Botellero

Narrativa / Gabriel Súnico

Pico Truncado envejecía lento cuando sucedió la mutación repentina de Don Tino. Nada raro para estos pueblos en donde la vida es tautológica y no abre paso al asombro.

Don Tino, calzado en su boina y alpargatas; con la cara redonda y colorada a lo gringo; ingenioso, desparramaba humor y suspicacias. Pasaba al amanecer con los tarros grises bamboleándose en el carro, llenos de leche fresca de la única vaca que existía en la zona. 

El pueblo era diez calles cruzadas por otras diez calles. El viento sureño entraba por una punta y partía sin rodeos por la otra, levantando tierra y a veces techos en la pasada.

Recuerdo con mucha claridad a Don Tino, el lechero. Tengo la imagen de una mañana diáfana de octubre: mi madre hablando con él desde la ventana. Era tan puro el aire que parecía que las palabras rebotaban por las calles. 

Un buen día Don Tino dio un certero golpe a la rutina y se recluyó en su casa de las afueras del pueblo. Se lo podía ver en el fondo que lindaba con la inmensidad de la tierra, al hombre hecho silueta mirando durante horas la soledad agreste de la meseta gris. 

Al tiempo, nos enteramos que había construido una máquina exótica. Una especie de ventilador gigante o más bien un molino raro. 

Él aseguraba que ese aparato construido a puro ingenio, podía absorber espacios de tiempo: orientado hacia el sur captaba remotos vientos helados, cielos mágicos, atardeceres de fuego y horizontes antes de perderse en la noche. Y de entre tanta chatarra universal, afirmaba capturar tiempo venidero. Tiempo contante y sonante, que almacenaba en las antiguas botellas lecheras de vidrio.

Así fue que comenzó con el reparto nuevamente, en su chata Ford roja, cargada de esas botellas boconas, tapadas con un grueso corcho. Entonces, los consumidores truncadenses charlaban: “así es che… aquí el tiempo pasa, aunque nunca pasa nada. Y si nos falta tiempo para matar el tiempo se lo compramos a Don Tino”.

Así es que volvió a pasar el hombre en las mañanas diáfanas, gritando por costumbre nomás: lecherooooooo.  

Paraba en mi casa y adivinando a mi madre en la cocina decía: “¿Renecita, cuantas le dejo?” “Dos, Don Tino, una de diez minutos porque me van a faltar para llevar a los chicos al colegio, y una de media hora para cuando tenga que venir a hacerles la comida”. Las dejaba en el felpudo de la puerta y partía anotando en su libreta el pedido.

Un invierno había escarchado las calles y Don Tino, que volvía en su camioneta de tomar unos tragos en el cabaret, se dio cuenta tarde de la bocacalle por la que debía doblar para llegar a su casa, y con un volantazo instintivo terminó con las cuatro ruedas girando al cielo y con su vida contra el cordón de la vereda. 

La conmoción fue total. Ese día sobró tiempo por todos lados debido al paro de actividades por duelo. 

Pasado el pasmo, el caserío se acostumbró a ver el molino girando sólo, apuntando hacia cualquier lado. Generaciones enteras nacieron bajo su órbita que, al azar, captaba desde las coordenadas de Truncado historias vividas. 

Hace unos años volví a Pico Truncado. Quería mostrarle a mi esposa el lugar donde crecí. Busqué la casa de Don Tino para corroborar la historia que ella sabía de memoria. Sólo un poblador con evidentes años encima me señaló el lugar indicado, aclarándome: “…no espere encontrar mucho….un viento juerte un día tiró casi todo abajo. El molino se hizo pedazos”.

Paré el auto frente al terreno baldío. Allí estaba el galpón de Don Tino patas arriba; de un golpe abrí una ventana que miraba hacia el cielo. Encontré botellas rotas cubiertas de polvo, rescaté solo siete enteras selladas con el corcho. Me las traje a Buenos Aires y las guardé en la bodega.

Una noche, con miedo tomé una al azar. La destapé apretando los párpados y pude ver el día que decenas de militares entraron al pueblo en busca de terroristas; cargaron en un camión al Colo, al Gato y a Luis, dirigentes obreros del sindicato de Gas del Estado. Los vi en aquel instante de tiempo embotellado.

Abrí otras y conocí de suicidios, amores, nacimientos y solitarios llantos de hombres y mujeres. Hasta que en una de ellas encontré los ojos vidriosos de Don Tino, sin el peso de la vida, repitiendo: “…el tiempo nos piensa, diseguro que nos piensa…”.

Por la mañana embalé todas las botellas. Abordé un avión a Comodoro Rivadavia. Allí alquilé un auto y partí hasta Truncado; enfilé derecho al cementerio, cavé una pequeña tumba y con mucho cuidado las sepulté a todas. Tomé una cruz maltrecha, abandonada, y la enterré en la cabecera.

Nunca más volví.

Hace poco le conté lo sucedido a mi amiga Nora que vive en Truncado. Le di la ubicación exacta de la tumba, le pedí que le sacara una foto y me la enviara por Internet. Quería guardar un registro material de esta historia. 

A los pocos días me llegó su respuesta, y cuando amplié la imagen para imprimirla, sorprendido noté una inscripción en la cruz, aumenté dos veces su tamaño y pude leer claramente:

“AQUÍ YACE EL TIEMPO VIVIDO”. Don Tino.

Gabriel Súnico / CABA.

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