompañado de los pájaros que retornan a su nido. Me ubico a su lado, rozo con un dedo -que no poseo- las desiguales órbitas corroídas por el tiempo, mi amigo lo advierte y creo que sonríe. El silencio acompaña los recuerdos de otros tiempos, de una llanura repleta de sonidos de cascos de caballos y de estirpe guerrera.

De a poco van llegando los convidados. La Chillona Deshuesada, arremetiendo a los gritos, con su voz de urraca, mientras escupe un brebaje verde, mezcla de ortiga y saliva que se deshace en el aire. Como cada año, regresa a maldecirme para luego desaparecer entre los jarillales, con sus trenzas al aire, como una vasija a medio terminar, e irremediablemente vuelve el recuerdo de su rostro de niña, cuando en un acto despiadado corté su cabeza y la de su madre en los tiempos en que crucé la cordillera desde Chile y me adueñé de los salitrales. Zorro gris advierte con su mirada sin ojos, cómo la memoria, inmortal jueza de los sucesos, me atrapa en los recuerdos, de los llantos, de la sangre y del dolor que proferí.

Un fuerte viento comienza a correr por la llanura, nos vamos encogiendo hacia un rincón en la casita de madera, una pálida niña con ojeras violetas es la otra convidada que llega sigilosa, sin anunciarse. Las hilachas blancuzcas de un viejo camisón, el cabello verde iridiscente como aura de santa envuelven el espacio. Su minúscula estampa me recuerda la huesolita del poeta. Es la mujer fantasma que aparece por las rutas, me susurra Zorro gris. Su rostro nacarado, el horror en sus pupilas vaticinando el desenlace, la acompañan a la pobrecita. La mató por amor, decían en esos tiempos. Y siento la hosquedad robusta de los que hemos asesinado mujeres, sin culpa y sin arrepentimiento.

El Arumcó y el Chilludo llegan juntos, el primero con el lamento de siempre, cada vez hay menos agua, hermano, nos relata. Y el segundo contando sus nuevas hazañas de fantasmas con las que se divierte en el Norte de estas pampas.

El amanecer se anuncia en el llano dando por finalizado el evento. Regreso a mi cadalso vertical casi de madrugada, la ciudad se despierta, veo desde arriba cómo los autos comienzan a circular con los primeros movimientos del día. Un niño me indica con el dedo y le pregunta a su madre quién soy, la madre le contesta, no estoy segura mi amor, si es

Calfu o Caful…curá.

Una letra en mi nombre siempre se escurre, como un río cuyas aguas dan la inmortalidad o, por el contrario, la borran.

Agradecemos la colaboración de la Prof. Natividad Ponce, vicepresidenta de la APE ( Asociación Pampeana de Escritores), quien nos facilitó este texto..

Sandra Silvina Emmi / Santa Rosa. LP.

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